Las elecciones parlamentarias de Letonia han dejado un resultado aparentemente claro, pero políticamente más complejo de lo que sugieren las cifras. La centrista Lista Unida, encabezada por el primer ministro Andris Kulbergs, ha conseguido el 35,3% de los votos y 42 de los 100 escaños de la Saeima, el mejor resultado de una formación desde la recuperación de la independencia en 1991. La victoria permite a Kulbergs aspirar a continuar al frente del Ejecutivo y mantener la orientación proeuropea y favorable a Ucrania de Riga.
El resultado, sin embargo, no equivale a un cheque en blanco. La participación se situó en el 51,8%, claramente por debajo del 59,4% registrado en 2022, un dato que apunta a una relación más fría de una parte del electorado con la política nacional. Además, aunque Lista Unida ha obtenido una posición excepcionalmente fuerte, necesitará socios para alcanzar una mayoría parlamentaria. La política letona vuelve a entrar, por tanto, en la fase decisiva de las negociaciones de coalición.
La primera lectura de estos comicios tiene una dimensión geopolítica evidente. Letonia es miembro de la Unión Europea y de la OTAN, comparte frontera con Rusia y Bielorrusia y se encuentra en uno de los sectores más sensibles del flanco oriental de la Alianza. En estas condiciones, la guerra de Ucrania no es una cuestión distante de política exterior: forma parte de la discusión cotidiana sobre seguridad nacional.
Kulbergs ha construido buena parte de su discurso sobre esa premisa. Durante la campaña defendió mantener el gasto en Defensa en torno al 5% del PIB, reforzar las capacidades contra drones y continuar el respaldo a Kiev. Tras conocer los resultados, reiteró su línea de firmeza hacia Moscú y sostuvo que los vínculos económicos con Rusia pueden convertirse en una vulnerabilidad para Letonia.
La experiencia reciente explica parte de esa preocupación en el flanco oriental. El anterior gobierno báltico, una coalición de centroizquierda liderada por la primera ministra Evika Siliņa, colapsó en mayo de tras una severa crisis institucional. El detonante político ocurrió el 7 de mayo, cuando varios drones militares de ataque de origen ucraniano—desviados de sus rutas hacia Rusia debido al bloqueo electromagnético ruso—ingresaron sin ser interceptados al espacio aéreo de Letonia.
La lenta respuesta militar y las fallas en los sistemas de alerta temprana forzaron la destitución del ministro de Defensa, Andris Sprūds, lo que provocó la retirada del partido progresista y la posterior dimisión en bloque del gabinete. El traumático episodio colocó las capacidades de defensa aérea y la vulnerabilidad ante la guerra híbrida en el núcleo del debate parlamentario. Para mitigar el riesgo de nuevas incursiones durante las elecciones generales del 3 de octubre, la OTAN aprobó un despliegue de contingencia urgente solicitado por el nuevo ministro de Defensa, Raivis Melnis. La medida reforzó temporalmente la seguridad electoral enviando cuatro cazas Eurofighter de la Fuerza Aérea alemana a la base militar de Lielvārde, con apoyo de patrullas adicionales de Italia y Turquía.
Pero precisamente ahí aparece una de las claves del resultado: seguridad exterior y problemas domésticos no compiten necesariamente entre sí. Para muchos electores, la seguridad frente a Rusia convive con preocupaciones mucho más inmediatas: salarios bajos, coste de la vivienda y de los productos básicos, presión sobre la sanidad, dificultades económicas y pérdida de población.
Kulbergs ha intentado unir ambas cuestiones bajo una misma idea: una economía más fuerte como condición para financiar una defensa más sólida. “Porque somos la frontera exterior de Europa, debemos tener una economía fuerte… una región fronteriza fuerte”, afirmó durante la campaña.
El dato que cambia la lectura: los populistas avanzan
La otra gran novedad de las elecciones legislativas en Letonia radica en la notable consolidación de las fuerzas populistas y euroescépticas, que capitalizaron el descontento social por el coste de la vida y la movilización de la minoría rusoparlante. La formación de derecha nacional-conservadora Letonia Primero (LPV), liderada por el controvertido empresario Ainārs Šlesers, se consolidó como la segunda fuerza política más votada del país al capturar el 13,22% de los sufragios (lo que le otorga 17 escaños en el Saeima).
Por su parte, la coalición socialconservadora Poder Soberano / Nuevos Letones (SV/JL), encabezada por Jūlija Stepaņenko y tildada de prorrusa por sus detractores debido a su rechazo frontal a enviar ayuda militar a Ucrania, experimentó una fuerte irrupción electoral al cosechar el 11,73% de los votos (equivalentes a 15 diputados). A pesar de este importante avance conjunto, el aislamiento político de ambas agrupaciones y la victoria histórica por mayoría simple obtenida por la Lista Unida (AS) del primer ministro Kulbergs han dejado tanto a Šlesers como a Stepaņenko al margen de las negociaciones prioritarias para conformar el próximo gobierno de coalición.
La importancia de estos resultados no reside únicamente en el número de escaños. Revelan que existe una parte significativa del electorado que no considera suficiente el discurso centrado en la amenaza rusa y la ayuda a Ucrania. Poder Soberano ha defendido detener la ayuda militar a Kiev y frenar nuevos incrementos del gasto de Defensa, reclamando que el Gobierno concentre más recursos en las dificultades económicas internas. Sus posiciones le han dejado fuera de las principales posibilidades de coalición.
El partido Letonia Primero presenta un perfil marcadamente diferenciado al fusionar un ideario socialconservador, nacionalismo económico y una retórica de corte populista. Durante la campaña para las elecciones, la formación concentró sus esfuerzos en captar el voto de protesta de la significativa minoría rusoparlante del país, capitalizando el malestar por la inflación y las restricciones idiomáticas impuestas por el Estado.
Aquí aparece una transformación política de fondo. Durante años, una parte considerable de la población rusófona se concentró en Armonía, partido que llegó a ser una de las principales fuerzas del país y que perdió toda su representación parlamentaria en 2022. Ahora ese voto está más fragmentado y una parte de sus antiguos electores parece decidir en función de cuestiones económicas y sociales, no exclusivamente de la identidad lingüística o de la relación con Moscú.
Eso explica por qué sería demasiado sencillo interpretar las elecciones únicamente como un enfrentamiento entre europeístas y prorrusos. Existe una dimensión geopolítica indiscutible, pero también una batalla por el coste de la vida, los salarios, los servicios públicos y el futuro demográfico de un país de apenas 1,9 millones de habitantes.
El reto de Kulbergs empieza ahora
La preocupación por una posible injerencia rusa ha estado presente durante toda la campaña electoral —debido a la posición geográfica de Letonia y al historial europeo de operaciones de desinformación, ciberataques y presión híbrida atribuidas a Moscú—, aunque el Servicio de Seguridad del Estado comunicó antes de las elecciones que no detectó esfuerzos significativos o sistemáticos para influir en favor de algún candidato o partido concreto.
Letonia está sometida a una presión geopolítica extraordinaria, pero eso no significa que cada avance electoral de una fuerza populista pueda atribuirse automáticamente al Kremlin.
La victoria de Lista Unida es contundente, pero gobernar puede ser más complicado que ganar. La formación es una alianza relativamente heterogénea y la política letona tiene un historial de gobiernos que no completan los cuatro años de legislatura. Reuters y otras agencias internacionales han señalado precisamente la dificultad de mantener cohesionada una estructura política formada por pequeños partidos e independientes.
Kulbergs tiene varias prioridades simultáneas: preparar el presupuesto, sostener el gasto militar, mejorar las capacidades frente a drones, impulsar la economía y responder al malestar social que ha permitido crecer a los populistas. La aritmética parlamentaria le obliga además a negociar con partidos que pueden compartir su posición sobre Rusia y Ucrania, pero discrepar considerablemente en materia económica y social.
La paradoja de estas elecciones está ahí. Letonia mantiene una mayoría parlamentaria potencial favorable a la integración europea, a la OTAN y al apoyo a Ucrania, pero el voto de protesta ha crecido con fuerza. El resultado no supone un giro de Riga hacia Moscú, pero tampoco permite ignorar que una parte creciente de los electores quiere que la política nacional atienda primero sus problemas cotidianos. @mundiario
