El mundo del baloncesto llora la partida de José Ortiz, una de las figuras más grandes que ha dado Puerto Rico y un jugador inseparable de la memoria emocional del deporte. Piculí Ortíz falleció a los 62 años tras una larga batalla contra un cáncer colorrectal, dejando un legado que combina talento desbordante, momentos de caída, una resistencia admirable y una redención que lo convirtió en símbolo eterno del baloncesto latino y mundial.
Piculín no fue únicamente un gran pívot. Fue un símbolo. Un jugador que mezclaba potencia, carisma y personalidad en una época donde llegar desde Puerto Rico hasta la élite mundial parecía casi una misión imposible. Su figura trascendió generaciones porque representaba algo más profundo: la certeza de que el baloncesto latino también podía mirar de frente a los gigantes históricos.
En España dejó una huella imborrable. Defendió las camisetas del Real Madrid Baloncesto y del FC Barcelona Bàsquet, además de pasar por Zaragoza, Andorra y Málaga. En una ACB llena de grandes extranjeros, Piculín destacaba por presencia y magnetismo. Su baloncesto tenía algo salvaje y elegante al mismo tiempo.
Fue el segundo puertorriqueño elegido en el Draft de la NBA, seleccionado por los Utah Jazz en 1987. Pero su leyenda no se construyó únicamente en Estados Unidos ni en Europa. Su verdadero reino fue la selección de Puerto Rico.
El gigante que hizo historia para Puerto Rico
Allí se convirtió en una figura nacional. Disputó cuatro Juegos Olímpicos y protagonizó una de las noches más históricas del baloncesto internacional: la victoria sobre Estados Unidos en Atenas 2004, la primera derrota olímpica de un combinado NBA estadounidense. Aquella selección puertorriqueña jugó con orgullo, rebeldía y descaro. Y Piculín era su rostro más reconocible.
Su carrera, sin embargo, también estuvo marcada por las sombras. Problemas económicos, adicciones y episodios judiciales amenazaron con destruir su legado. Pero incluso ahí apareció el verdadero tamaño humano de Piculín: consiguió levantarse otra vez, reconstruirse y volver a conectar con la gente desde otro lugar.
La entrada en el Salón de la Fama FIBA en 2019 terminó de confirmar lo que el baloncesto ya sabía desde hacía décadas: Piculín pertenecía a la historia grande del deporte. No solo por estadísticas o títulos, sino por impacto cultural.
Su muerte deja un vacío enorme en el baloncesto latinoamericano y también en el español, donde muchos todavía recuerdan aquel pívot dominante que mezclaba físico, carácter y un aura imposible de enseñar. Piculín Ortiz se marcha, pero deja algo reservado únicamente para las leyendas: el privilegio de seguir siendo eterno mucho después del último partido. @mundiario
