Flávio Bolsonaro lidera el primer sondeo para el balotaje, pero Lula aún busca remontar

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil ha comenzado con una señal favorable para Flávio Bolsonaro. El primer sondeo de Datafolha después de la votación del 4 de octubre le atribuye un 49% de intención de voto, frente al 45% de Lula. Sin embargo, la diferencia de cuatro puntos no permite considerar consolidada su ventaja: el margen de error es de dos puntos porcentuales y ambos candidatos se encuentran técnicamente empatados.

Si se excluyen los votos blancos, nulos y los indecisos, el senador del Partido Liberal (PL) alcanza el 52% de los votos válidos, frente al 48% del candidato del Partido de los Trabajadores (PT). La encuesta entrevistó a 2.520 electores entre el 6 y el 7 de octubre, con un nivel de confianza del 95%. 

El dato más relevante es que el resultado de la primera vuelta ya había alterado las expectativas. Flávio obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula, pese a que varios sondeos previos situaban al presidente por delante. La diferencia fue de menos de dos puntos porcentuales, pero bastó para cambiar el tono de la campaña: el bolsonarismo llega al balotaje con la iniciativa política y la posibilidad de ampliar su base mediante acuerdos con otras fuerzas conservadoras.

La encuesta también refleja un electorado muy movilizado en sus preferencias. Entre quienes ya han elegido candidato, el 94% afirma tener su voto decidido. Esto reduce el margen para grandes cambios entre los votantes más fieles y aumenta la importancia de convencer a quienes apoyaron a candidatos minoritarios, recuperar a los abstencionistas y conseguir que los electores menos identificados con los dos bloques acudan a las urnas.

La principal ventaja política de Flávio es su capacidad para reunir a buena parte de la derecha y la centroderecha. Después de la primera vuelta recibió el apoyo de los exgobernadores Ronaldo Caiado y Romeu Zema, además del escritor y psiquiatra Augusto Cury, que quedó tercero con el 2,89% de los votos. También se han sumado dirigentes y formaciones conservadoras, entre ellas Republicanos, Progresistas, Unión Brasil, Novo y Podemos, aunque el alcance concreto de cada respaldo depende de la organización y de su electorado.

Cury explicó que su apoyo no era un «cheque en blanco». Aseguró haber pactado compromisos sobre transparencia, responsabilidad fiscal, protección de las mujeres, respeto institucional y pacificación nacional. Su posición es significativa porque representa a una parte del electorado que se presentó con un discurso crítico con la polarización. Que el candidato apoye ahora a Flávio no significa necesariamente que todos sus votantes vayan a seguirle.

La diferencia entre sumar dirigentes y transferir votos será una de las claves del balotaje. Los acuerdos pueden facilitar la coordinación territorial, ampliar el acceso a redes políticas y transmitir una imagen de mayoría, pero los electores conservan autonomía. De hecho, los datos de Datafolha sobre los votantes de Cury muestran preferencias divididas: una parte se inclina por Flávio, otra por Lula y otra contempla votar en blanco o anular su papeleta.

Flávio también se beneficia del peso parlamentario alcanzado por el PL y de la continuidad del movimiento político construido por su padre. Su candidatura no representa únicamente una elección personal, sino la posibilidad de mantener al bolsonarismo como eje de la derecha brasileña. La familia, las redes conservadoras y el voto evangélico constituyen una estructura electoral relevante, aunque el respaldo a Jair Bolsonaro no se convierte automáticamente en apoyo idéntico a su hijo.

Lula busca recomponerse: redes sociales, abstención y voto moderado

El presidente ha respondido con reuniones con sus asesores para revisar la estrategia de comunicación y reforzar la campaña en redes sociales. El objetivo es evitar que el resultado de la primera vuelta marque la narrativa de las tres semanas restantes y presentar el balotaje como una elección sobre la gestión del país, la economía familiar y el futuro de los servicios públicos.

Lula conserva una base importante entre los sectores de menores ingresos y en regiones como el nordeste, pero necesita ampliar su apoyo más allá de los votantes que ya están convencidos. La estrategia pasa por recuperar electores que se abstuvieron, atraer a quienes respaldaron candidaturas minoritarias y convencer a ciudadanos que desconfían de ambos bloques. En este contexto, el presidente no puede limitarse a movilizar a su núcleo tradicional: necesita ampliar la coalición electoral.

El desafío es considerable. En la primera vuelta, la abstención alcanzó el 21,08%, con alrededor de 33,4 millones de electores que no acudieron a votar, según el Tribunal Superior Electoral. Fue la tasa más alta en una elección general desde 1998. Es un grupo potencialmente importante, pero no constituye un bloque homogéneo ni puede atribuirse de antemano a uno de los candidatos. Las razones para no votar son diversas y la movilización dependerá de factores territoriales, económicos y políticos.

La campaña de Lula también debe afrontar la dificultad de renovar su mensaje después de años de protagonismo personal. Su experiencia de gobierno y su capacidad de negociación siguen siendo activos, pero el resultado del 4 de octubre indica que no bastaron para quedar primero. La cuestión es si puede convencer a votantes que valoran los programas sociales y, al mismo tiempo, reclaman respuestas más visibles sobre seguridad, ingresos, corrupción y coste de la vida.

La disputa vuelve a enfrentar a los dos grandes bloques políticos que polarizan Brasil, pero con una renovación de nombres de cara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el 25 de octubre. El hijo del expresidente Jair Bolsonaro encabeza el ala conservadora en las urnas ante la inhabilitación y posterior encarcelamiento de su padre. Mientras el bolsonarismo enfoca su campaña en un discurso de mano dura y un fuerte cuestionamiento a las instituciones, Lula apela a la defensa de las redes de protección social y al peso de su experiencia de gestión. 

Sin embargo, el clima electoral se desarrolla bajo una densa sombra de desconfianza colectiva debido al escándalo del Banco Master, catalogado como el mayor fraude financiero en la historia del país. La quiebra y posterior liquidación de la entidad a finales de 2025 dejó un agujero estimado en 47.300 millones de reales (cerca de 8.000 millones de euros) y sacó a la luz una sofisticada red de sobornos orquestada por el exbanquero Daniel Vorcaro. Lejos de limitarse al ámbito corporativo, la filtración de las comunicaciones de Vorcaro antes de su captura salpicó de manera simultánea a ambos bandos de la campaña, minando la credibilidad institucional en los tres poderes del Estado.

El frente bolsonarista se encuentra bajo investigación judicial directa tras descubrirse transferencias millonarias del banco destinadas a financiar «Dark Horse», un documental biográfico sobre Jair Bolsonaro. El propio Flávio Bolsonaro figura en los reportes de la Policía Federal como interlocutor de estas transacciones.

Por su parte, el entorno de Lula se vio fuertemente afectado políticamente tras revelarse que el líder del Partido de los Trabajadores en el Senado, Jaques Wagner, presuntamente recibió un lujoso apartamento como soborno de la entidad financiera. Asimismo, el caso roza al Gobierno debido a los nexos comerciales entre el banco y despachos vinculados a miembros del Supremo Tribunal Federal.

El desgaste no implica que el electorado haya dejado de identificarse con Lula o con el bolsonarismo. Más bien, la abstención y el respaldo a candidaturas alternativas sugieren que existe una parte de la población que no encuentra una respuesta suficiente en ninguno de los dos polos. Para las campañas, el reto consiste en traducir ese malestar en una propuesta capaz de movilizar, en lugar de confiar únicamente en el rechazo al adversario.

La situación del PT plantea, además, una cuestión de futuro. Lula sigue siendo el principal referente de su espacio, pero la dificultad para consolidar una sucesión política y renovar liderazgos se hace más visible cuando su candidatura no logra ampliar la distancia respecto a sus rivales. Para el bolsonarismo, la candidatura de Flávio es una oportunidad de prolongar el movimiento más allá de Jair Bolsonaro; para el PT, el balotaje vuelve a poner de manifiesto la dependencia de la figura de Lula.

Los próximos días estarán marcados por la reanudación de la propaganda electoral en radio y televisión, los debates entre los candidatos y las negociaciones con las fuerzas que quedaron fuera de la segunda vuelta. Flávio intentará consolidar el apoyo de la derecha y atraer a votantes que priorizan la economía, la seguridad y la responsabilidad fiscal. Lula buscará reducir la ventaja inicial, movilizar a los abstencionistas y convencer a los electores que todavía no se identifican plenamente con ninguno de los dos.

El primer sondeo favorece numéricamente a Flávio Bolsonaro, pero su ventaja está dentro del margen de error y la transferencia de votos no está garantizada. La segunda vuelta será menos una repetición de la primera que una prueba de capacidad para ampliar las respectivas bases. En un país donde ambos candidatos parten de electorados muy definidos, la participación y la decisión de los votantes de terceros partidos pueden resultar tan relevantes como la fidelidad de sus seguidores. @mundiario