La celebración de la cumbre del G7 en la localidad francesa de Évian-les-Bains devuelve a la región del lago Lemán una imagen que parecía reservada a los grandes encuentros internacionales del pasado: miles de manifestantes en las calles, fuertes dispositivos policiales, comercios blindados con tablones de madera y un intenso debate sobre el papel de las principales potencias occidentales en un mundo marcado por conflictos armados, tensiones económicas y crecientes desigualdades.
Las protestas registradas en Ginebra, ciudad situada a menos de sesenta kilómetros de Evian, no fueron únicamente una demostración de rechazo a una reunión diplomática. Representaron también la convergencia de múltiples causas sociales, políticas y económicas que encuentran en las cumbres internacionales un escaparate privilegiado para expresar su descontento.
La magnitud de la movilización evidenció que la oposición a este tipo de encuentros sigue teniendo capacidad de convocatoria más de dos décadas después de las grandes protestas antiglobalización que marcaron el inicio del siglo XXI. Según distintas estimaciones, entre 7.000 y 20.000 personas participaron en la manifestación autorizada por las autoridades suizas, convirtiéndola en una de las mayores movilizaciones celebradas en la ciudad en los últimos años.
La protesta había sido organizada por una amplia coalición de más de sesenta organizaciones civiles agrupadas bajo la plataforma No G7. En ella convivieron colectivos feministas, organizaciones ecologistas, defensores de los derechos humanos, grupos pro palestinos, movimientos anticapitalistas y asociaciones críticas con las políticas de las grandes potencias occidentales.
El colectivo convocó en Ginebra la única manifestación legal permitida en la región fronteriza, atrayendo a cerca de 20.000 personas de diversas causas. El Aeropuerto Internacional de Ginebra (GVA) es el nudo de transporte clave para las delegaciones internacionales y los presidentes que asisten a la cumbre en Évian.
Sin embargo, detrás de esa pluralidad existía un elemento común: la percepción de que el G7 simboliza una concentración excesiva de poder político y económico en manos de un reducido grupo de países capaces de influir decisivamente sobre cuestiones que afectan al conjunto del planeta.
Para muchos manifestantes, la reunión de Evian no representaba únicamente una cumbre diplomática, sino la expresión de un sistema internacional que consideran incapaz de responder adecuadamente a desafíos como el cambio climático, las desigualdades económicas, los conflictos armados o la creciente concentración de riqueza.
La figura del presidente estadounidense Donald Trump se convirtió además en uno de los principales focos de las críticas. Su política comercial basada en aranceles, su posición respecto a los conflictos en Oriente Medio, sus decisiones sobre cuestiones climáticas y su protagonismo en la negociación con Irán estuvieron muy presentes en pancartas y consignas.
La portavoz de la coalición No G7, Françoise Nyffeler, expresó ese malestar al afirmar: “Tenemos mucho miedo de la política del señor Trump y también de la de los demás líderes del G7, porque están peleando y haciendo la guerra por todas partes”.
La protesta adquirió una dimensión particularmente significativa por el contexto internacional en el que se produce. La cumbre de Evian se celebra mientras las guerras de Ucrania y Oriente Próximo dominan la agenda internacional, mientras Estados Unidos e Irán avanzan hacia un posible acuerdo de paz y mientras la rivalidad entre grandes potencias condiciona cada vez más las relaciones internacionales.
Precisamente esa acumulación de crisis ha reforzado la percepción entre muchos movimientos sociales de que las decisiones tomadas por los líderes reunidos en el G7 tienen consecuencias directas sobre millones de personas fuera de las fronteras de los países representados.
A pesar de que la marcha fue autorizada y negociada previamente con las autoridades, una parte de la movilización derivó en enfrentamientos con la policía. Los disturbios comenzaron cuando grupos de manifestantes encapuchados, muchos de ellos vinculados al denominado Bloque Negro, se separaron del recorrido principal.
Según las autoridades suizas, alrededor de seiscientos activistas pertenecían a estos grupos radicales del Bloque Negro. Durante los disturbios en Ginebra, algunos miembros arrancaron adoquines y fragmentos de asfalto para lanzarlos contra los agentes antidisturbios, mientras otros dispararon bengalas.
El grupo concentró sus ataques en el distrito internacional de la ciudad, vandalizando infraestructuras clave como las sedes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Asimismo, destrozaron el mobiliario urbano en la céntrica Place des Nations y saquearon oficinas corporativas, bancos comerciales y concesionarios de automóviles particulares, objetivos considerados símbolos del sistema económico y político internacional que denunciaban.
Entre los incidentes más destacados figuraron el incendio de un vehículo Tesla y de múltiples contenedores en las inmediaciones, la rotura de cristales en las oficinas de una entidad bancaria y los ataques directos contra las sedes de la UIT y el complejo de la ONU. Los destrozos obligaron a los comercios del centro de Ginebra a blindar sus escaparates con paneles de madera. Para contener la situación, la policía suiza respondió mediante el uso de gases lacrimógenos y cañones de agua, lo que logró dispersar a los grupos violentos tras varias horas de duros enfrentamientos.
Las escenas de tensión evocaron inevitablemente el recuerdo de la cumbre del G8 celebrada en Évian en 2003. En aquella ocasión, las protestas antiglobalización, exacerbadas por la guerra de Irak, se prolongaron durante varios días, lo que dejó más de trescientos detenidos y daños millonarios en francos suizos. Ese precedente explica en gran medida el extraordinario despliegue de seguridad preparado para la cita de este año.
Suiza y Francia movilizaron a miles de agentes. Las autoridades francesas desplegaron más de 13.000 policías y gendarmes, mientras que en el lado suizo se cerraron numerosos pasos fronterizos, se restringieron concentraciones no autorizadas y se adoptaron medidas excepcionales para proteger infraestructuras sensibles.
La preocupación era visible incluso antes del inicio de la manifestación. Decenas de establecimientos comerciales cubrieron sus escaparates con paneles de madera y organismos internacionales reforzaron sus sistemas de seguridad ante el temor de posibles alteraciones del orden público.
Más allá de los disturbios, las protestas revelan una cuestión de fondo que acompaña al G7 desde hace décadas. Cada vez que los líderes de las principales economías occidentales se reúnen, surge paralelamente un debate sobre la legitimidad de estos foros para tomar decisiones que afectan a cuestiones globales.
Los defensores del G7 sostienen que se trata de un espacio indispensable para coordinar respuestas ante desafíos internacionales complejos. Sus críticos argumentan, por el contrario, que representa una estructura de poder cada vez menos representativa de un mundo multipolar y que las decisiones adoptadas en estas reuniones suelen favorecer los intereses de los países más desarrollados. @mundiario
