Durante años, Israel ha repetido una consigna como si fuera un escudo: su ejército sería “el más moral del mundo”. Pero los escudos también se agrietan, y a veces la grieta no viene del enemigo, sino de dentro. El diario Haaretz ha publicado testimonios de soldados israelíes que participaron en la ofensiva sobre Gaza tras el 7 de octubre de 2023 y que hoy describen escenas que no caben en la retórica oficial.
Hablan de civiles humillados, de ejecuciones sin explicación, de disparos contra personas desarmadas y de saqueos como si fueran botín legítimo. Un gazatí encerrado desnudo en una jaula mientras un soldado orina sobre él. Un anciano y tres niños abatidos y luego insultados por un comandante. Un civil con las manos en alto ejecutado tras unos segundos de espera. Son relatos que no solo denuncian hechos, sino una cultura de deshumanización que se vuelve rutina cuando la guerra se normaliza.
Y lo más inquietante no es solo lo que ocurrió, sino lo que parece no haber ocurrido después: consecuencias.
La maquinaria del silencio y la impunidad
El patrón que describen varios testimonios es claro. Se mata, se destruye, se encubre. Se reporta un civil como “terrorista eliminado”. Se roba dinero, collares, electrodomésticos. Se celebra la violencia como si fuera una victoria íntima. Y, mientras tanto, no hay rendición de cuentas visible, pese a que algunas confesiones son públicas.
Esto ayuda a entender por qué tantas organizaciones internacionales insisten en que Gaza no es solo un campo de batalla, sino un territorio donde el derecho internacional humanitario se ha vuelto papel mojado. Una comisión independiente de Naciones Unidas ha señalado incluso la posibilidad de genocidio y ha puesto el foco en dirigentes israelíes por incitación. Más allá del debate jurídico, el mensaje político es evidente: la comunidad internacional está observando, pero Israel parece actuar como si esa mirada no tuviera dientes.
Cuando un Estado no investiga seriamente a sus fuerzas armadas, el mensaje hacia dentro es demoledor: todo vale. Y hacia fuera, también: la vida del otro no cuenta.
El daño moral y la fractura de una sociedad
El reportaje introduce un concepto que explica mucho mejor lo que ocurre que el habitual “estrés postraumático”. Hablan de “daño moral”, una herida psicológica basada no en el miedo, sino en la culpa y la vergüenza de haber cruzado líneas éticas profundas o de haber callado ante quien las cruzaba.
Un soldado se siente un monstruo porque no soporta que lo llamen héroe. Una reservista se compara con Jekyll y Hyde por vivir entre la normalidad civil y la barbarie militar. Otro rompe a llorar frente a un cuadro de Goya en el Museo del Prado, como si el arte hiciera de espejo y devolviera la imagen que la propaganda intenta ocultar.
El problema no es solo individual. Es estructural. El Ministerio de Defensa israelí ni siquiera reconoce oficialmente el daño moral como diagnóstico independiente, quizá porque admitirlo sería aceptar que la herida no viene del trauma de sobrevivir, sino del trauma de destruir.
Al final, esta guerra está dejando dos cementerios: el visible, lleno de cuerpos palestinos, y el invisible, lleno de conciencias rotas dentro de Israel. Pero ninguna sociedad puede sostenerse eternamente sobre la negación. Si se quiere seguridad real, no se construye con impunidad, sino con justicia, memoria y límites claros. Porque cuando se normaliza el horror, el horror termina pareciendo hogar. @mundiario
