Gerardo Molina: “Tim Payne es una peligrosa ilusión de fama en el deporte bajo el uso de las redes y la IA”

Consultado por la Federación de Fútbol de Nueva Zelanda sobre el caso de la fama del jugador de la selección Tim Payne en las redes sociales, Molina respondió que estas han transformado la manera en que los aficionados descubren, siguen y admiran a los deportistas. Sin embargo, también han abierto la puerta a una práctica cada vez más frecuente y preocupante: la construcción artificial de popularidad.

El caso de Payne se ha convertido para muchos analistas en un ejemplo de cómo una estrategia digital puede intentar instalar una figura mediática sin que exista una correspondencia proporcional con sus logros deportivos, trayectoria o reconocimiento real dentro de la industria del fútbol, explica Gerardo Molina, profesor emérito en marketing deportivo.

El problema no radica en promocionar a un jugador. La comunicación y el marketing son herramientas legítimas para potenciar carreras deportivas. La crítica surge cuando la difusión deja de reflejar la realidad.

Por primera vez en la historia de los mundiales, un futbolista pasó del anonimato absoluto a convertirse en una estrella global sin haber marcado un gol, sin haber ganado un título y sin haber realizado una actuación deportiva extraordinaria. Su nombre es Tim Payne, defensor de la selección de Nueva Zelanda. Hasta hace pocos días apenas contaba con unos 4.700 seguidores en Instagram. Hoy suma 4,4 millones. La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrió?

La respuesta no está en el fútbol. Está en los algoritmos.

Todo comenzó cuando el influencer argentino Valen Scarsini, conocido como “El Scarso”, decidió realizar un experimento social irracional, sin bases científicas. Solo buscó las selecciones clasificadas al Mundial 2026 y halló al jugador con menor presencia digital.

Encontró a Tim Payne y lanzó un desafío a sus seguidores: convertir al futbolista menos conocido del Mundial en una celebridad global. La respuesta fue inmediata. Miles de personas comenzaron a seguirlo, comentar sus publicaciones y compartir su perfil. En cuestión de horas, el crecimiento fue exponencial. Diversos medios internacionales registraron que Payne pasó de menos de 5.000 seguidores a cientos de miles en pocos días, hasta superar posteriormente varios millones.

Lo que para Scarsini y muchos parece una divertida anécdota es, en realidad, una demostración inquietante del funcionamiento del ecosistema digital contemporáneo.

Durante décadas, la fama era consecuencia de logros, talento, esfuerzo o relevancia pública. Hoy, en cambio, puede ser el resultado de una acción coordinada impulsada por algoritmos que premian la viralidad por encima del mérito. El caso Payne demuestra que la atención se ha convertido en un activo más importante que la trayectoria.

La inteligencia artificial no fue necesariamente quien creó el fenómeno, pero sí forma parte del entorno tecnológico que lo potencia. Los algoritmos de recomendación de Instagram, TikTok y otras plataformas detectan rápidamente comportamientos masivos y comienzan a amplificar aquello que genera interacción.

Cuantos más usuarios siguen una cuenta, más visible se vuelve. Cuanto más visible se vuelve, más usuarios la siguen. Es un círculo de retroalimentación que puede convertir a un desconocido en una celebridad mundial en cuestión de horas, explica el especialista y pionero en marketing deportivo Gerardo Molina.

 

 
 
 
 
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La situación plantea preguntas profundas para el deporte, el marketing y la sociedad:

¿Vale más un millón de seguidores que una carrera deportiva exitosa?

¿Puede una comunidad digital redefinir quién es importante y quién no?

¿Estamos entrando en una época donde la popularidad reemplaza a la reputación?

El experimento de Scarsini demuestra, según Gerardo Molina, que las audiencias actuales no solo consumen contenidos: también construyen realidades. Miles de personas decidieron colectivamente que Tim Payne debía ser famoso. Y así ocurrió. No porque fuera el mejor jugador del Mundial, sino porque la historia era entretenida y compartible.

Sin embargo, detrás del humor aparece una advertencia seria. Si millones de personas pueden transformar a un futbolista desconocido en una estrella internacional, también podrían convertir en tendencia cualquier otra narrativa, verdadera o falsa. La misma mecánica que fabrica héroes digitales puede fabricar reputaciones artificiales, movimientos de opinión o fenómenos comerciales sin una base real.

Muchos analistas hablan ya de la “economía de la atención”, un sistema donde el recurso más valioso no es el talento ni el conocimiento, sino la capacidad de capturar miradas durante unos segundos. En ese contexto, los seguidores dejan de ser una consecuencia del éxito y se convierten en el éxito mismo. Esta reflexión apareció incluso entre usuarios de redes sociales que cuestionaron por qué una cifra de seguidores debería recibir más atención que el propio desempeño deportivo.

 

 
 
 
 
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El caso Tim Payne probablemente será recordado como una curiosidad simpática del Mundial 2026. Pero también puede convertirse en un símbolo de una nueva época. Una era donde los algoritmos tienen la capacidad de amplificar cualquier historia, donde un influencer puede alterar la visibilidad global de una persona desconocida y donde la inteligencia artificial ayuda a identificar, potenciar y expandir fenómenos virales a una velocidad jamás vista, sentenció Gerardo Molina.

La verdadera noticia quizás no sea Tim Payne.

La verdadera noticia es que millones de personas demostraron que, en la era digital, la fama puede construirse prácticamente desde cero y, si eso es posible con un futbolista desconocido, también puede ocurrir con marcas, políticos, artistas, empresas o ideas.

El Mundial simplemente nos mostró, una vez más, el enorme poder de los algoritmos para moldear la realidad, concluye Molina. @mundiario