La visita de Vladímir Putin a las islas Kuriles ha hecho saltar por los aires la frágil contención diplomática que durante años permitió a Rusia y Japón mantener abierta la posibilidad de resolver su principal litigio territorial. El presidente ruso pisó este jueves Iturup —Etorofu para Japón—, una de las cuatro islas que Tokio denomina Territorios del Norte y que reclama como propias. La respuesta japonesa fue inmediata: protesta diplomática y una declaración tajante de la primera ministra Sanae Takaichi: “Es absolutamente inaceptable”.
No se trata únicamente de una visita presidencial. En el Pacífico, los gestos territoriales tienen un peso considerable. Putin no se limitó a desplazarse a una zona administrada por Rusia: acudió a un territorio cuya soberanía disputa Japón desde el final de la II Guerra Mundial, después de haber supervisado maniobras de la Flota del Pacífico. En Iturup visitó instalaciones pesqueras, un hospital y una escuela, además de reunirse con el gobernador de Sajalín. El mensaje político resulta difícil de separar del escenario estratégico.
Para Tokio, las cuatro islas —Iturup, Kunashir, Shikotan y Habomai— forman parte inherente del territorio japonés. Para Moscú, en cambio, pertenecen a Rusia y su soberanía quedó establecida por los acuerdos que siguieron a la II Guerra Mundial. La Unión Soviética ocupó las cuatro islas en los últimos días de la guerra de 1945. Japón sostiene que la ocupación y posterior expulsión de unos 17.000 residentes japoneses fueron ilegales. Rusia considera que el resultado territorial de la guerra quedó respaldado por los instrumentos internacionales posteriores.
El Tratado de San Francisco de 1951 tampoco cerró definitivamente la cuestión entre Moscú y Tokio. Japón renunció a sus derechos sobre las Kuriles, pero la Unión Soviética no firmó aquel tratado y el documento tampoco estableció de manera inequívoca una transferencia de soberanía a Moscú. Ese vacío interpretativo se convirtió en uno de los pilares del litigio posterior.
Por eso la disputa ha sobrevivido durante ocho décadas. Y por eso la visita de Putin tiene una carga política muy superior a la de una simple gira por el extremo oriental de Rusia.
La paz que Rusia y Japón nunca llegaron a firmar
Hay una consecuencia especialmente llamativa: Rusia y Japón nunca han firmado un tratado de paz que cierre formalmente la II Guerra Mundial entre ambos países. En 1956, Moscú y Tokio recuperaron relaciones diplomáticas mediante una declaración conjunta. El documento estableció que continuarían negociando un tratado de paz y contempló la transferencia a Japón de Habomai y Shikotan después de la firma de ese tratado.
Pero el acuerdo no resolvió el desacuerdo sobre las otras dos islas, Iturup y Kunashir. Décadas de negociaciones posteriores tampoco consiguieron cerrar la diferencia.
Durante el Gobierno de Shinzo Abe se produjo uno de los últimos intentos serios de aproximación. Abe y Putin acordaron en 2018 acelerar las conversaciones sobre la base de la declaración de 1956. Aquella vía quedó prácticamente enterrada después de la invasión rusa de Ucrania en 2022. Japón se sumó a las sanciones occidentales contra Moscú y Rusia suspendió las negociaciones sobre el tratado de paz.
La primera e histórica visita de Putin a las islas Kuriles confirma hasta qué punto la etapa de pragmatismo diplomático y los esfuerzos de diálogo del fallecido Abe han quedado totalmente en el pasado. Tras supervisar las maniobras navales de la Flota del Pacífico a bordo del crucero misilístico Varyag frente a la isla de Sajalín, el mandatario ruso aterrizó en Iturup.
Desde allí, Putin endureció su postura al declarar que la soberanía rusa sobre el archipiélago es una «realidad inalterable» respaldada por los tratados internacionales posteriores a la II Guerra Mundial. Esta provocación militar y política en el Lejano Oriente fue catalogada de «absolutamente inaceptable» por la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, lo que congela aún más las relaciones bilaterales resentidas por las sanciones japonesas.
Para Moscú, el caso está cerrado: las Kuriles son territorio soberano de la Federación y el presidente puede ejercer presencia física en ellas como en cualquier otra región del país. Mientras el ministro de Exteriores japonés, Toshimitsu Motegi, convocó formalmente al embajador ruso para denunciar una violación del derecho internacional, el gobierno de Putin ratificó que no existe ninguna disputa territorial abierta en los términos planteados por Japón.
Japón ha endurecido progresivamente su política de seguridad desde el comienzo de la guerra de Ucrania. Rusia figura entre las principales amenazas contempladas por Tokio y la relación bilateral se ha deteriorado considerablemente. El propio Kremlin afirmó a principios de este año que las relaciones con Japón habían quedado prácticamente «reducidas a cero».
Al mismo tiempo, Japón afronta un entorno regional cada vez más complejo: la presión militar china alrededor de Taiwán, los programas de misiles de Corea del Norte y la creciente cooperación estratégica entre Moscú y Pekín. En este contexto, las Kuriles no son solamente una cuestión de memoria histórica. Su ubicación tiene importancia militar y económica. El archipiélago controla accesos estratégicos al Pacífico y está próximo a Hokkaido; además, sus aguas tienen importantes recursos pesqueros.
La política de defensa japonesa también está cambiando. El antiguo país derrotado de 1945 ha ido ampliando sus capacidades militares dentro de una reinterpretación progresiva de sus necesidades de seguridad. La cuestión de las Kuriles se inserta, por tanto, en una transformación mucho más amplia del equilibrio de poder en Asia-Pacífico.
Tokio protesta, pero tampoco rompe todos los puentes
Takaichi ha advertido de que la visita de Putin puede dificultar todavía más la recuperación de las relaciones bilaterales. Pero Tokio conserva algunos canales de diálogo por razones humanitarias, especialmente los relacionados con las visitas de antiguos residentes japoneses y sus familias a las tumbas de sus antepasados.
El problema es que cada vez quedan menos espacios para el compromiso. La guerra de Ucrania ha eliminado buena parte de la confianza construida durante la etapa de Abe, las negociaciones sobre el tratado de paz están paralizadas y Rusia ha reforzado su presencia en las islas.
La visita de Putin no crea la disputa de las Kuriles. La hace visible de nuevo en un momento especialmente desfavorable para cualquier solución negociada. @mundiario
