La guerra en Oriente Próximo enfrenta horas cruciales tras el nuevo rechazo de Teherán a reabrir el estratégico estrecho de Ormuz. Pese al ultimátum lanzado por el presidente de EE UU, Donald Trump, el régimen iraní ha optado por mantener su posición: no habrá apertura sin el fin total de la guerra.
Este pulso, más allá de lo retórico, revela los límites del poder militar en un escenario donde la geografía, la energía y la disuasión juegan un papel determinante.
El estrecho de Ormuz no es solo una vía marítima: es el eje por el que fluye cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Su bloqueo parcial desde el inicio del conflicto ha tensionado los mercados energéticos y ha reducido drásticamente el tráfico de petroleros.
En este contexto, la capacidad de Irán para interrumpir o condicionar el tránsito —mediante drones, misiles o minas navales— se ha convertido en su principal herramienta de presión. Como reconoció el propio Trump, incluso una amenaza limitada puede generar un efecto disuasorio significativo: “Podemos machacarlos a bombazos (…), pero para cerrar el Estrecho, lo único que hace falta es un terrorista”.
La estrategia estadounidense ha combinado presión militar con amenazas explícitas. Trump llegó a afirmar: “Tenemos un plan (…) en el que todos los puentes de Irán quedarán diezmados (…) todas las centrales eléctricas (…) fuera de servicio”. En la misma línea, advirtió de una “demolición completa” de la infraestructura iraní en cuestión de horas si Teherán no cedía.
Sin embargo, la respuesta iraní ha sido igualmente contundente. Las autoridades calificaron estas advertencias como “retórica arrogante y amenazas infundadas” y reiteraron que no modificarán su postura. La condición es clara: cualquier apertura del estrecho debe ir precedida del fin de los bombardeos y de garantías de no repetición.
Guerra en curso y escalada regional
Mientras el pulso diplomático continúa, la realidad sobre el terreno muestra una intensificación de las hostilidades. Israel ha confirmado nuevas oleadas de ataques contra infraestructuras en territorio iraní, mientras Teherán responde con lanzamientos de misiles hacia objetivos israelíes y posiciones de aliados estadounidenses en la región.
Países del Golfo como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin han activado sus sistemas de defensa aérea ante la amenaza de proyectiles y drones. La guerra, por tanto, ha dejado de ser un enfrentamiento bilateral para convertirse en un conflicto con implicaciones regionales directas.
En paralelo, los intentos de mediación internacional —con actores como Pakistán, Egipto y Turquía— no han logrado desbloquear la situación. La propuesta de una tregua temporal de 45 días ha sido rechazada por ambas partes, aunque por motivos distintos.
Teherán insiste en que cualquier negociación debe partir del cese total de los ataques, mientras Washington considera insuficientes las condiciones planteadas. Según fuentes iraníes citadas por Reuters, un eventual acuerdo debería incluir garantías de seguridad, compensaciones por daños y el reconocimiento del control iraní sobre el estrecho, incluyendo posibles tarifas a los buques.
El desarrollo de los acontecimientos pone de relieve una paradoja central: la superioridad militar no siempre se traduce en capacidad de imposición política. A pesar de la demostración de fuerza de Estados Unidos —incluyendo operaciones complejas como el rescate de un piloto en territorio enemigo—, el control efectivo de un punto crítico como Ormuz sigue dependiendo de factores asimétricos.
La negativa de Irán a ceder ante el ultimátum confirma que el conflicto se encuentra en una fase de bloqueo estratégico. Teherán utiliza el estrecho como palanca de negociación, mientras Washington mantiene la presión con amenazas y ataques selectivos. @mundiario
