Irán expande sus ataques fuera de Ormuz y redobla la presión sobre Trump antes de las midterms

Durante meses, el estrecho de Ormuz ha sido el principal escenario de la confrontación marítima: un cuello de botella de apenas unas decenas de kilómetros por el que, en condiciones normales, circula aproximadamente una quinta parte de los envíos mundiales de petróleo y gas. Ahora aparecen indicios de que el riesgo puede estar desplazándose fuera de ese espacio. Dos incidentes registrados en apenas 24 horas, uno frente a Qatar y otro cerca de Fujairah, han abierto una pregunta estratégica mucho más relevante que la propia identidad de los buques atacados: ¿está Irán intentando convertir todo el entorno marítimo del Golfo y del océano Índico occidental en una zona de riesgo?

El primer episodio está mejor documentado. La agencia británica UKMTO informó de que varios proyectiles alcanzaron el Acers, un petrolero de crudo y productos químicos con bandera de Antigua y Barbuda, a unas 51 millas náuticas al norte de Madinat ash Shamal, en Qatar. Hubo víctimas. La inteligencia marítima Vanguard identificó el barco y señaló que navegaba hacia Ormuz. El dato geográfico es esencial: el ataque se produjo fuera del estrecho, en una zona donde no se habían registrado incidentes similares desde hacía más de seis meses.

El segundo caso exige mucha más cautela. Vanguard informó de un incendio en un petrolero situado a unos 40 kilómetros de Fujairah, en el golfo de Omán, posiblemente el Dhalgout, de bandera de las Islas Marshall. La UKMTO no había confirmado ese episodio como ataque y la causa del fuego seguía sin determinarse. La NASA sí detectó el incendio y varios aviones militares estadounidenses se encontraban en la zona. Por tanto, sería prematuro presentar este segundo incidente como una acción iraní confirmada.

La coincidencia temporal adquiere otra dimensión cuando se coloca junto a los mensajes procedentes de Teherán. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ha extendido sus operaciones militares contra buques comerciales hacia aguas internacionales. Esta expansión se consolidó con el ataque a dos petroleros fuera del estrecho de Ormuz, una zona de riesgo previamente delimitada en el conflicto actual.

El ministro de Defensa interino de Irán, el general de brigada Seyed Mayid Ebn al-Reza, publicó una advertencia extraordinariamente explícita dirigida al gobierno de Estados Unidos: “La distancia entre ustedes y nosotros la determinarán nuestros misiles”. En su declaración, el ministro trazó una escalada geopolítica directa al afirmar: “Ayer el mar de Omán, hoy el océano Índico y mañana la bahía de Cochinos. Si cometen un error, verán un nuevo conjunto de líneas divisorias”. La mención a la bahía de Cochinos evoca directamente la fallida invasión de 1961 respaldada por Washington en las costas de Cuba, utilizándola como una advertencia de que la capacidad de fuego iraní puede aproximarse a las fronteras continentales estadounidenses.

El mensaje estratégico es bastante claro aunque la autoría concreta de cada incidente no lo sea. Irán quiere demostrar que cerrar o restringir Ormuz no es necesariamente el límite de su capacidad de presión. Si los buques simplemente buscan rutas alternativas para esquivar el estrecho, Teherán pretende conservar capacidad para amenazarlos también en esos corredores. Reuters ha informado de advertencias iraníes según las cuales determinadas rutas alternativas utilizadas para sacar petróleo podrían ser consideradas hostiles, con posibilidades que incluirían misiles, drones o embarcaciones de intimidación.

Es una evolución importante porque modifica el cálculo de las navieras. No basta con decidir si atravesar o no Ormuz. El problema pasa a ser determinar qué itinerario es suficientemente seguro para llegar a los puertos del Golfo, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Kuwait o Irak. El resultado puede ser más importante económicamente que la destrucción física de un determinado número de barcos: si aumenta el riesgo percibido, aumenta el seguro, el coste del transporte, el tiempo de navegación y la prima exigida por las tripulaciones y los operadores.

Los datos de tráfico ya reflejan esa presión. Según Kpler, solo siete buques de mercancías atravesaron Ormuz el martes, el nivel más bajo desde el 23 de julio, mientras los movimientos de crudo habían caído hasta unos 10,1 millones de barriles diarios, aproximadamente el 74% del nivel previo a la guerra. Al mismo tiempo, los productores del Golfo están utilizando rutas alternativas y otros mecanismos para compensar parte de la pérdida.

Aquí aparece la verdadera arma iraní. Le basta con hacer suficientemente peligroso el tránsito para que armadores, aseguradoras y compradores reduzcan su exposición. Esa estrategia permite ejercer presión económica sin tener que destruir permanentemente toda la infraestructura marítima. Pero también contiene un riesgo evidente para Irán: cuanto mayor sea el daño sobre el comercio internacional, mayor será el incentivo de Estados Unidos y de sus aliados para ampliar la protección naval o responder militarmente.

El impacto ya trasciende el petróleo. El Banco Mundial calcula que la economía de la región MENAAP se contraerá un 2,1% en 2026, después de crecer un 3,3% en 2025, mientras los efectos del conflicto se extienden al turismo, la aviación, la logística y la inversión. La IATA, por su parte, registró en agosto una caída interanual del 14,6% de la demanda aérea de las compañías de Oriente Medio.

Y ahí está el punto de conexión con Donald Trump. La guerra ya no es únicamente una cuestión militar para la Casa Blanca; se ha convertido en una cuestión electoral. El 3 de noviembre los estadounidenses elegirán el Congreso y el encarecimiento de la energía afecta directamente al coste de vida. Reuters señala que el conflicto iraní está perjudicando políticamente a Trump, mientras numerosos candidatos republicanos en carreras competitivas han comenzado a distanciarse de algunas de sus posiciones.

Irán puede aumentar la presión sobre Trump precisamente sin necesidad de atacar territorio estadounidense. Cada petrolero alcanzado, cada ruta alternativa amenazada y cada incremento del precio del combustible añade una variable económica a una campaña electoral que ya está condicionada por la inflación energética.

Por su parte, Donald Trump ha enviado señales contradictorias sobre el curso de la guerra con Irán. Tras avivar la alarma pública al declarar en un mitin que Teherán tenía la capacidad de «destruir» grandes ciudades estadounidenses como Los Ángeles y San Diego, el presidente matizó sus afirmaciones asegurando que protegería los núcleos urbanos. En un giro hacia la moderación diplomática presionado por la cercanía electoral, Trump publicó en su plataforma Truth Social que Washington no reanudará los ataques militares contra Irán antes de las elecciones de medio término (midterms) del 3 de noviembre.

En el mismo mensaje, calificó de “productivas” las conversaciones bilaterales destinadas a frenar el programa atómico de Teherán, aunque aclaró que el bloqueo naval y la presión económica de Estados Unidos sobre los puertos iraníes se mantendrán en su totalidad.

Eso no significa que la guerra haya entrado en una fase de calma. Significa, más bien, que ambos gobiernos parecen tener incentivos para administrar cuidadosamente la escalada. Trump necesita evitar que el conflicto se convierta en una carga electoral mayor. Irán, sometido a una fuerte presión económica y militar, necesita demostrar que todavía puede elevar el coste de la guerra para Estados Unidos y sus aliados.

Por eso las amenazas iraníes de extender las operaciones al océano Índico deben interpretarse como algo más que retórica, pero también sin convertirlas automáticamente en prueba de una nueva campaña militar. El Ejército iraní asegura estar preparado para operaciones preventivas contra cualquier agresión, mientras altos responsables han hablado de planes para escenarios extremos.

La cuestión decisiva será ahora si los incidentes fuera de Ormuz se convierten en una pauta. Si se confirma una sucesión de ataques contra barcos que utilizan rutas alternativas, la guerra marítima habrá cambiado de naturaleza: ya no se tratará exclusivamente de controlar un estrecho estratégico, sino de hacer insegura toda la arquitectura de exportación energética del Golfo. @mundiario