Irán propone una paz en fases: Ormuz primero, lo nuclear después y Rusia se alinea con Teherán

La guerra entre Irán y Estados Unidos ha entrado en una fase de ambigüedad estratégica: ni escalada abierta ni paz consolidada. En ese contexto, Teherán ha movido ficha con una propuesta de alto el fuego en tres etapas que reordena las prioridades del conflicto. El elemento más llamativo no es solo el contenido del plan, sino su secuencia: primero el fin de las hostilidades, después la reapertura del estrecho de Ormuz y, únicamente al final, la cuestión nuclear, que Washington considera central.

La propuesta iraní, transmitida a través de intermediarios, establece una hoja de ruta clara pero políticamente cargada. En la primera fase, Teherán exige negociar exclusivamente el fin definitivo de la guerra, con garantías que eviten nuevos ataques tanto contra su territorio como contra aliados regionales.

Solo si esa etapa se completa, se pasaría a una segunda fase centrada en Ormuz, un paso marítimo por el que transita cerca del 20% del petróleo mundial. La reapertura del estrecho —actualmente restringido en medio del pulso militar— tendría un impacto inmediato en los mercados energéticos globales y aliviaría tensiones económicas internacionales.

Sin embargo, el diseño del plan revela su lógica estratégica: la tercera fase, dedicada al programa nuclear, queda supeditada al éxito de las dos anteriores. Es decir, Irán busca resolver primero los elementos que le otorgan ventaja táctica y económica, dejando para el final el principal punto de presión de Estados Unidos y motivo del conflicto.

El enfoque iraní convierte a Ormuz en la pieza central de la negociación. No se trata solo de desbloquear una ruta comercial, sino de redefinir su control. Según las filtraciones reportadas por la prensa internacional, Teherán pretende establecer un nuevo marco jurídico en coordinación con Omán, lo que incluiría mecanismos de regulación del tránsito marítimo e incluso posibles peajes.

Esta maniobra tiene una doble dimensión. Por un lado, ofrece a la comunidad internacional una salida inmediata a la crisis energética. Por otro, consolida el control iraní sobre uno de los chokepoints más críticos del planeta, reforzando su capacidad de influencia a largo plazo.

Rusia entra en escena como respaldo estratégico

El hecho de que la cuestión nuclear quede relegada al final no es accidental. Para Washington —y también para Israel— este es el eje del conflicto. El propio presidente estadounidense ha insistido en que “es la única que importa”, subrayando que cualquier acuerdo debe abordar el enriquecimiento de uranio iraní.

Actualmente, Teherán dispone de cientos de kilos de uranio enriquecido al 60%, un nivel técnicamente cercano al umbral militar. Las exigencias estadounidenses incluyen la entrega de ese material y la suspensión prolongada del programa. Irán, en cambio, plantea solo una moratoria temporal y defiende el enriquecimiento como un “derecho soberano”.

Por ello, el plan iraní no se entiende sin el papel de Rusia. Durante el encuentro durante es lunes en San Petersburgo, el presidente Vladímir Putin expresó un respaldo explícito a Teherán: “El pueblo iraní lucha con valentía y heroísmo por su soberanía”. Y fue más allá al afirmar que Moscú hará “todo aquello que esté en los deseos de Irán”.

Estas declaraciones no son retóricas. Rusia es un actor clave en cualquier eventual acuerdo nuclear, tanto por su capacidad técnica —por ejemplo, en la posible dilución de uranio enriquecido— como por su peso diplomático en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Además, la relación bilateral se ha intensificado en los últimos años, con cooperación militar y tecnológica en escenarios como Ucrania. Este alineamiento refuerza la posición negociadora de Irán frente a Occidente.

Un equilibrio inestable

La propuesta de Teherán plantea un dilema para Washington. Aceptar el plan implicaría aliviar de inmediato la crisis energética y reducir el riesgo de escalada militar, pero también supondría ceder su principal instrumento de presión: la urgencia de resolver el programa nuclear y dejarlo en manos de Moscú.

Rechazarlo, en cambio, prolongaría el bloqueo en Ormuz y la incertidumbre global, con impacto directo en los precios del petróleo y la estabilidad regional.

El resultado es una negociación atrapada en un equilibrio delicado. Irán busca tiempo y margen de maniobra; Estados Unidos, garantías estructurales sobre el riesgo nuclear. Entre ambos, actores como Rusia intentan redefinir el tablero geopolítico aprovechando la fractura. @mundiario