Islandia ha decidido mantener las distancias con Bruselas. El referéndum celebrado este sábado ha cerrado, al menos por ahora, la posibilidad de que el país vuelva a negociar su incorporación a la Unión Europea. La opción del ‘no’ se ha impuesto con claridad suficiente para frenar el proceso, aunque la diferencia entre ambos bloques revela una sociedad profundamente dividida sobre su futuro europeo.
La consulta no preguntaba directamente a los ciudadanos si querían convertirse en miembros de la UE, sino si autorizaban al Gobierno a reanudar unas negociaciones suspendidas desde 2013. Incluso con un resultado favorable, la adhesión habría requerido posteriormente otro referéndum. El rechazo, sin embargo, evita que ese debate vuelva a abrirse formalmente en Bruselas.
La primera ministra, Kristrún Frostadóttir, había defendido la conveniencia de recuperar las conversaciones con la UE en un contexto internacional cada vez más inestable. El Ejecutivo había adelantado la consulta, inicialmente prevista para 2027, ante el nuevo escenario geopolítico en el Ártico y las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia.
La pesca, la gran línea roja
Detrás del resultado hay una cuestión especialmente sensible: el control de los recursos pesqueros. La pesca representa alrededor del 7% del PIB islandés y cerca del 40% de sus exportaciones de bienes. Para buena parte del electorado, incorporarse a la UE podría significar aceptar las reglas de la Política Pesquera Común y compartir el control de unos caladeros considerados estratégicos para la economía y la identidad nacional.
El argumento ha pesado especialmente fuera de Reikiavik. Mientras la capital fue la única zona del país donde el ‘sí’ consiguió imponerse, buena parte de las regiones rurales mantuvo una posición mucho más escéptica respecto a Bruselas.
Para los defensores del ‘no’, Islandia ya disfruta de una relación privilegiada con Europa sin necesidad de asumir todas las obligaciones de un Estado miembro. El país forma parte del Espacio Económico Europeo y del espacio Schengen, por lo que tiene acceso al mercado único y participa en la libre circulación, aunque no interviene directamente en las decisiones de las instituciones comunitarias.
¿Por qué volver a hablar de Europa?
El debate europeo había cobrado fuerza por razones económicas y geopolíticas. Los partidarios de reabrir las negociaciones argumentaban que la pertenencia plena podría proporcionar mayor estabilidad económica a Islandia, especialmente frente a la volatilidad de su moneda. También defendían que sentarse a negociar con Bruselas permitiría conocer las condiciones concretas de una eventual adhesión antes de decidir definitivamente.
Pero esos argumentos no han sido suficientes. La posibilidad de perder margen de decisión sobre asuntos considerados esenciales —desde la pesca hasta otros recursos naturales— ha terminado imponiéndose en una parte importante del electorado. La soberanía ha demostrado tener más peso que la promesa de una mayor integración europea.
Un revés para Bruselas
El ‘no’ también supone un pequeño pero simbólico golpe para la Unión Europea. Bruselas aspiraba a recuperar el interés de un país rico, estable y estratégicamente situado en una región que ha adquirido una importancia creciente.
La incorporación de Islandia habría permitido a la UE reforzar su presencia en el Atlántico Norte y el Ártico, además de sumar un nuevo Estado miembro con estrechos vínculos económicos y políticos con el continente. El resultado islandés frena ahora esa posibilidad.
No obstante, la votación deja una conclusión importante: Islandia no está rechazando Europa, sino la pertenencia plena a la UE. El país continuará vinculado al mercado único y al espacio Schengen, manteniendo buena parte de las ventajas de su relación con Bruselas sin convertirse en miembro del club comunitario.
El resultado tampoco cierra para siempre el debate, pero sí lo vuelve mucho más difícil de reabrir a corto plazo. Con un 52,8% de los votos, los islandeses han enviado un mensaje inequívoco: quieren cooperar con Europa, pero sin renunciar al control de sus decisiones más sensibles.
Islandia mantiene así una posición singular dentro de Europa: suficientemente integrada para beneficiarse de su mercado, pero suficientemente independiente para decidir qué límites no está dispuesta a cruzar. @mundiario

