La guerra de Ucrania ha dado un vuelco tanto en lo psicológico como en lo estratégico. Lo que ha pasado en Moscú con la mayor ofensiva de drones contra la capital rusa desde que arrancó la invasión a gran escala va mucho más allá de un simple choque militar. Es un golpe sobre la mesa político, económico y simbólico que Kiev quiere meter en la cabeza no solo del Kremlin, sino de toda la sociedad rusa.
El ataque se concentró sobre la refinería de Moscú situada en Kapotnya, una de las instalaciones energéticas más importantes del país. Según las autoridades rusas y ucranianas, varios drones lograron alcanzar el complejo, provocando varios incendios y daños en infraestructuras clave. Las imágenes difundidas mostraban columnas de humo visibles desde distintos puntos de la capital rusa, mientras las autoridades se veían obligadas a cerrar los aeropuertos y activar medidas de emergencia.
La magnitud de la ofensiva refleja la evolución que ha experimentado la capacidad militar ucraniana durante el conflicto. Las autoridades rusas aseguraron haber derribado cerca de 200 drones en los alrededores de Moscú y más de 500 en todo el territorio nacional durante la misma noche. Incluso admitiendo las cifras oficiales de interceptación, el hecho de que numerosos aparatos alcanzaran sus objetivos evidencia las dificultades de los sistemas defensivos rusos para detener ataques masivos de saturación.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, vinculó directamente la ofensiva con los recientes bombardeos rusos contra objetivos civiles y religiosos en Ucrania (el Monasterio de las Cuevas de Kiev). En particular, mencionó el ataque contra la Lavra de las Cuevas de Kiev, uno de los símbolos espirituales más importantes del país. Su mensaje fue contundente: “No queremos esta guerra, nunca la quisimos, y todo el mundo lo sabe. También lo saben nuestros socios”, para después lanzar una advertencia que ha tenido enorme repercusión internacional: “pero si Ucrania arde, vuestra Moscú arderá”.
La frase resume la nueva lógica estratégica de Kiev. Durante los primeros años de la guerra, Rusia consiguió mantener una cierta sensación de normalidad en Moscú y en gran parte de su territorio. Mientras las ciudades ucranianas sufrían bombardeos diarios, millones de ciudadanos rusos continuaban su vida cotidiana relativamente alejados de las consecuencias directas del conflicto.
Sin embargo, esa situación ha cambiado progresivamente. Los primeros drones sobre el Kremlin en 2023 tuvieron un enorme impacto simbólico. Posteriormente llegaron ataques contra zonas residenciales, complejos financieros y aeropuertos. Ahora, la ofensiva contra la refinería de Kapotnya muestra un nivel superior de ambición operativa.
La importancia de esta instalación explica buena parte del interés estratégico de Ucrania. La refinería procesa más de doce millones de toneladas de petróleo al año y suministra aproximadamente el 40% del combustible consumido en Moscú. Además, proporciona combustible de aviación a los principales aeropuertos de la capital rusa. Golpear esta infraestructura significa afectar directamente a uno de los centros neurálgicos de la economía y la logística del país.
La campaña contra las instalaciones petroleras se ha convertido en uno de los pilares de la estrategia ucraniana durante los últimos meses. Kiev considera que los ingresos energéticos continúan siendo una de las principales fuentes de financiación de la maquinaria militar rusa. Por ello, los ataques buscan reducir la capacidad de refinado, generar costes adicionales y obligar a Moscú a destinar más recursos a la protección de infraestructuras críticas.
Desde una perspectiva militar, el ataque también pone de relieve la creciente sofisticación tecnológica de Ucrania. Alcanzar objetivos situados apenas a unos kilómetros del Kremlin requiere no solo drones de largo alcance, sino también inteligencia precisa, planificación compleja y capacidad para superar varios anillos de defensa aérea considerados entre los más densos del mundo.
Zelenski insistió precisamente en ese aspecto al afirmar que la defensa aérea de Moscú no había logrado impedir el ataque. Según el mandatario ucraniano, la operación demuestra que “ningún punto de Rusia” puede considerarse completamente seguro mientras continúe la guerra.
Las consecuencias económicas podrían ser significativas si los ataques se mantienen en el tiempo. La interrupción de la actividad de refinerías, depósitos de combustible y terminales energéticas genera tensiones en el suministro interno y obliga al Kremlin a incrementar inversiones en reparación y protección. A ello se suman los efectos sobre el transporte aéreo, después de que más de 170 vuelos fueran cancelados y más de un centenar sufrieran retrasos.
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— Defense of Ukraine (@DefenceU) June 18, 2026
No menos relevante es el impacto político y psicológico. Durante años, el discurso oficial ruso ha presentado el conflicto como una “operación militar especial” desarrollada lejos de los grandes centros urbanos del país. Las imágenes de incendios en Moscú, edificios dañados y restricciones aeroportuarias dificultan cada vez más mantener esa narrativa.
En paralelo, el ministro de Asuntos Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, lanzó un mensaje dirigido directamente a los ciudadanos rusos: “Una de las preguntas más repetidas por los moscovitas esta mañana es ‘¿Qué está pasando?’. Yo os puedo responder. Vuestro país empezó una guerra de agresión contra el nuestro. Durante años, ha estado matando a nuestra gente. Ahora que ya sabéis lo que está pasando, preguntadle a Putin cuándo tiene pensado ponerle fin”.
La respuesta rusa no se hizo esperar. Moscú prometió nuevos ataques contra objetivos que considera esenciales para la capacidad militar ucraniana. Sin embargo, la realidad es que ambos bandos parecen cada vez más decididos a ampliar la profundidad estratégica de sus operaciones, llevando el conflicto mucho más allá de las líneas tradicionales del frente.
Lo ocurrido en Moscú refleja una transformación profunda del conflicto. La guerra ya no se libra únicamente en el Donbás, en Járkov o en Zaporiyia. También se desarrolla en los cielos de la capital rusa, en sus infraestructuras energéticas y en la percepción de seguridad de millones de ciudadanos. @mundiario
