Estados Unidos lleva años viviendo atrapado en una guerra cultural, pero ahora esa batalla ha cruzado una frontera más inquietante. Ya no se discute solo sobre ideologías o programas electorales. Se discute sobre hechos básicos. Sobre lo que ocurrió y lo que no. Como si el país hubiese perdido el suelo bajo los pies.
Una encuesta elaborada por YouGov para NewsGuard lo confirma con crudeza. El 24% de los estadounidenses cree que el intento de asesinato contra Donald Trump fue escenificado. Solo el 45% sostiene que fue real. Y el dato más revelador es que un 32% admite directamente que no sabe qué creer.
Es decir, un tercio de la población no tiene una versión clara de un episodio que está siendo investigado judicialmente.
Un atentado investigado que no convence
El ataque tuvo lugar el 25 de abril en Washington. Según la investigación, un hombre llamado Cole Allen, de 31 años y residente en California, intentó acceder armado con una escopeta, una pistola y varios cuchillos al hotel donde Trump participaba en una gala. Fue reducido tras un intercambio de disparos que obligó a evacuar al presidente. No hubo víctimas.
Allen ha comparecido ante un tribunal federal y se ha declarado no culpable de los cargos, entre ellos el de intento de asesinato, un delito que podría conllevar cadena perpetua.
Con un sospechoso identificado, armas incautadas y un proceso judicial abierto, cabría esperar una percepción más sólida. Pero no. Porque en Estados Unidos, incluso la violencia política se ha convertido en material inflamable para la sospecha.
Redes sociales y polarización como gasolina
La encuesta también recoge otro dato alarmante. Solo el 38% cree que los tres intentos de asesinato sufridos por Trump en los últimos dos años fueron reales. Entre ellos, el ataque de julio de 2024 en Pensilvania, donde una bala le rozó la oreja, y otro incidente en septiembre cerca de un campo de golf en Florida.
Esta repetición de episodios ha generado un efecto perverso. En lugar de reforzar la preocupación social, ha alimentado una narrativa conspirativa constante. En plataformas digitales, miles de usuarios han construido un relato paralelo donde todo es teatro, manipulación o propaganda.
No es casual. Las redes sociales han creado un ecosistema donde la emoción pesa más que la evidencia. Y donde la mentira no necesita ser convincente, solo necesita ser viral.
El verdadero problema es que ya nadie confía
La Casa Blanca reaccionó con dureza. Un portavoz llegó a afirmar que pensar que Trump orquestó sus propios atentados es “de idiotas”. Pero el insulto no arregla el problema, lo agrava. Porque cuando la desconfianza es estructural, cualquier respuesta institucional se interpreta como parte del engaño.
Y aquí está el fondo del asunto. Estados Unidos está entrando en una fase en la que la realidad se fragmenta como un espejo roto. Cada grupo recoge su pedazo y lo convierte en verdad absoluta. Los tribunales, los medios, las elecciones e incluso los atentados se leen como capítulos de una novela partidista.
Lo más peligroso no es que algunos crean en un montaje. Lo verdaderamente grave es que millones de personas han dejado de creer en cualquier cosa. Sin confianza pública no hay democracia que aguante, porque una sociedad sin hechos compartidos es un barco sin brújula, condenado a chocar una y otra vez contra el mismo muro. @mundiario
