En el teatro de sombras grotescas generado por la crisis de Ucrania, lo único realmente claro es la pregunta del millón de dólares (o al cambio, 75 millones de rublos): «¿En qué está pensando Vladimir Putin?». Más allá de la hermenéutica de las mesas, conocer las intenciones de un autócrata, gallego o eslavo, nunca ha sido fácil. Y en el caso del agente del KGB que ha llegado más lejos en toda la historia de Rusia, es casi una misión imposible.
Los servicios de inteligencia occidentales, como si fueran negociadores especializados en la liberación de rehenes, hacen todo lo posible para que el lacónico Putin hable y hable, con la esperanza de vislumbrar sus verdaderas intenciones entre sus palabras. De otra… Ver Más

