La muerte de tres cascos azules en el sur del Líbano no es solo una tragedia militar. Es una señal de alarma para cualquiera que todavía crea que existen límites claros en los conflictos actuales. Una investigación preliminar de Naciones Unidas concluye que uno de los soldados murió probablemente por el impacto de un proyectil disparado por un tanque israelí, mientras que los otros dos fallecieron por la explosión de un artefacto que, según la ONU, habría sido colocado por Hezbolá.
La Fuerza Provisional de Naciones Unidas para el Líbano (FINUL) lleva desplegada desde 1978 con un objetivo tan sencillo como difícil de cumplir: evitar que la frontera entre Israel y Líbano se convierta en un incendio permanente. Sin embargo, hoy la misión parece caminar sobre un suelo que se resquebraja, como si intentara sostener una puerta frágil entre dos habitaciones llenas de gasolina.
Lo que dice la investigación y por qué es grave
El primer incidente ocurrió el 29 de marzo, cuando un casco azul indonesio murió y otros tres resultaron heridos por la explosión de un proyectil cerca de una posición de la FINUL. Según la investigación, se trató de una munición de 120 milímetros, el calibre habitual del armamento principal de un tanque Merkava israelí. Naciones Unidas subraya además un detalle clave, ya que había comunicado la ubicación exacta de sus instalaciones al ejército israelí en dos ocasiones en los días previos.
Al día siguiente, el 30 de marzo, otros dos soldados murieron cuando una explosión destruyó su vehículo. La ONU sostiene que fue causada por un artefacto explosivo improvisado y que, por el contexto y la localización, lo más probable es que fuera colocado por Hezbolá.
Estas conclusiones no son una sentencia definitiva, pero sí una acusación con peso político y jurídico. Un casco azul no es un combatiente cualquiera. Es un símbolo de protección internacional. Atacarlo, intencionadamente o por negligencia, es una fractura directa del derecho internacional humanitario.
FINUL en una guerra que ya no distingue
Lo más inquietante no es solo quién disparó o quién colocó el explosivo, sino el escenario en el que sucede. FINUL se encuentra atrapada entre el ejército israelí y Hezbolá, una milicia respaldada por Irán que opera con fuerte influencia en el sur del país. En un conflicto así, las fuerzas de paz se convierten en obstáculos incómodos para ambos bandos, porque documentan, vigilan y limitan la impunidad.
El portavoz de la ONU, Stéphane Dujarric, ha pedido que las partes investiguen y enjuicien lo ocurrido para garantizar rendición de cuentas penal. Indonesia, por su parte, ha exigido responsabilidades y ha advertido que las operaciones militares israelíes seguirán poniendo en peligro a los efectivos internacionales.
Cuando la impunidad se normaliza
Después de explicar los hechos, la pregunta inevitable es otra: ¿qué valor tiene hoy la vida de quienes intentan evitar que una guerra se extienda? Si los cascos azules mueren y el mundo se limita a comunicados, el mensaje es devastador. Se abre la puerta a que los conflictos se conviertan en una selva sin reglas, donde la fuerza reemplaza al derecho.
Israel debe aclarar por qué un tanque disparó hacia una zona cuya localización había sido comunicada previamente. Y Hezbolá debe responder por el uso de explosivos en un área donde circulan fuerzas internacionales. Ningún objetivo militar justifica convertir a los mediadores en objetivos.
Si la comunidad internacional no exige consecuencias reales, FINUL será solo una bandera azul sobre un ataúd. Y eso significará que la paz ya no es una misión, sino un decorado. @mundiario
