La ONU recoge las maletas en el Sáhara: ¿Quién frena ahora la escalada bélica?

La retirada de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) abre una etapa especialmente delicada en uno de los conflictos territoriales más prolongados de África. Desde el 1 de noviembre de 2026, la operación ha entrado oficialmente en su período de liquidación después de que el Consejo de Seguridad no lograra renovar su mandato. La decisión pone fin a 35 años de presencia internacional sobre el terreno y deja sin cumplir el objetivo que justificó su creación: organizar una consulta para que la población saharaui decidiera el futuro del territorio.

El desenlace no significa que Naciones Unidas haya abandonado formalmente el expediente ni que Marruecos haya obtenido una resolución definitiva sobre la soberanía del Sáhara Occidental. Sin embargo, modifica profundamente las condiciones en las que se desarrollará el conflicto. La desaparición de los observadores internacionales reduce la capacidad de documentar incidentes, advertir de movimientos militares y contener posibles enfrentamientos. En una región donde el alto el fuego de 1991 dejó de funcionar en 2020, ese vacío puede tener consecuencias importantes.

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha advertido expresamente del «riesgo de una escalada de las hostilidades» y ha reclamado máxima moderación a Marruecos y al Frente Polisario. Su advertencia refleja la principal preocupación inmediata: que la retirada de la misión no solo cierre una etapa diplomática, sino que facilite una mayor actividad militar en un territorio donde las tensiones nunca desaparecieron.

La MINURSO fue establecida en 1991 para supervisar el alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario, así como para preparar un referéndum de autodeterminación que permitiera a los saharauis elegir entre la independencia y otras alternativas políticas. Aunque la consulta nunca llegó a celebrarse —principalmente por desacuerdos sobre el censo, la identificación de los votantes y las condiciones del proceso—, la misión se convirtió durante décadas en una presencia internacional limitada pero relevante. De este modo, a pesar de no contar con capacidad militar para imponer la paz, sus observadores patrullaban el territorio y servían como un mecanismo de información clave en una zona con escasa presencia de medios y organizaciones independientes.

La crisis definitiva llegó con la votación del Consejo de Seguridad del pasado viernes. Estados Unidos impulsó una resolución que situaba el plan de autonomía marroquí bajo soberanía de Rabat como base central de las negociaciones y pretendía eliminar la referencia al referéndum de la denominación de la misión. El texto obtuvo once votos favorables, pero fue bloqueado por Rusia, que consideró que el proyecto se inclinaba unilateralmente hacia la posición marroquí y que Naciones Unidas no debía prejuzgar la cuestión de la soberanía.

Aunque Moscú presentó una propuesta alternativa que mantenía la referencia a la autodeterminación, Washington la vetó, provocando un bloqueo cruzado en el que ninguna de las dos iniciativas prosperó y el mandato de la MINURSO expiró sin renovación.

Este episodio recuerda que el Sáhara Occidental no es únicamente una disputa entre Marruecos y el Frente Polisario, sino también un escenario de competencia diplomática entre grandes potencias con intereses contrapuestos. En este tablero, Estados Unidos ha reforzado su respaldo al plan de autonomía marroquí, mientras que Rusia insiste en rechazar que el Consejo de Seguridad de la ONU convierta dicha propuesta en el único marco legítimo de negociación. El veto ruso impidió aprobar el texto de Washington, aunque no evitó que la MINURSO entrara en liquidación al expirar su mandato.

Marruecos gana espacio político, pero no una solución definitiva

Rabat ha recibido el desenlace como una oportunidad para modificar el marco internacional del conflicto. El Gobierno marroquí considera que la misión había quedado desfasada y que durante 35 años administró una situación sin resolverla. El ministro de Exteriores, Naser Burita, ha defendido que la retirada permitirá avanzar hacia una nueva etapa basada en el plan de autonomía.

El Palacio Real de Marruecos ha presentado el cierre de la MINURSO como el fin de un instrumento de internacionalización para una disputa que Rabat considera estrictamente regional. Al respecto, la monarquía alauí ha reiterado su compromiso con el alto el fuego y ha ofrecido su colaboración logística para asegurar que la retirada de los observadores de la ONU se realice de manera ordenada.

De este modo, la estrategia diplomática marroquí apunta ahora a consolidar apoyos internacionales, ampliar el reconocimiento de su propuesta de autonomía y reducir de manera drástica el peso de este expediente en los órganos de las Naciones Unidas dedicados a la descolonización. Con este movimiento, Rabat pretende que la discusión abandone definitivamente el foco de un referéndum de autodeterminación que nunca se ha materializado y se concentre, de forma exclusiva, en las condiciones de una autonomía bajo soberanía marroquí.

No obstante, la desaparición de la misión no equivale a un reconocimiento universal de la soberanía de Marruecos, ya que el Sáhara Occidental continúa incluido en la lista de territorios no autónomos de las Naciones Unidas. Tampoco se ha producido un acuerdo con el Frente Polisario que permita dar por cerrado el conflicto. Si bien la posición de Rabat es mucho más favorable que hace años en términos diplomáticos —especialmente por el respaldo de Estados Unidos y el apoyo de otros países a su iniciativa—, transformar ese respaldo internacional en una solución definitiva y aceptada por todas las partes continúa siendo una tarea pendiente.

Para el Frente Polisario, la desaparición de la MINURSO supone un golpe estratégico. La organización saharaui pierde una presencia internacional que, aunque limitada y sin capacidad para imponer el cumplimiento de los acuerdos, proporcionaba observación, interlocución y visibilidad al conflicto. Su representante ante Naciones Unidas, Sidi Mohamed Omar, ha insistido en que el derecho a la autodeterminación constituye una «línea roja que no se negocia». El Polisario rechazó la propuesta estadounidense porque, a su juicio, convertía la autonomía marroquí en la única salida aceptable y apartaba la opción de independencia sin un acuerdo entre las partes.

La organización recibió con satisfacción el veto ruso al proyecto de Washington, pero eso no significa que considere positiva la desaparición de la misión. Su posición ha sido defender la continuidad de la MINURSO con el mandato original y advertir de las consecuencias de cualquier modificación unilateral del marco negociador.

El problema para el Polisario es que su capacidad de presión diplomática resulta limitada frente al respaldo internacional que ha acumulado Marruecos. Argelia continúa siendo su principal aliado regional, acoge a sus dirigentes y a decenas de miles de refugiados saharauis en los campamentos de Tinduf. Sin embargo, la rivalidad entre Argel y Rabat complica cualquier iniciativa que pretenda separar la cuestión saharaui de la competencia geopolítica entre ambos países.

¿Qué futuro le espera al Sáhara Occidental?

La principal consecuencia de la retirada de la MINURSO puede sentirse sobre el terreno. El alto el fuego de 1991 se rompió en noviembre de 2020, después de una crisis en la zona de Guerguerat. Desde entonces, Marruecos y el Polisario mantienen enfrentamientos de baja intensidad, con ataques y operaciones militares que ambas partes describen de manera diferente.

El muro de tierra y arena, de unos 2.700 kilómetros, separa las zonas controladas por Marruecos de los territorios situados al este, donde el Polisario mantiene presencia. La MINURSO patrullaba sectores próximos a esa línea y constituía una fuente de información difícil de sustituir. Sus observadores, desarmados, no podían impedir por la fuerza una ofensiva, pero su presencia ayudaba a registrar incidentes y reducir el riesgo de interpretaciones contradictorias.

Con la retirada, aumentan las dudas sobre quién podrá verificar los movimientos militares y establecer qué ha ocurrido después de un ataque. Una fuente conocedora de la situación sobre el terreno, citada por EL PAÍS, ha advertido de que las operaciones marroquíes de persecución contra grupos del Polisario podrían extenderse más allá de las zonas habituales, con posibles repercusiones en las fronteras de Mauritania y Argelia.

Aunque este escenario no significa que una guerra regional sea inevitable —dado que Marruecos y el Frente Polisario han reiterado su compromiso con la paz y el secretario general de la ONU, António Guterres, ha pedido que la retirada se desarrolle sin incidentes—, la ausencia de observadores reduce drásticamente los mecanismos de prevención. Esta falta de supervisión sobre el terreno podría facilitar errores de cálculo, represalias y una sucesión de operaciones militares difíciles de controlar.

En este sentido, la organización Oxfam también ha advertido que la pérdida de las funciones de vigilancia y desescalada perjudicará seriamente la seguridad, la estabilidad y las perspectivas de una solución pacífica. Esta preocupación, además, no se limita a los combatientes: cualquier ampliación de las hostilidades afectaría de forma directa a la población civil y agravaría gravemente la ya precaria situación humanitaria de los refugiados saharauis.

La ONU mantendrá abierta la posibilidad de apoyar una solución política mediante su enviado personal, Staffan de Mistura. Guterres ha reiterado que la organización seguirá disponible para facilitar un acuerdo «justo, duradero y mutuamente aceptable» que garantice el derecho del pueblo saharaui a la libre determinación. Sin embargo, esa continuidad diplomática no sustituye las funciones de observación militar que desempeñaba la MINURSO.

A corto plazo, Marruecos intentará aprovechar el nuevo contexto para impulsar su plan de autonomía y reforzar el respaldo internacional. El Polisario, por su parte, tratará de impedir que la retirada de la misión se interprete como el cierre definitivo de la cuestión de la autodeterminación. Argelia seguirá siendo un actor determinante, tanto por su apoyo al movimiento saharaui como por su rivalidad estratégica con Rabat. @mundiario