El Celta tiene un problema y cada partido empieza a hacerlo más evidente. Puede tener la pelota, instalarse durante minutos en campo contrario e incluso dar la sensación de controlar el encuentro, pero todo eso sirve de poco si después apenas consigue hacer daño. En Nicosia volvió a suceder y esta vez ni siquiera alcanzó para sumar un punto.
Durante demasiado tiempo se ha podido explicar el mal comienzo por los detalles, la falta de acierto o determinados episodios de los partidos. Pero cuando pasan las jornadas y el equipo continúa sin ganar, los accidentes empiezan a parecerse demasiado a una tendencia. El Celta salió de Chipre todavía sin conocer la victoria esta temporada.
Lo más preocupante fue que el Omonia necesitó mucho menos para transmitir peligro. El Celta manejó más balón durante buena parte de la primera mitad, pero fue Radu quien tuvo que aparecer para evitar que los chipriotas se adelantasen. Tener la posesión dejó nuevamente de ser sinónimo de mandar realmente sobre el partido.
Ahí aparece uno de los grandes problemas del conjunto de Giráldez. Al equipo le cuesta acelerar, romper líneas y convertir sus largas posesiones en situaciones claras dentro del área. Sin Iago Aspas y con Borja Iglesias todavía recuperando ritmo, el ataque volvió a quedarse demasiado corto para un equipo que pretende ser protagonista.
Pablo Durán estuvo cerca de cambiar la historia. Marcó en la segunda mitad después de una buena acción colectiva, pero el tanto quedó anulado por el fuera de juego previo de Swedberg. Fue probablemente el momento que mejor resumió la noche: cuando el Celta por fin consiguió encontrar profundidad y finalizar una jugada, el gol tampoco contó.
Giráldez intentó cambiar el encuentro desde el banquillo y terminó modificando también la estructura del equipo. La entrada de Borja Iglesias aportó algo que había faltado durante demasiados minutos: una referencia dentro del área. El delantero dio sentido a algunos ataques y permitió que el Celta jugase más cerca de la portería contraria.
Su regreso fue una de las pocas noticias positivas. Borja todavía necesita minutos, pero su presencia evidenció hasta qué punto el equipo había echado de menos un delantero capaz de fijar centrales y ocupar el área. El Celta mejoró con él sobre el campo, aunque volvió a faltarle el último gesto para convertir esa reacción en un gol.
Y entonces apareció Balkovec. En el minuto 88, cuando el empate parecía inevitable, el lateral soltó un disparo extraordinario que terminó en la portería de Radu. El rumano pudo hacer más después de haber mantenido al equipo vivo durante buena parte del encuentro, pero reducir la derrota a esa acción sería ignorar todo lo sucedido anteriormente.
Porque un equipo que necesita continuamente a su portero para sobrevivir y que genera tan poco pese a disponer del balón siempre queda expuesto a que un detalle lo condene. Esta vez fue un disparo desde fuera del área. Otro día puede ser un córner, una transición o cualquier error puntual. El problema está mucho antes.
La Europa League debía ofrecer al Celta una oportunidad para empezar de nuevo y terminó enseñándole el mismo reflejo que La Liga. Giráldez necesita encontrar pronto una solución porque la pelota ya no basta como argumento. Este equipo necesita convertir su propuesta en ocasiones, goles y victorias. Mientras eso no ocurra, cada partido hará un poco más difícil explicar la crisis únicamente desde la falta de fortuna. @mundiario
