Hay muy pocas cosas capaces de detener un país entero. Muy pocas que consigan que una familia cambie los planes, que un bar se quede sin una mesa libre, que un niño se pinte una bandera en la mejilla o que un desconocido termine abrazándote después de un gol. La selección española lo consigue. Lo hace desde hace décadas y, probablemente, sea uno de los últimos lugares donde millones de personas siguen sintiendo exactamente lo mismo al mismo tiempo.
Hace unos días, Marcos Llorente dejó una reflexión que resume perfectamente esa sensación. Vivimos en una época que parece empeñada en dividirnos. Discutimos por política, por territorio, por ideologías o por cualquier asunto que encuentre espacio en las redes sociales. Sin embargo, basta que ruede un balón y aparezca el escudo de la selección para que millones de personas vuelvan a sentirse parte de algo mucho más grande que ellas mismas.
Durante noventa minutos desaparecen muchas de las barreras que nosotros mismos hemos construido. El vecino con el que apenas cruzas palabra celebra el gol contigo desde el balcón. Familias enteras se reúnen delante del televisor. Amigos que llevan meses sin verse encuentran la excusa perfecta para volver a compartir una mesa. En los bares se abrazan personas que ni siquiera se conocen. Las plazas estallan de alegría. Las banderas vuelven a aparecer en balcones y ventanas. Y, por un instante, da la sensación de que el país entero late exactamente al mismo ritmo.
Quizá ese sea el mayor poder que tiene el deporte. Recordarnos que, antes de cualquier diferencia, compartimos emociones. Que seguimos teniendo la capacidad de ilusionarnos al mismo tiempo, de sufrir juntos un penalti o de contener la respiración cuando el balón se acerca al área. Hay muy pocas cosas capaces de sincronizar el corazón de un país entero. La selección española sigue siendo una de ellas.
Quizá por eso los Mundiales dejan recuerdos que van mucho más allá del fútbol. No recordamos únicamente un resultado. Recordamos con quién estábamos, quién nos abrazó después de un gol, quién nos llamó por teléfono nada más terminar el partido o quién ya no está para celebrar el siguiente. Cada generación tiene una noche de verano asociada a la selección. Un salón lleno de gente. Una plaza abarrotada. Un bar donde todos acabaron cantando juntos. La Roja no solo construye victorias. También construye memoria.
Resulta curioso que necesitemos un balón para descubrir quiénes somos realmente. Porque cuando España juega bien, cuando compite, cuando emociona, aflora una versión del país que muchas veces permanece escondida entre el ruido cotidiano. Una versión más cercana, más generosa y más orgullosa de lo que solemos reconocer. Durante unas horas dejamos de preguntarnos qué nos separa para recordar todo aquello que siempre nos ha unido.
No es casualidad que los niños quieran ser Lamine Yamal, Pedri u Oyarzabal cuando salen a jugar al parque. Tampoco que los mayores sigan recordando perfectamente dónde estaban el día del gol de Iniesta en Johannesburgo. El fútbol tiene esa capacidad casi única de unir generaciones. Padres, hijos y abuelos pueden emocionarse exactamente por lo mismo, aunque pertenezcan a épocas completamente distintas. Muy pocas cosas consiguen eso en el mundo de hoy.
La Roja logra algo que casi nadie más consigue: hacer que millones de españoles olviden durante un rato todo aquello que les separa para recordar únicamente aquello que los une. Y quizá ese sea el verdadero valor de una selección nacional. No solo competir por un título, sino recordarnos que seguimos siendo capaces de caminar en la misma dirección cuando encontramos un motivo común.
Porque, al final, el mayor triunfo nunca será levantar una copa. El mayor triunfo es comprobar que todavía existe algo capaz de hacer que un país entero sonría al mismo tiempo. Que un gol siga provocando abrazos entre desconocidos. Que una camiseta consiga borrar durante unas horas el ruido que nos rodea.
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Quizá ese sea el verdadero legado de la selección. No las estrellas bordadas sobre el escudo ni los títulos que figuran en las vitrinas de la Federación. Su mayor victoria es conseguir que, durante noventa minutos, dejemos de mirarnos como personas que piensan diferente para volver a mirarnos simplemente como españoles. En una época en la que casi todo parece invitarnos a discutir, La Roja sigue demostrando que todavía existen motivos para caminar juntos. Y eso vale mucho más que cualquier trofeo.
Y entonces siempre aparece alguien para decir que «solo es fútbol». Quizá tenga razón (o probablemente no) si lo único que ve es un balón rodando sobre el césped. Pero cuando un deporte consigue que millones de personas olviden durante noventa minutos todo aquello que las separa; cuando hace que padres e hijos celebren el mismo gol, que vecinos que nunca se hablan acaben abrazándose y que un país entero vuelva a reconocerse en el mismo escudo, ya no estamos hablando solo de fútbol. Estamos hablando de identidad. De memoria. De pertenencia. De ese extraño y maravilloso sentimiento de saber que, durante un instante, todos remamos en la misma dirección. Eso no se puede medir con un marcador. Eso explica por qué, en realidad, nunca fue solo fútbol. @mundiario
