Los enviados de la Casa Blanca, Steve Witkoff y Jared Kushner, han aterrizado en Doha en un intento por reflotar el acuerdo marco del 17 de junio tras el reciente intercambio de bombardeos entre Washington y Teherán. Sin embargo, la puesta en escena diplomática ya cojea: Qatar ha descartado cualquier reunión presencial de alto nivel, rebajando los contactos a una ronda de conversaciones técnicas e indirectas a través de mediadores.
Lo que inicialmente parecía el siguiente paso natural tras la firma del memorando de entendimiento ha terminado convirtiéndose en un complejo ejercicio de equilibrios diplomáticos, declaraciones contradictorias y mensajes cuidadosamente medidos por todas las partes implicadas. El resultado es un escenario donde el proceso negociador sigue abierto, pero donde las sombras sobre su evolución resultan tan visibles como las oportunidades que todavía ofrece.
La elección de Qatar como sede de los contactos no constituye una novedad. Desde hace años, Doha ha consolidado una posición singular como intermediario entre actores enfrentados en Oriente Próximo, convirtiéndose en un canal de comunicación cuando los contactos directos resultan políticamente imposibles.
En esta ocasión, el Gobierno qatarí ha querido rebajar desde el primer momento las expectativas generadas por el anuncio realizado previamente por Donald Trump, quien había asegurado que representantes estadounidenses e iraníes se reunirían en Doha. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, fue tajante al explicar la naturaleza del viaje de los representantes estadounidenses: “No están aquí para negociar con los iraníes”.
Según explicó, Witkoff y Kushner mantienen reuniones con los mediadores qataríes para analizar el estado general de las conversaciones regionales, incluyendo tanto las negociaciones con Irán como otros escenarios abiertos, entre ellos el alto el fuego en el Líbano. La precisión no es menor. En diplomacia, especialmente cuando se trata de la relación entre Washington y Teherán, la diferencia entre reunirse directamente y mantener conversaciones a través de intermediarios posee una enorme carga política.
Las contradicciones evidencian la fragilidad del proceso
Uno de los elementos que más ha llamado la atención en esta nueva fase negociadora ha sido la evidente disparidad entre los mensajes lanzados desde Washington y los emitidos tanto por Doha como por Teherán.
El presidente Donald Trump afirmó públicamente que Irán había solicitado una reunión y que ésta tendría lugar en Doha. Posteriormente matizó sus propias palabras: “La reunión será importante, quizás no. Ya lo veremos”. Sin embargo, desde el Ministerio de Exteriores iraní la respuesta fue inmediata.
El portavoz Esmaeil Baghaei negó cualquier encuentro previsto con representantes estadounidenses: “No se ha programado ninguna reunión a ningún nivel con la parte estadounidense para los próximos días”. Irán insiste en que la delegación desplazada a Qatar mantendrá exclusivamente consultas con las autoridades cataríes para abordar la aplicación del memorando de entendimiento ya firmado, especialmente en cuestiones como la liberación de activos iraníes bloqueados y el alivio parcial de determinadas sanciones.
El documento firmado el pasado 17 de junio no representa todavía un tratado definitivo. Se trata de una hoja de ruta compuesta por catorce puntos que establece un plazo de sesenta días para negociar un acuerdo permanente que permita cerrar el conflicto iniciado tras los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y resolver algunos de los asuntos más complejos de la agenda bilateral.
Entre ellos destacan el futuro del programa nuclear iraní, el régimen de sanciones económicas, la liberación de activos financieros congelados, la seguridad marítima en el golfo Pérsico y el mecanismo de verificación de los compromisos asumidos; precisamente, la ausencia de avances visibles en varios de estos capítulos explica que el ambiente diplomático permanezca dominado por la cautela.
El estrecho de Ormuz continúa siendo uno de los principales focos de tensión
Aunque buena parte del debate público se concentra en el programa nuclear, uno de los aspectos más delicados de las conversaciones gira actualmente alrededor del estrecho de Ormuz. Durante el conflicto reciente, esta vía marítima —por donde tradicionalmente transitaba aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado— quedó prácticamente paralizada.
Tras el alto el fuego, Irán ha anunciado su intención de ejercer un mayor control sobre la navegación junto con Omán e incluso ha planteado mecanismos para cobrar tasas a determinados buques. Majed al Ansari explicó que la prioridad qatarí pasa por garantizar la libertad de navegación, coordinarse con Omán y avanzar en la eliminación de minas y otros riesgos para el tráfico marítimo.
La cuestión resulta especialmente sensible porque cualquier alteración del flujo energético internacional tiene consecuencias inmediatas sobre los mercados globales. Paradójicamente, mientras persisten las dudas diplomáticas, los mercados energéticos han reaccionado con cierto optimismo desde el cese parcial de las hostilidades.
La moderación del precio del petróleo refleja que los inversores descuentan una reducción del riesgo inmediato de interrupciones en el suministro. No obstante, los organismos internacionales advierten de que numerosos países siguen expuestos a las consecuencias indirectas del conflicto, especialmente por el aumento de los costes del transporte, los fertilizantes, los alimentos y la energía.
En este contexto, la liberación de los aproximadamente 6.000 millones de dólares en activos iraníes congelados aparece como una de las apuestas económicas más relevantes. Qatar ha dejado claro que esos fondos únicamente serán transferidos si existe un acuerdo entre Washington y Teherán sobre las condiciones de su utilización.
En este contexto, los mediadores qataríes sostienen que las conversaciones especializadas nunca se han interrumpido completamente, aunque se desarrollen de forma indirecta. Este modelo ya fue utilizado en anteriores negociaciones entre ambos países y permite mantener abiertos los canales de comunicación incluso cuando el contexto político dificulta un encuentro directo. Sin embargo, la confianza sigue siendo extremadamente limitada.
Los recientes intercambios de ataques, las acusaciones mutuas de incumplimiento del memorando y la permanente disputa sobre el programa nuclear hacen que cualquier incidente pueda volver a paralizar el proceso. @mundiario
