Los Angeles Lakers dejaron escapar su primera oportunidad para cerrar la eliminatoria tras caer con claridad ante los Houston Rockets (115-96) en una noche que evidenció todas sus grietas. Con el 3-0 a favor, el equipo angelino se relajó en exceso y pagó caro un rendimiento muy por debajo de lo esperado.
El gran símbolo del naufragio fue LeBron James. El veterano firmó uno de los peores partidos de su carrera en playoffs, con apenas 10 puntos, ocho pérdidas y una sensación constante de desconexión. Muy lejos del líder dominante de encuentros anteriores, su versión gris arrastró al equipo a un bloqueo ofensivo total.
Los números explican el desastre: un pobre 5 de 22 en triples, 24 pérdidas convertidas en 30 puntos para Houston y una falta de intensidad impropia de un aspirante. Sin Luka Doncic ni Austin Reaves, el equipo quedó sin creatividad ni control en los momentos clave.
Houston, en cambio, jugó con urgencia y orgullo. Sin Kevin Durant, encontró en el colectivo su mayor virtud. Amen Thompson, Alperen Sengun y Tari Eason lideraron un ataque equilibrado que desbordó a unos Lakers sin respuesta defensiva ni energía competitiva.
El partido se rompió en el tercer cuarto, cuando los Rockets impusieron un parcial demoledor que dejó el choque sentenciado. Desde ahí, todo fue un ejercicio de supervivencia para los locales y de resignación para los visitantes, que incluso bajaron los brazos en el tramo final.
La serie regresa ahora a Los Ángeles con un 3-1 que sigue favoreciendo a los Lakers, pero que deja una advertencia clara. Si quieren evitar complicaciones, necesitarán recuperar su identidad, la salud de sus piezas clave… y, sobre todo, la mejor versión de LeBron. @mundiario
