Aquel 11 de septiembre, 19 miembros de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos impactaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que los pasajeros intentaran recuperar el control. Murieron 2.977 personas de más de 90 países.
Más allá de la tragedia humana, el impacto psicológico fue extraordinario. Estados Unidos, convertido tras la Guerra Fría en la gran potencia dominante, descubrió que su territorio no era inexpugnable. La imagen de las torres desplomándose ante las cámaras no fue únicamente la de un atentado: simbolizó el final de una determinada idea de seguridad occidental.
Y ahí comenzó una transformación mucho más profunda. Los aeropuertos cambiaron, la inteligencia adquirió un peso inédito y la lucha contra el terrorismo pasó a ocupar el centro de la agenda internacional.
La respuesta que acabó redefiniendo una generación
Washington respondió con una estrategia que pronto superó la persecución de Al Qaeda. La invasión de Afganistán dio paso a casi dos décadas de presencia militar estadounidense, mientras que la posterior guerra de Irak abrió otro capítulo todavía más controvertido.
Con el tiempo, la distancia entre los objetivos anunciados y los resultados obtenidos se hizo evidente. La caída del régimen talibán no impidió su regreso al poder en 2021, mientras que Irak quedó marcado por años de violencia e inestabilidad.
El 11-S también dejó una pregunta incómoda: hasta dónde puede llegar un Estado cuando considera que su seguridad está en juego. Guantánamo, las denuncias de torturas y las operaciones antiterroristas alimentaron durante años el debate sobre los límites entre seguridad, derechos humanos y derecho internacional.
El atentado terminó, pero sus consecuencias no
Quizá la dimensión menos visible del 11-S sea precisamente la que continúa creciendo. El polvo, el humo y los escombros de la Zona Cero dejaron una herencia sanitaria que todavía afecta a miles de personas. El programa federal de salud creado para supervivientes y equipos de emergencia atiende actualmente a más de 125.000 personas, mientras las investigaciones siguen documentando enfermedades vinculadas a aquella exposición.
Incluso el juicio contra Khalid Sheikh Mohammed, señalado como uno de los principales responsables intelectuales de la conspiración, continúa pendiente un cuarto de siglo después. Su juicio está previsto para junio de 2028.
Ese retraso resume, en cierta medida, la complejidad del legado del 11-S: hay heridas que no se cierran cuando desaparece el humo. Algunas permanecen en los tribunales, otras en los hospitales y muchas más en la memoria colectiva.
Veinticinco años después, recordar el 11-S no debería limitarse a repetir las imágenes de las Torres Gemelas. También significa preguntarse qué decisiones provocó aquel ataque, qué consecuencias tuvieron y cuánto de aquel mundo posterior a 2001 continúa definiendo el presente. @mundiario

