«No es lo mismo quién gobierne en Alemania», repitió por su parte Merkel en el mismo acto en Múnich, tratando de deshacer el virtual empate y arropando al candidato Laschet, junto al presidente de Baviera, Markus Söder, en un esfuerzo de unidad creíble solamente en su vertiente desesperada. La CDU y la CSU, las familias conservadoras que se disputan desde Berlín la influencia en el partido, ni siquiera han estado de acuerdo en la estrategia para el cierre de campaña. Laschet se decantó finalmente por un fin de fiesta en Baviera, donde creía poder escenificar con mayor pompa esa unidad macilenta. Pero en la Casa Konrad Adenauer varios asesores lamentaban a esa misma hora que Merkel, la figura de más peso de la campaña aunque no se presente a las elecciones, no pasase el día de ayer recorriendo los Bundesländer orientales. «Están dejando de lado esa parte del país. La foto que se han hecho los tres en Múnich es la de la vieja República de Bonn y debido a ese error suceden cosas como el reciente resultado regional en Sajonia-Anhalt, donde la extrema derecha (Alternativa para Alemania AfD) ganó más del 20% por segunda vez», coincidía Wolfgang Schroeder, del Centro de Investigación en Ciencias Sociales de Berlín (WZB).
Söder, que durante la campaña ha lanzado reiteradas andanadas de fuego amigo sobre Laschet, también apuntó a los excomunistas y al voto de la ex RDA. En un discurso que se prestaba a varias lecturas, recordó que «un gobierno de socialdemócratas y verdes ya lo vivimos con Gerhard Schröder y el experimento nos dejó cinco millones de parados y una deuda fuera de control». Con estas palabras establecía sutilmente una referencia a las elecciones de 2002, muy presente por otra parte en la mente de todos los socialcristianos bávaros, puesto que fue en aquellos comicios en los que su candidato, Edmund Stoiber perdió contra Schröder. El episodio guarda paralelismos con la actual campaña porque los conservadores también parecían gozar entonces de una ventaja demoscópica que, como ahora, perdieron a raíz de unas inundaciones. Schröder se puso unas botas de goma, se remangó las mangas de la camisa y se fue a repartir ayudas a los damnificados ante las cámaras, como ha hecho Scholz este verano, logrando un vuelco en la intención de voto.
Scholz, por cierto, despidió su campaña escoltado por la presidenta del SPD, Saskia Esken, en Colonia, donde se concentró en rebatir los que considera puntos fuertes de la campaña conservadora, como las bajadas de impuestos. «Cualquiera que en esta situación sugiera que la gente que gana tanto como yo, como un ministro federal, necesita urgentemente un recorte de impuestos, no entiende nada de finanzas», dijo, refiriéndose a la deuda acumulada en la pandemia, «es posible volver a reducir la deuda en diez años, pero los recortes fiscales por valor de 30.000 millones de euros están totalmente obsoletos». Scholz dedicó el foco de su discurso a la política social. Prometió garantizar el nivel de las pensiones, más salario para profesiones sociales como enfermeras geriátricas y una moratoria en los precios de los alquileres hasta que se construyan 400.000 viviendas más.
Con Greta Thunberg en las calles de Berlín y la juventud alemana movilizada en manifestaciones por la protección del clima, Scholz no dio una fecha concreta para el abandono del carbón y se limitó a apostar por más electricidad verde y a subrayar que tiene mejores posibilidades de formar coalición de gobierno con los ecologistas. «Puede que no quede claro el domingo quién será el próximo canciller«, reconoció, «te conviertes en canciller en Alemania si consigues la mayoría en el Bundestag alemán para tu política». El jefe de los liberales del FDP, Christian Lindner, declaró ayer al respecto que una ‘coalición Jamaica’ con conservadores y verdes, sería más fácil de lograr que una ‘coalición semáforo’ con el SPD. «Prefiero Jamaica si puedo», dijo, adelantando el gran papel que jugarán los partidos pequeños en la negociación de formación del próximo gobierno. «Las opciones de una coalición Jamaica son ahora mucho mejores que en 2017», reiteró el ofrecimiento el secretario general del FDP, Volker Wissing. En 2017 se levantaron de la mesa de negociación de Merkel, pero con Laschet y con el actual equilibrio de poder interno en la CDU confían en llegar a un acuerdo.

