Al otro lado de la plaza, un camión repleto de arena comienza una maniobra para descargar. Vadim dirige la maniobra. Es un voluntario que se ha unido a las unidades civiles de defensa territorial. Está a cargo de la coordinación de todos los preparativos de defensa operativa en este sector de la ciudad. «¡Despacio, despacio!», grita mientras que ordena a un grupo de hombres que se suban al camión para comenzar la descarga de arena. «Nunca pensé que me vería en una situación así, es una locura. Sin embargo, no nos queda otra alternativa más que defendernos, nadie vendrá a hacerlo por nosotros».
«He decidido abrir hoy mi negocio porque quiero brindar algo de luz y esperanza a la gente. Me niego a pensar que esta guerra continúe»
Un nutrido grupo de civiles con palas trabajan sin descanso llenando sacos de arena. Todos tienen un mismo objetivo: defenderse para sobrevivir. Una nueva orden de Vadim hace que todos los hombres dejen las palas y acudan de inmediato a descargar tres nuevos camiones que llegan a la plaza del ayuntamiento repletos de defensas antitanque. Vladim los organiza en grupos de cinco y sin ningún tipo de ayuda descargan a pulso las pesadas piezas de metal que harán de parapetos frente a un posible avance de tanques rusos por el centro de la ciudad.
Al otro lado de la ciudad, en el mercado no se ve ningún alma. Prácticamente todos los comercios permanecen cerrados. Sola y en el único puesto que está abierto en este sector del mercado encontramos a Tamara Kovalchuk. Tiene 53 años, vende flores y no ha querido dejar de abrir hoy su pequeño negocio. «He decidido abrir hoy mi negocio porque quiero brindar algo de luz y esperanza a la gente. Yo me niego a pensar que esta guerra continúe. Estoy segura que llegarán a un acuerdo y volveremos pronto a nuestra vida de siempre».
Su optimismo sin embargo choca con el ambiente de tensión que ya reina en la ciudad. Todo el mundo es sospechoso de poder ser colaborador o saboteador ruso. La Policía controla la seguridad de la ciudad y cuenta con el apoyo de voluntarios civiles del batallón territorial. Las sirenas de coches de policía levanta la alarma de los transeúntes que pasean por el parque de la calle Kaatedralna.
Un hombre que que supuestamente está haciendo marcas con un spray levanta las sospechas de los vecinos y deciden avisar a la Policía. Ésta rodea de inmediato al sospechoso y lo detiene. El ambiente es tenso. En los alrededores del parque las fuerzas de seguridad dan el alto a todos los transeúntes y les exige que se identifiquen con sus documentos oficiales. La escena dura unos veinte minutos durante los cuales curiosos desde las ventanas de los edificios contiguos inmortalizan el momento con sus teléfonos móviles.
«Nunca pensé que me vería defendiendo a mi país de Rusia. Siempre han sido para nosotros como hermanos»
No muy lejos del parque de calle Kaatedralna, en una avenida principal del centro administrativo,una columna de hombres y mujeres se afana por terminar de levantar una barricada. Entre ellos se encuentra Volodymir, un empresario ucraniano de Zhytomer que ha decidido quedarse para defender su ciudad. « Yo nunca pensé que me vería defendiendo mi país de Rusia. Los rusos siempre han sido para nosotros como hermanos», nos dice. Junto a él un joven llamado Olek que hasta el comienzo de la guerra se dedicaba a jugar al fútbol en un equipo de una liga regional nos cuenta que la guerra le pilló visitando a unos amigos y que ahora ha decidido quedarse para defender la ciudad.
De madrugada en un refugio improvisado en uno de los hoteles de Zhytomer se refugia Olixiy Yefimovy junto a su mujer Olena, su hija Nikita y su suegra Katreyna. Han huido de Kiev. «Yo vivo en el barrio de Bucha. Ayer comencé a escuchar disparos y decidimos huir de la ciudad. No sé qué vamos hacer, ya no se si existe un lugar seguro en Ucrania».

