La política húngara vivió este sábado una escena impensable hasta hace apenas unos meses: Viktor Orbán, el hombre que dominó Hungría durante 16 años y redefinió el país bajo un modelo nacionalista e iliberal, ya no ocupa el centro del poder. En su lugar emerge Péter Magyar, líder del partido Tisza, convertido en nuevo primer ministro tras una victoria aplastante que muchos ciudadanos interpretan como el inicio de una reconstrucción política e institucional.
La investidura de Magyar estuvo cargada de símbolos cuidadosamente elegidos. La bandera de la Unión Europea volvió al Parlamento húngaro después de haber sido retirada por el entorno de Orbán en 2014, sonó el himno europeo “Oda a la Alegría” y Budapest se llenó de manifestaciones festivas que reflejaban algo más profundo que un simple relevo de Gobierno: la sensación de cierre de una época.
“Estoy aquí porque millones de húngaros decidieron que querían un cambio”, afirmó Magyar durante su discurso de investidura. Pero el nuevo mandatario fue más allá del tono conciliador habitual de los traspasos de poder. “El pueblo húngaro nos ha dado el mandato de poner fin a décadas de deriva”, declaró, insistiendo en que el país necesita “no solo cambiar el Gobierno, sino también el sistema”.
La caída de Orbán tiene una dimensión histórica dentro de Europa central. Desde 2010, el dirigente ultranacionalista había construido una estructura de poder que transformó profundamente las instituciones húngaras: reforzó el control gubernamental sobre los medios públicos, impulsó reformas judiciales criticadas por Bruselas y consolidó una red política y empresarial cercana a Fidesz, su partido.
Durante años, Orbán se presentó como el principal referente del soberanismo europeo y mantuvo una relación especialmente cercana tanto con Donald Trump como con Vladímir Putin. Su discurso contra Bruselas, la inmigración y el liberalismo occidental le permitió sostener una hegemonía política inédita en Hungría desde la caída del comunismo.
Sin embargo, el desgaste económico, el deterioro de los servicios públicos y las acusaciones de corrupción terminaron erosionando ese dominio. Magyar aprovechó precisamente ese malestar social para construir una candidatura transversal que atrajo desde votantes conservadores decepcionados hasta sectores urbanos y europeístas cansados del aislamiento político del país.
El nuevo primer ministro describió el escenario heredado como un “país devastado”, denunciando pobreza, deterioro sanitario, déficit presupuestario y corrupción estructural. “El Estado contribuyó a enriquecer a una reducida élite política y económica en lugar de a sus ciudadanos”, sostuvo.
Un Gobierno que promete reconciliación y ajustes de cuentas
La paradoja política de Magyar es que proviene del propio universo orbanista. Antiguo integrante del círculo de poder cercano a Fidesz, conoce desde dentro los mecanismos institucionales construidos por Orbán durante más de una década. Esa experiencia le permite hoy presentarse como un reformista conservador dispuesto a desmontar parte del sistema que ayudó a sostener.
Su discurso inaugural dejó clara una doble estrategia: reconciliación nacional y, al mismo tiempo, revisión de responsabilidades políticas y económicas. “Los colaboradores de Orban y la élite tienen un largo camino por recorrer hasta que rindan cuentas por sus actos”, aseguró.
Entre las primeras medidas anunciadas figura la creación de la Oficina Nacional de Recuperación y Protección de Activos, destinada a investigar el uso de recursos públicos durante los años de Fidesz. También prometió que Hungría se incorporará a la Fiscalía Europea, una decisión especialmente simbólica porque Orbán mantuvo al país fuera de ese organismo pese a las reiteradas advertencias de Bruselas sobre corrupción y el uso indebido de fondos europeos.
Magyar incluso pidió públicamente la dimisión del presidente Tamás Sulyok y de otros altos cargos vinculados al antiguo Ejecutivo antes de finalizar mayo. “Señor presidente, es hora de que se vaya con la cabeza bien alta, mientras aún pueda”, declaró ante el Parlamento.
El regreso político hacia Europa
Uno de los ejes centrales del nuevo Gobierno será recomponer las relaciones con la Unión Europea. Durante los últimos años, Bruselas congeló miles de millones de euros destinados a Hungría debido a las preocupaciones sobre el Estado de derecho, la independencia judicial y la transparencia institucional.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, felicitó rápidamente a Magyar y celebró “la esperanza y la promesa de renovación en estos tiempos difíciles”. El nuevo Ejecutivo busca desbloquear cerca de 17.000 millones de euros retenidos por Bruselas, una cantidad considerada clave para una economía húngara que enfrenta estancamiento, inflación y deterioro de infraestructuras públicas.
La recuperación de esos fondos dependerá de reformas aceleradas en justicia, medios de comunicación y mecanismos anticorrupción. Ahí aparece uno de los primeros desafíos del nuevo Gobierno: transformar estructuras profundamente arraigadas sin generar una crisis institucional mayor.
Sin embargo, el clima de euforia convive con expectativas extremadamente altas. Hungría arrastra problemas económicos complejos, un sistema sanitario debilitado y una fuerte polarización política acumulada durante años. El nuevo Ejecutivo enfrenta una contradicción importante: aunque Magyar promete acercarse a la Unión Europea, mantiene posiciones duras sobre inmigración y cuestiones identitarias, lo que podría generar futuros choques con Bruselas.
La salida de Orbán no implica automáticamente el desmantelamiento completo del sistema construido durante 16 años. Muchos sectores estratégicos —medios de comunicación, judicatura, estructuras administrativas y grandes grupos empresariales— continúan vinculados al antiguo oficialismo.
Magyar lo sabe y por eso insiste en que el cambio debe ser estructural. “No gobernaré, serviré a mi país”, afirmó, intentando diferenciarse de la imagen de hiperpersonalización del poder asociada a Orbán. @mundiario
