Mallorca, Girona y Oviedo: el vértigo de una Liga donde nadie regala nada

La última jornada de LaLiga volvió a demostrar que el fútbol español ha convertido la supervivencia en un ejercicio de resistencia emocional. Durante noventa minutos, la clasificación se transformó varias veces, los estadios vivieron pendientes de los teléfonos móviles y las radios, y media España futbolística osciló entre la euforia y el abismo. Pero cuando el ruido terminó y la tabla quedó congelada, la sentencia fue definitiva: el Girona, el Mallorca y el Oviedo estarán la próxima temporada en Segunda División.

Tres descensos que, aunque compartan desenlace, cuentan historias muy diferentes. El Girona cae apenas un año después de haber sido presentado como uno de los proyectos más estimulantes del campeonato. El Mallorca desciende pese a disponer de uno de los delanteros más determinantes de la Liga, Vedat Muriqi. Y el Oviedo, recién regresado a la élite, paga la crudeza de una categoría que castiga cualquier debilidad estructural.

La sensación que deja esta jornada final es la de una competición extraordinariamente comprimida, donde las diferencias económicas siguen existiendo, pero donde la tensión competitiva ha terminado arrastrando a clubes que parecían tener margen suficiente para salvarse hace apenas unas semanas. El empate del Girona ante el Elche fue casi una metáfora cruel de la temporada catalana: dominio irregular, momentos de brillantez insuficientes y una incapacidad persistente para cerrar partidos decisivos. El conjunto ilicitano, en cambio, celebró el empate como una victoria histórica. Las lágrimas en Montilivi fueron opuestas: unos descendían, otros sobrevivían.

El Girona regresa a Segunda apenas un año después de rozar Europa. El Mallorca de Muriqi tampoco evitó un desenlace dramático pese a su reacción final

El caso del Mallorca tiene incluso un punto más desconcertante. El equipo balear goleó a un Oviedo descendido en Son Moix y cumplió con su parte del trabajo. Muriqi volvió a exhibir esa mezcla de potencia y liderazgo que le ha convertido en uno de los delanteros más fiables del campeonato, rozando incluso el pulso goleador con Kylian Mbappé por el Pichichi. Pero ni siquiera eso bastó. El descenso mallorquinista refleja hasta qué punto una temporada no se sostiene únicamente con individualidades. La irregularidad defensiva, los altibajos lejos de casa y la presión acumulada terminaron siendo demasiado peso.

En Oviedo, mientras tanto, la tristeza tiene otra textura. El regreso a Primera había sido celebrado casi como una reparación histórica para uno de los clubes más emocionales del fútbol español. Pero la permanencia exigía una estabilidad competitiva que el equipo asturiano no terminó de encontrar. La derrota en Mallorca certificó un desenlace cantado. El Real Oviedo vuelve a Segunda, aunque deja también la sensación de haber recuperado algo más importante que la categoría: una conexión popular y una identidad que parecían dormidas.

Mientras unos caían, otros respiraban. El Levante sufrió hasta el final pese a perder frente al Betis. Osasuna también salvó la categoría en una jornada agónica. Y el Elche firmó probablemente uno de los empates más valiosos de su historia reciente. La lucha por la permanencia volvió a demostrar que el miedo pesa tanto como la calidad.

La parte alta de la clasificación también dejó imágenes significativas. El Celta confirmó su regreso a la UEFA Europa League tras vencer al Sevilla, consolidando un proyecto que parecía condenado a la inestabilidad hace apenas unos meses. Y el Getafe protagonizó una de las historias más sorprendentes del curso: siete años después, volverá a Europa. Lo hará, además, con la sensación de haber recuperado una identidad competitiva reconocible, basada en el orden y la eficacia.

El Valencia, por su parte, simbolizó otra de las contradicciones del campeonato. Ganó al Barcelona en Mestalla y cerró la temporada en clara línea ascendente, pero reaccionó demasiado tarde para alcanzar posiciones europeas. Algo parecido le ocurre al Rayo Vallecano, que aún mantiene abiertas algunas opciones continentales dependiendo de la final de la Conference League.

Quizá la conclusión más interesante de esta última jornada sea que LaLiga vive instalada en una paradoja permanente. Nunca hubo tanta diferencia económica entre algunos clubes y, sin embargo, nunca pareció tan estrecha la frontera deportiva entre sobrevivir y caer. Un empate, un gol en otro estadio o una racha de tres semanas pueden alterar completamente el destino de un proyecto.

Girona, Mallorca y Oviedo descubren ahora la cara más amarga de esa realidad. Pero también saben que el fútbol español, precisamente por esa igualdad angustiosa, permite regresar casi tan rápido como se cae. De entrada, el Racing de Santander ya está de vuelta a Primera y el Deportivo de La Coruña, si gana en Valladolid, seguirá sus pasos. @mundiario