El fútbol de selecciones asiste de forma simultánea a dos desenlaces que no podrían ser más opuestos en su naturaleza y elegancia. Mientras en Portugal el ocaso de Cristiano Ronaldo amenaza con culminar en un divorcio amargo —marcado por tensiones, ausencias y un ciclo que se resiste a cerrar sus persianas sin ruido—, Argentina parece haber encontrado el antídoto perfecto contra el vértigo del vacío. En el horizonte albiceleste no hay fracturas ni nostalgias paralizantes, sino una transición dulce, planificada y ejecutada con la naturalidad de quien confía ciegamente en su propia escuela.
La despedida de Lionel Messi sobre el césped asoma como un tributo inevitable y merecido, pero Lionel Scaloni ya puso en marcha la maquinaria del futuro. En la noche cordobesa, la previa del duelo frente a Bolivia concentraba todas las miradas sobre una camiseta y un dorsal: Nico Paz. El volante del Como 1907 asumió la titularidad con la madurez de los predestinados, demostrando que portar el estandarte creativo de los campeones del mundo no le pesa en los hombros, sino que potencia su desparpajo.
El desarrollo del encuentro no admitió discusión alguna desde el pitido inicial. Argentina funcionó como un bloque demoledor que ahogó la salida boliviana con una presión adelantada y voraz, reduciendo a la visita a un papel puramente testimonial. Bastaron apenas 18 minutos para que Lautaro Martínez abriera la cuenta con un derechazo seco y rasante que dejó sin respuesta a Viscarra, sentando las bases de una velada festiva en el Mario Alberto Kempes.
Con el marcador inaugurado, el recital individual de Nico Paz cobró dimensiones de consagración. Lejos de esconderse entre líneas o limitarse a toques de descarga, el hispano-argentino monopolizó la frontal del área con criterio quirúrgico. Sobre el minuto 28, leyó a la perfección un pase entrecortado de Exequiel Palacios, tiró un desmarque limpio al espacio y definió con una sutileza exquisita para el 2-0, encendiendo a la grada con la certeza de quien ve nacer a un nuevo referente generacional.
A la vuelta del descanso, el guion mantuvo su cauce aunque el ritmo bajó un escalón por la propia comodidad del resultado. Nico Paz volvió a frotar la lámpara desde la pelota parada en el minuto 53: un centro envenenado con música al corazón del área que encontró la testa de Cristian Romero para cruzar el remate y firmar el tercero. Trabajo impecable, exhibición despachada y camino libre a las rotaciones para que el público despidiera al joven talento con una ovación cerrada.
El arte de soltar amarras y abrazar el futuro
La gestión de los tiempos en la Albiceleste contrasta de manera descarnada con lo que se vive en suelo luso. Donde la Seleção das Quinas lidia con la sombra omnipresente de un Cristiano que abandona concentraciones en medio de reproches velados, la Argentina de Scaloni ha sabido tejer un ecosistema donde ningún mito hipoteca el desarrollo colectivo. La figura de Messi se venera como un templo, pero nadie en el vestuario parece rehén de su ausencia, permitiendo que la savia nueva irrumpa sin complejos.
Tras el carrusel de modificaciones en el minuto 55 —con la salida simultánea de Paz, Romero y un Prestianni más opaco—, el choque perdió algo de filo y verticalidad, pero no el mando absoluto del juego. Franco Mastantuono y Valentín Barco sumaron frescura, mientras Julián Alvarez perseguía el gol con su habitual entrega incansable, estrellándose una y otra vez contra la resistencia replegada de la zaga del altiplano.
La insistencia colectiva, sin embargo, encontró su recompensa en el tramo final. La entrada de José Manuel López refrescó el área y el Flaco no tardó en sellar el 4-0 definitivo en el minuto 85, ratificando la profundidad de plantilla y el hambre insaciable de un grupo que compite con la misma seriedad sin importar los nombres que figuren en la planilla de juego.
El contraste geoestratégico del fútbol es inapelable: mientras Cristiano y Portugal escenifican un epílogo áspero, atrapados en la trampa de no saber cuándo soltar las riendas, Argentina abraza la continuidad desde la serenidad de sus nuevos líderes. Nico Paz no busca imitar a Messi, porque los genios irrepetibles no admiten calcos, pero sí ofrece la zurda clarividente, la pausa y el veneno necesarios para que el trono albiceleste jamás quede desamparado.
El fútbol son momentos, pero sobre todo es relevo. Córdoba no solo presenció un contundente 4-0 ante Bolivia; presenció el acta de nacimiento de la era post-Messi sin traumas ni lamentos. Con Nico Paz como director de orquesta y una generación hambrienta que empuja desde abajo, la Albiceleste mira al horizonte con la tranquilidad de quien sabe que el futuro no da miedo cuando se tiene tanto talento esperando en la recámara. @mundiario
