Álvaro Morata vive otra de esas noches que pesan más que un mal partido, porque dejan huella en el vestuario y en el relato. Entró desde el banquillo ante la Fiorentina cuando el Como rozaba el empate, pero su aparición terminó siendo un cortocircuito: expulsado en menos de un minuto por protestas reiteradas, con la sensación de que el partido se le escapó por la cabeza.
Las consecuencias no fueron menores, y en Italia esas cosas se pagan doble. El Como perdió la sexta plaza que da acceso a Europa, un golpe directo a un proyecto joven que necesita puntos y calma. Y, como guinda amarga, Morata no podrá jugar este miércoles ante el Milan, club al que todavía pertenece, en un duelo con morbo y carga emocional.
En un equipo tan verde, el delantero debía ser faro, no incendio. Por eso Fábregas fue tan contundente como honesto: la provocación forma parte del fútbol, y quien no sepa convivir con ella debería dedicarse a otra cosa. No era una frase para titulares, era una advertencia interna: el entrenador necesita un líder que aguante el ruido, no que lo amplifique.
Horas después, Morata decidió hablar y lo hizo con un mensaje que, sin pedir perdón explícito, sí retrata una derrota íntima. “Otra vez me he equivocado”, escribió, dejando una frase que golpea como un espejo: “Opinar parece más importante que pensar”. No es solo autocrítica, es la confesión de alguien que sabe que su peor rival sigue siendo ese impulso que le empuja a discutir con el mundo.
Lo cruel es que el momento parecía el idóneo para renacer. Venía de marcar su primer gol del curso ante la Fiorentina en Coppa Italia, tras una lesión que le tuvo casi cien días fuera, y había verbalizado el alivio como quien vuelve a respirar. Pero el fútbol no perdona los descuidos mentales: ahora Morata tendrá que reconstruir credibilidad, y el Como aprenderá que Europa se juega también en la templanza. @mundiario
