Moratoria nuclear y apertura de Ormuz: EE UU e Irán acercan posturas para pactar un acuerdo

Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán han entrado en una fase que, según múltiples fuentes diplomáticas, no tiene precedentes desde el inicio del conflicto. Ambas partes están “cerca” de firmar un memorando de entendimiento que serviría como antesala para un acuerdo más amplio, con un elemento central: una moratoria sobre el programa nuclear iraní y un periodo de 30 días para cerrar los aspectos más sensibles.

Sin embargo, este avance convive con un factor constante en la estrategia estadounidense: la presión directa del presidente Donald Trump, que ha vuelto a amenazar con una escalada militar si no se alcanza un acuerdo.

El posible pacto se articula en torno a un documento breve —de una página y varios puntos clave— que declararía el fin de las hostilidades abiertas y establecería una hoja de ruta inmediata. El objetivo no es resolver todos los desacuerdos de forma instantánea, sino congelar el conflicto y abrir una ventana de negociación intensiva.

En ese plazo, las delegaciones abordarían cuestiones estructurales como el programa nuclear iraní, el levantamiento de sanciones y la reapertura del Estrecho de Ormuz, una arteria energética global cuya interrupción ha sacudido los mercados internacionales.

El contenido del borrador revela hasta qué punto las conversaciones han avanzado. Entre las propuestas destaca una moratoria en el enriquecimiento de uranio por parte de Irán. Aunque las posiciones iniciales estaban muy alejadas —Teherán proponía cinco años y Washington exigía veinte—, las negociaciones actuales apuntan a un término intermedio de entre 12 y 15 años.

Este compromiso iría acompañado de un sistema de inspecciones reforzado bajo supervisión internacional, incluyendo visitas sin previo aviso y limitaciones a instalaciones sensibles.

A cambio, Estados Unidos estaría dispuesto a levantar las sanciones económicas y desbloquear miles de millones de dólares en fondos iraníes. Este intercambio —restricciones nucleares por alivio económico— refleja una lógica clásica en la negociación entre ambos países, pero en un contexto mucho más volátil que en acuerdos anteriores. Además, el borrador contempla la retirada o traslado del uranio altamente enriquecido fuera de Irán, una concesión de alto impacto estratégico si finalmente se confirma.

Otro eje central del acuerdo es la reapertura del Estrecho de Ormuz. Antes del conflicto, por este paso transitaba cerca de una quinta parte del petróleo y gas licuado mundial. Su bloqueo, tanto por acciones iraníes como por la respuesta estadounidense, ha disparado los precios energéticos y tensionado la economía global. La propuesta actual prevé un levantamiento progresivo de estas restricciones durante el periodo de negociación, como medida de confianza mutua.

El avance hacia este posible acuerdo no ha sido lineal. Las conversaciones, facilitadas en parte por mediadores como Pakistán y con la atención de actores clave como China, han estado marcadas por interrupciones, desconfianza y mensajes contradictorios. De hecho, fuentes diplomáticas reconocen que el proceso sigue siendo “50/50” y que nada está garantizado.

En este contexto, la comunicación pública de Donald Trump ha jugado un papel determinante, aunque también errático. En uno de sus mensajes más recientes, el presidente estadounidense afirmó: “Si no aceptan, comenzarán los bombardeos y, lamentablemente, serán de una intensidad y un nivel mucho mayores que antes”. 

En otro mensaje, Trump añadió: “Asumiendo que Irán acuerda ceder lo que se ha acordado, que es, quizá, asumir mucho, la ya legendaria Furia Épica […] habrá acabado, y el muy efectivo bloqueo permitirá que el estrecho de Ormuz quede ABIERTO A TODOS, incluido Irán”. Esta mezcla de optimismo condicionado y presión directa ha sido una constante durante todo el conflicto.

Desde el lado iraní, la respuesta ha sido más cauta. Teherán reconoce que está “evaluando” la propuesta, pero figuras políticas y militares han expresado escepticismo, calificando el borrador como una “lista de deseos estadounidenses”. Esta divergencia refleja uno de los principales obstáculos: la falta de confianza mutua, incluso en un momento de aparente acercamiento.

El papel de terceros actores también resulta clave. China, con vínculos económicos y políticos estrechos con Irán, ha sido señalada como posible garante de un eventual acuerdo, aunque su capacidad real de influencia sigue en debate. Al mismo tiempo, países como Pakistán han actuado como mediadores discretos, facilitando contactos directos entre ambas partes.

En paralelo, la presión económica añade urgencia a las negociaciones. El bloqueo del Estrecho de Ormuz ha provocado un aumento significativo en los precios del petróleo, afectando tanto a economías emergentes como a potencias globales. Este factor ha convertido el acuerdo en una prioridad no solo para Washington y Teherán, sino para el sistema internacional en su conjunto.

A pesar de los avances, persisten interrogantes estructurales. Estados Unidos sostiene que ha logrado debilitar a Irán y limitar su capacidad de amenaza, pero la realidad sobre el terreno muestra un equilibrio más complejo: el régimen iraní se mantiene, conserva capacidades estratégicas y sigue utilizando el control del estrecho como herramienta de presión. @mundiario