José Mourinho encontró en Cornellà algo más que una victoria agónica del Real Madrid: encontró un arbitraje que, según su interpretación, permitió que el fútbol respirara. Su valoración del colegiado no fue una simple felicitación posterior al partido, sino una declaración de principios sobre una de las discusiones más persistentes del fútbol moderno. Menos intervenciones externas, más decisiones asumidas en el campo y un árbitro dispuesto a equivocarse, si fuera necesario, desde su propia personalidad.
La importancia de sus palabras está en quién las pronuncia. Mourinho ha construido una carrera marcada también por enfrentamientos con decisiones arbitrales y por críticas severas cuando consideró que un equipo había sido perjudicado. Por eso resulta significativo que, tras un partido cerrado y con acciones discutibles, su primera sensación fuera positiva. El portugués no dijo que el arbitraje hubiera sido perfecto, sino algo quizá más relevante: consideró que el colegiado hizo un «grandísimo partido» tomando decisiones sin convertir cada acción en una espera para conocer el veredicto tecnológico.
El VAR llegó al fútbol con la promesa de reducir los errores manifiestos, pero su presencia también transformó la manera de vivir los partidos. La revisión constante introdujo una sensación de provisionalidad: un gol puede dejar de ser gol varios minutos después y una jugada aparentemente terminada puede volver a abrirse desde una sala situada lejos del estadio. Mourinho parece reivindicar otra idea, la del árbitro como autoridad central del juego y no como un simple ejecutor pendiente de una segunda opinión.
Su defensa de la personalidad arbitral resulta especialmente interesante en un deporte donde cada decisión se analiza desde múltiples ángulos y se convierte inmediatamente en materia de debate. El árbitro actual no solo debe acertar en una fracción de segundo, sino convivir con cámaras, repeticiones, redes sociales y opiniones que pueden multiplicar cualquier error. Según el diario Marca, Mourinho valoró precisamente que el colegiado resolviera el partido desde el terreno de juego, sin que el VAR se convirtiera en protagonista.
El entrenador portugués, además, introdujo un matiz que protege su análisis de cualquier triunfalismo. Reconoció que su impresión podía cambiar al revisar las imágenes posteriormente y admitió que podía estar equivocado en su desacuerdo con el técnico del Espanyol. Esa prudencia resulta importante porque el debate arbitral suele construirse desde certezas absolutas. Mourinho defendió su sensación, pero aceptó la posibilidad de que una repetición posterior le mostrara otra realidad.
El gran desafío: recuperar la autoridad sin renunciar a la tecnología
La cuestión de fondo es si el fútbol ha encontrado el equilibrio correcto entre tecnología y autoridad humana. El objetivo no debería ser eliminar el VAR ni regresar a una época en la que los errores graves quedaban inevitablemente sin revisión. La discusión pasa por determinar cuándo debe intervenir y cuándo debe permitir que el árbitro conserve el control natural del partido. Cada revisión excesiva puede aumentar la precisión, pero también corre el riesgo de reducir la continuidad y convertir el espectáculo en una sucesión de pausas.
Mourinho parece situarse del lado de un modelo en el que la tecnología sea una red de seguridad y no un segundo árbitro permanente. Esa diferencia puede parecer menor, pero modifica por completo la experiencia del juego. El fútbol vive de la espontaneidad: el gol celebrado, la protesta inmediata, la reacción del estadio y la continuidad emocional del partido. Cuando demasiadas acciones quedan suspendidas a la espera de una comprobación, también se altera esa relación directa entre lo que ocurre y lo que siente el aficionado.
Su optimismo sobre la temporada también merece atención. Cuando sugiere que puede ser un curso de «buenos arbitrajes», Mourinho no está garantizando que desaparezcan las polémicas. Eso sería imposible. Está planteando una expectativa sobre el criterio general: árbitros con capacidad para decidir, intervenir menos cuando no sea necesario y evitar que una herramienta tecnológica condicione cada minuto de juego. En una competición como LaLiga, donde las decisiones arbitrales ocupan con frecuencia más espacio que el propio fútbol, esa aspiración tiene una enorme dimensión cultural.
También existe una consecuencia para los jugadores. Un arbitraje que transmite seguridad puede reducir parte de la presión que genera la incertidumbre sobre cada contacto dentro del área. Los futbolistas saben cuándo una acción puede ser revisada y esa posibilidad ha modificado incluso la manera de defender y atacar. Recuperar un criterio más claro no significa permitir infracciones, sino conseguir que todos comprendan mejor cuándo una intervención tecnológica resulta realmente necesaria.
El debate también afecta a los entrenadores. Durante años, la relación entre los banquillos y los árbitros se ha alimentado de sospechas, declaraciones y lecturas condicionadas por el resultado. Que Mourinho pueda elogiar públicamente una actuación arbitral después de un encuentro tenso tiene, por tanto, un valor simbólico. No elimina las diferencias con el Espanyol ni obliga a todos a compartir su percepción, pero demuestra que una misma actuación puede ser interpretada sin convertir automáticamente al colegiado en responsable de la victoria o la derrota.
El gran riesgo, naturalmente, es confundir rapidez con acierto. Un árbitro con personalidad no es aquel que se niega a utilizar la tecnología, sino aquel que sabe cuándo necesita ayuda y cuándo no. El fútbol no debería elegir entre el ojo humano y la herramienta tecnológica como si fueran enemigos. La evolución más saludable consiste en conseguir que ambas cosas convivan sin que una anule a la otra.
Las palabras de Mourinho reflejan una discusión mayor sobre el deporte contemporáneo: cuánto control tecnológico estamos dispuestos a aceptar a cambio de reducir el margen de error. El fútbol ha ganado herramientas para revisar sus decisiones, pero todavía busca la forma de utilizarlas sin perder su ritmo ni su naturaleza. Cada temporada se convierte en un nuevo ensayo sobre esa frontera.
Si el arbitraje consigue mantenerse fuera del protagonismo innecesario, la gran ganadora será la competición. No porque desaparezcan las polémicas, sino porque volverá a hablarse más del juego que de la revisión del juego. Mourinho salió de Cornellà satisfecho con el trabajo del colegiado y con una sensación que, en el fútbol actual, casi parece excepcional: que el árbitro tomó decisiones, asumió su responsabilidad y permitió que el partido perteneciera a sus protagonistas. Quizá ese sea el verdadero camino hacia un mejor arbitraje: no pedir perfección, sino recuperar confianza en quienes deben decidir. @Mundiario
