El Mallorca llega a la última jornada en una situación límite: penúltimo, con 39 puntos y prácticamente obligado a un milagro para seguir en Primera. La derrota ante el Levante, rival directo, deja al equipo de Martín Demichelis contra las cuerdas y convierte el cierre de Liga en una cuenta atrás incómoda para un club que no construyó su temporada para mirar al abismo.
El golpe es mayor porque el proyecto no parte desde la precariedad absoluta. Según Transfermarkt, la plantilla del Mallorca alcanza los 89 millones de euros de valor de mercado, una cifra superior a la del Levante, situado en 86,7 millones, y a la del Elche, valorado en 85,1. Solo Osasuna, con 100,8 millones, y Girona, con 153,2, aparecen por encima dentro del grupo que todavía pelea por evitar el descenso.
La comparación deja mal parado al club balear. El Mallorca no es el equipo más limitado de la zona baja, ni el que menos recursos tiene, ni el que más podía escudarse en una plantilla de emergencia. LaLiga le fijó un límite de coste de plantilla deportiva de 60,9 millones para esta temporada, una cantidad que, según la prensa local, superaba a nueve equipos de Primera.
El problema, por tanto, no parece estar solo en el dinero, sino en el rendimiento colectivo. El Mallorca diseña un proyecto para asentarse, crecer y mirar de reojo a Europa, pero llega al tramo final con síntomas propios de un equipo roto: malos resultados ante rivales directos, fragilidad emocional y una dependencia ofensiva demasiado grande de una sola figura.
Esa figura es Vedat Muriqi. El delantero kosovar firma 22 goles, solo por detrás de Kylian Mbappé en la tabla del Pichichi, y aun así el Mallorca está a un paso de Segunda. El dato resume la anomalía de la temporada: tener al segundo máximo goleador de LaLiga debería acercar a cualquier equipo a la zona media, no dejarlo penúltimo a falta de una jornada.
Muriqi sostiene al Mallorca durante demasiados meses, pero sus goles no tapan todas las grietas. El equipo no encuentra una segunda línea goleadora estable, no convierte su inversión en regularidad y no logra transformar partidos igualados en puntos suficientes. Cuando un delantero alcanza cifras de estrella y el equipo sigue abajo, el diagnóstico apunta menos al área rival y más al modelo completo.
Las opciones de salvación existen, pero son mínimas. El Mallorca debe ganar al Oviedo y esperar una combinación concreta: que el Girona derrote al Elche, que el Levante puntúe ante el Betis y que Osasuna pierda contra el Getafe. También aparece una vía todavía más remota con empate entre Girona y Elche, pero exigiría remontar una desventaja de ocho goles con Osasuna en la diferencia general.
Por eso el Mallorca no depende ya de sí mismo, sino de una carambola. La última jornada todavía le permite hacer cuentas, pero la sensación es que el descenso se cocina mucho antes: en una planificación que prometía estabilidad, en una plantilla que cuesta más que varios de sus rivales directos y en una temporada donde ni los 22 goles de Muriqi alcanzan para explicar cómo un proyecto pensado para crecer termina al borde del fracaso. @mundiario
