No obstante, la infantería rusa parece incapaz de moverse rápidamente, por lo que los rusos están utilizando profusamente todo tipo de municiones en el Donbass. En esta peculiar confrontación, se ha llegado a un punto en que el fuego, en principio un apoyo para la infantería propia, está tomando el protagonismo combativo, a pesar de que los infantes digamos con guasa que «la artillería tira contra la infantería, a ser posible la del enemigo». Es como una batalla de y por los fuegos. La aviación táctica rusa está lanzando, incluso, misiles antibuque (KH-22), con cabeza convencional, contra objetivos terrestres. Fuegos poco precisos que, consecuentemente, provocan muchos daños colaterales. Lo que es tanto como decir que tiran al bulto. ¿Por qué? Quizás por escasez de misiles más precisos. O por falta de componentes electrónicos a consecuencia de las sanciones. O se reserven sus versátiles misiles Kalibr, para batir objetivos más rentables. O, simplemente, aprovechen para hacer limpieza de sus arsenales navales, cuando no hay batalla naval.
La parte ucraniana, lógicamente, con angustiosas y atosigantes peticiones, urge a los países de la OTAN para que le transfieran todo tipo de armas pesadas, especialmente las de mayor capacidad destructiva y de acción de contrabatería. Zelenski ha llegado a afirmar que su armamento «soviético» se acabó, y que depende del que se envíe a Ucrania por Occidente. Seguramente es cierto, aunque podría ser también una añagaza para acelerar la entrega de armas y, sobre todo, para cargar sobre los hombros de la OTAN el peso de una hipotética derrota militar. O todo eso a la vez.

