La testosterona se ha convertido en algo más que una cuestión de salud para la cúpula militar estadounidense. Bajo el liderazgo de Pete Hegseth, secretario de Defensa, esta hormona se ha incorporado al discurso sobre la fortaleza, la disciplina y la capacidad de combate. Sin embargo, un estudio publicado en JAMA introduce un matiz relevante: tener niveles bajos de testosterona no equivale necesariamente a ser menos fuerte ni a estar incapacitado para el servicio militar.
La investigación estima que el 25,7% de los soldados analizados presenta concentraciones inferiores a 300 nanogramos por decilitro, un umbral empleado habitualmente para detectar una posible deficiencia hormonal. El hallazgo pone en cuestión la idea de que medir esta sustancia permita establecer, por sí sola, quién reúne las condiciones físicas necesarias para combatir.
El estudio examinó una muestra de 500 soldados en activo y calculó que alrededor de una cuarta parte tenía niveles de testosterona por debajo del umbral de referencia. Si estos resultados se extrapolasen al conjunto del Ejército, aproximadamente 100.000 militares podrían encontrarse en esa situación.
La cifra debe interpretarse con cautela. Los investigadores realizaron una única medición, cuando el diagnóstico clínico de hipogonadismo requiere confirmar los niveles bajos mediante análisis repetidos y valorar los síntomas del paciente. La testosterona, además, fluctúa según la hora del día, el descanso, la alimentación, determinadas enfermedades y el uso de medicamentos.
Por tanto, un resultado aislado no demuestra que un soldado padezca una enfermedad ni que tenga un rendimiento físico inferior. La investigación tampoco evaluó directamente si las concentraciones hormonales estaban relacionadas con la capacidad para desempeñar tareas militares.
Esta distinción resulta fundamental para valorar la política anunciada por Hegseth, que contempla analizar a los militares mayores de 30 años y ofrecer terapia de reemplazo hormonal a quienes presenten resultados bajos. Convertir una cifra de laboratorio en una medida general de aptitud podría conducir a intervenciones médicas innecesarias.
La obesidad, una pista más relevante que la testosterona
Más allá del debate político, los resultados apuntan a un factor con una relación conocida con la salud hormonal: el peso corporal. El índice de masa corporal medio de los participantes era de 28,5, una cifra situada en el rango de sobrepeso.
Según la autora del estudio, Claire Berryman, cada aumento de cinco puntos en el índice de masa corporal se asociaba con unas probabilidades aproximadamente un 90% mayores de presentar testosterona inferior a 300 nanogramos por decilitro.
La asociación no demuestra por sí sola una relación causal, pero refuerza la importancia de examinar el estado metabólico y los hábitos de vida antes de atribuir el problema exclusivamente a una carencia hormonal. El sedentarismo, la obesidad y determinados trastornos del sueño pueden influir en los niveles de testosterona y en el bienestar general.
Desde esta perspectiva, una estrategia centrada únicamente en administrar hormonas corre el riesgo de dejar en segundo plano la prevención, la alimentación, el descanso y el tratamiento de los problemas de salud subyacentes.
La testosterona no es una garantía de fuerza ni de masculinidad
El auge de esta hormona también responde a un fenómeno cultural. En Estados Unidos, parte del discurso político y de las comunidades digitales vinculadas a la llamada manosfera presenta la testosterona como símbolo de virilidad, autoridad y fortaleza. Sin embargo, esa asociación simplifica una realidad biológica mucho más compleja.
La terapia de reemplazo de testosterona tiene indicaciones médicas legítimas, especialmente cuando existe una deficiencia confirmada acompañada de síntomas. No obstante, su utilización prolongada exige supervisión clínica y no está exenta de riesgos.
El problema de fondo es confundir una característica hormonal con una capacidad militar. La eficacia de un soldado depende de múltiples factores, entre ellos su preparación, su resistencia, su experiencia y su estado general de salud. Ninguno queda resumido en una sola analítica.
La iniciativa de Hegseth abre así un debate que trasciende los cuarteles: si el objetivo es mejorar el rendimiento de las tropas, las decisiones deberían apoyarse en evidencias clínicas y resultados funcionales, no en una determinada concepción ideológica de la masculinidad. Una hormona puede aportar información médica valiosa, pero difícilmente puede convertirse en el baremo definitivo de quién es un buen guerrero. @mundiario
