El fútbol vasco volvió a detener el tiempo sobre el césped de San Mamés para ofrecer una de esas tardes donde la historia, la identidad y la rivalidad bien entendida se dan la mano. El histórico gesto de hermandad protagonizado por Iribar y Kortabarria devolvió a la memoria colectiva aquel grito de libertad con la ikurriña hace cincuenta años, abriendo paso a un derbi Athletic-Real Sociedad que desde el primer silbatazo cumplió con todas las expectativas de intensidad, voltaje competitivo y pasión en las gradas.
Sobre el rectángulo de juego, el pulso estratégico entre Edin Terzic y Matarazzo deparó un duelo táctico fascinante. Los locales saltaron al terreno de campo con las revoluciones al máximo, buscando desarbolar a la zaga donostiarra mediante la velocidad endiablada de los hermanos Williams. Fruto de esa voracidad inicial llegó el primer tanto de la tarde, obra de un Iñaki Williams que aprovechó un envío milimétrico de Nico para superar a Remiro y desatar la locura colectiva en las gradas de La Catedral.
Lejos de acusar el golpe, el conjunto txuri-urdin reaccionó con la paciencia quirúrgica que impregna el sello de su técnico, moviendo la pelota con criterio hasta encontrar la rendija en la frontal que Luka Sucic aprovechó con determinación balcánica para restablecer las tablas. Los visitantes comenzaron a mandar en la medular, obligando a emerger la figura providencial de Unai Simón —homenajeado recientemente con el Trofeo Yashin— con intervenciones antológicas que sostuvieron a los suyos en los momentos de mayor agobio.
Sin embargo, la pegada del Athletic volvió a golpear justo antes del descanso gracias a una acción eléctrica de Nico Williams que terminó en pena máxima, transformada con absoluta solvencia por Álex Berenguer para devolver la ventaja a los locales y inyectar una dosis masiva de optimismo de cara al segundo acto.
El paso por los vestuarios templó ligeramente el ritmo de la contienda, pero mantuvo intacto el intercambio de golpes y la ambición ofensiva de ambas escuadras.
Las conclusiones de un triunfo que consolida el proyecto de Terzic en Bilbao
La victoria final por dos goles a uno deja conclusiones sumamente positivas para el Athletic de Bilbao en este tramo avanzado del campeonato. La primera gran lectura radica en la madurez competitiva que ha adquirido el bloque bajo la dirección de Edin Terzic, capaz de sufrir en los tramos de dominio visitante y de dosificar los tiempos del partido sin perder la verticalidad que define su ADN histórico.
Asimismo, la profundidad de plantilla empieza a arrojar réditos fantásticos. La pronta lesión de Maroan Sannadi obligó a una reestructuración temprana que encontró una respuesta inmejorable en la frescura y el desparpajo de Robert Navarro, quien volvió a cuajar una actuación sobresaliente gobernando las transiciones ofensivas con una clarividencia impropia de su edad.
En el plano defensivo, la jerarquía mostrada por Aymeric Laporte y Dani Vivian en el eje de la zaga, unida al estado de gracia permanente de Unai Simón bajo palos, dota al equipo de una solidez estructural indispensable para aspirar a las plazas nobles de la tabla clasificatoria en LaLiga.
Por su parte, la Real Sociedad marchó de San Mamés con el amargor de haber merecido mayor premio en fases del encuentro, pero con la certeza de que el modelo de Matarazzo compite con valentía en cualquier escenario del campeonato.
El pitido final selló una tarde de comunión total entre la plantilla y una afición que despidió a sus futbolistas entre cánticos y bufandas al viento, conscientes de que los puntos se quedan en casa tras un derbi memorable. @mundiario
