¿Por qué los Mundiales y las Eurocopas son cada vez más multisede?

Hubo un tiempo en el que organizar un Mundial o una Eurocopa era un privilegio reservado a un solo país. España en 1982, Francia en 1998, Alemania en 2006, Sudáfrica en 2010, Brasil en 2014 o Rusia en 2018 fueron ejemplos de únicos anfitriones de sus respectivas Copas del Mundo. Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado por completo. El Mundial de 2026 se disputa entre Estados Unidos, México y Canadá; el de 2030 lo organizarán España, Portugal y Marruecos, con tres partidos inaugurales en Sudamérica; la Eurocopa de 2028 será compartida por Reino Unido e Irlanda. La excepción empieza a ser el torneo con una única sede.

La explicación más repetida suele ser la más sencilla: cada vez hay más países interesados en organizar grandes competiciones. Un Mundial o una Eurocopa representan turismo, inversiones, proyección internacional y un escaparate mediático incomparable. Compartir la organización permite que más federaciones y más gobiernos participen del proyecto, aumentando el consenso alrededor de las candidaturas y facilitando que los organismos internacionales encuentren apoyos cada vez más amplios.

Pero reducir el fenómeno únicamente a esa explicación sería quedarse en la superficie. Hace tiempo que el fútbol dejó de ser solo fútbol. Hoy es una de las industrias de entretenimiento más poderosas del planeta y también una extraordinaria herramienta diplomática. Organizar un Mundial ya no consiste únicamente en albergar partidos. Consiste en atraer inversiones, abrir mercados, fortalecer relaciones internacionales y proyectar una determinada imagen del país anfitrión hacia cientos de millones de personas.

Por eso resulta difícil creer que detrás de muchas decisiones solo existan motivos deportivos. Qatar primero y Arabia Saudí después han convertido el deporte en una de las principales herramientas de su política internacional. Han invertido miles de millones en Mundiales, Fórmula 1, golf, tenis, boxeo o las Supercopas de España e Italia con un objetivo evidente: proyectar una imagen de modernidad, apertura y liderazgo global que contraste con las críticas que ambos países siguen recibiendo por su situación en materia de derechos humanos y libertades, especialmente en lo que respecta a los derechos de las mujeres. Es lo que desde hace años numerosos expertos denominan sportswashing: utilizar el deporte como una operación de reputación a escala mundial.

La FIFA tampoco sale perdiendo en este escenario. Cuanto mayor es la capacidad de inversión del país anfitrión, mayor es también el potencial económico que rodea al torneo. El fútbol mueve hoy cifras descomunales y hace tiempo que dejó de ser únicamente una cuestión deportiva para convertirse también en un enorme negocio y en un instrumento de influencia política. El Mundial de 2026 volverá a batir récords económicos y el de 2034, en Arabia Saudí, promete seguir ese mismo camino.

A ello se suma otro factor que ha cambiado por completo el mapa del fútbol mundial: la entrada con fuerza de los países del Golfo. Durante décadas, Asia apenas tuvo protagonismo en la organización de grandes torneos más allá del Mundial de Corea del Sur y Japón en 2002. Hoy la situación es radicalmente distinta. Catar ya acogió la Copa del Mundo en 2022 y Arabia Saudí será la sede en 2034, consolidando el creciente peso político, económico y deportivo que la región ha adquirido dentro del fútbol internacional.

Mientras tanto, las candidaturas conjuntas también benefician a las propias federaciones internacionales. Repartir un torneo entre varios países significa multiplicar el número de gobiernos implicados, ampliar mercados, atraer nuevos patrocinadores y consolidar el carácter global de unas competiciones que cada edición generan más ingresos. Cuantos más actores participan, mayor es también la red de intereses que rodea al torneo.

Todo ello tiene, sin embargo, un precio. Los Mundiales repartidos entre varios países implican más desplazamientos, una logística mucho más compleja, una mayor huella de carbono y un calendario cada vez más exigente para selecciones, periodistas, aficionados y organizaciones. El crecimiento del torneo ha permitido abrir nuevas fronteras, pero también ha creado problemas que hace apenas dos décadas ni siquiera existían.

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino. / FIFA.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino. / FIFA.

El fútbol siempre presumió de unir culturas y derribar fronteras. Hoy también sirve para abrir mercados, reforzar alianzas políticas y blanquear la imagen internacional de determinados Estados. Quizá por eso la gran pregunta ya no sea por qué los Mundiales y las Eurocopas son cada vez más multisede, sino quién gana realmente con esa expansión.

Porque detrás del discurso de la globalización y del crecimiento del fútbol también conviven intereses económicos, políticos y estratégicos que cada vez pesan más. Y cuanto más crece el negocio, más difícil resulta creer que las decisiones se toman pensando únicamente en el balón. @mundiario