Koval, Luisinho, Navarro, Mujaid, Juanfran; Krohn-Dehli, Mosquera, Colak, Bakkali, Gerard Valentín; y Borja Valle. Muchos no recordarán estos nombres, otros ni siquiera sabrán quiénes son y algún nostálgico todavía recordará aquella fatídica temporada.
Ese fue el último once del Deportivo en Primera División. Un equipo ya descendido desde la jornada 35 que cayó en aquella dolorosa tarde frente al FC Barcelona y que cerró, sin saberlo del todo, la puerta de una época. Desde entonces pasaron ocho años. Ocho años demasiado largos para una ciudad que siempre vivió el fútbol como una forma de entender la vida.
Y eso ni siquiera era lo peor. El primer golpe llegó en una de las tardes-noches más bonitas de la ciudad. Aquel partido de Son Moix en la noche de San Juan abrió la peor etapa de la historia moderna del club. El Deportivo no ascendió y acabó cayendo, a la temporada siguiente, al barro del fútbol no profesional. Después empezaron a llegar las pesadillas: derrota frente al Celta B, ver a tu equipo por una APP y visitas a campos donde muchos deportivistas jamás imaginaron ver a su primer equipo, con la sensación constante de que el club se deshacía poco a poco entre errores, impotencia y resignación.
Pero hubo alguien que nunca falló. O mejor dicho, hubo decenas, cientos, miles de deportivistas que siguieron apareciendo cada dos semanas con su camiseta blanquiazul en lugares como Tarazona, Talavera, La Planilla o Espiñedo. Campos humildes, viajes eternos y categorías impropias para un club que un día levantó títulos nacionales y jugó noches europeas. Y aun así, allí seguían. Porque si algo sostuvo al Deportivo durante todos estos años no fueron los despachos ni las plantillas: fue su gente.
Entonces volvió Lucas Pérez. Y con él regresó algo más importante que los goles: la sensación de pertenencia. El Deportivo salió del infierno de la Primera Federación con una plantilla hecha para ascender, sí, pero sobre todo con una afición que jamás aceptó vivir lejos de donde sentía que pertenecía su escudo. Cuatro años de barro dejaron claro que el jugador más importante del Deportivo, por si alguien tenía alguna duda, siempre fue el número 12.
Hoy, A Coruña amaneció distinta. Como si toda la ciudad hubiese dormido mal. Como si miles de personas llevasen semanas imaginando el mismo partido una y otra vez. El Deportivo visita el José Zorrilla y una victoria puede devolverlo matemáticamente a Primera División. El destino quiso que el regreso pueda llegar lejos de Riazor, lejos de casa, pero acompañado igualmente por miles de voces blanquiazules que volverán a convertir una grada visitante en un pequeño pedazo de Riazor.
Porque esta historia ya no va solo de fútbol. Va de padres que enseñaron a sus hijos quién era Juan Carlos Valerón, Fran, Trsitán o Makaay aunque nunca lo vieran jugar en directo. Va de camisetas de Feiraco guardadas como reliquias. Va de aprender a perder sin abandonar nunca. Va de las lágrimas en Mallorca, en Castalia o en el propio Riazor, de los silencios tras cada fracaso y de seguir llenando nuestro estadio cuando muchos no entienden por qué.
Y quizás por eso hoy hay menos miedo que otras veces. No porque el deportivista haya dejado de sufrir —eso nunca ocurrirá—, sino porque después de todo lo vivido ya nadie puede romper este vínculo. Si el ascenso llega esta tarde, será el final de una travesía demasiado larga. Y si todavía toca esperar un poco más, el deportivista seguirá aquí. Porque como dijo aquel aficionado cuando el club estaba enterrado en el barro: “En Primera, en Segunda o en Tercera». Beso al escudo y amor eterno”. Y esa sensación, queridos deportivistas, nadie nos la puede quitar. Una vez más y de manera incansable: ¡ Vamos Depor! @mundiario
