¿Qué hace el director de la CIA en Moscú? Las claves de una reunión ultra secreta

El viaje secreto del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú este martes 25 de agosto añade un capítulo crítico a los canales de comunicación encubiertos entre Washington y el Kremlin en pleno estancamiento de las negociaciones de paz de la guerra de Ucrania. Aunque la Casa Blanca y la inteligencia estadounidense han guardado absoluto silencio, el traslado quedó al descubierto tras registrarse el aterrizaje de un Boeing C-17A Globemaster III de la Fuerza Aérea de EE UU en el aeropuerto internacional de Vnukovo procedente de Riga, seguido por el despliegue de una comitiva diplomática blindada en la capital rusa.

A pesar de que el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, negó tener constancia del vuelo militar y descartó reuniones programadas con enviados de la administración de Donald Trump, fuentes de inteligencia confirmaron que la delegación estadounidense solicitó anticipadamente a Ucrania suspender temporalmente los ataques con drones en el norte de Rusia durante estas 72 horas para garantizar la seguridad de la comitiva. Las deliberaciones a puerta cerrada coinciden con la reciente implementación de la estrategia de sanciones financieras contra Irán por parte de Washington y se enmarcan en los contactos previos que Ratcliffe ha sostenido con su homólogo del Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR), Serguéi Narishkin, con quien coordinó liberaciones de prisioneros en meses anteriores.

El viaje resulta especialmente significativo porque no se trata de un enviado diplomático de segundo nivel, sino del jefe de la principal agencia de inteligencia estadounidense. Además, es la primera visita conocida de Ratcliffe a Rusia desde que asumió la dirección de la CIA y la primera de un director de la agencia desde que William Burns estuvo en Moscú en noviembre de 2021, pocos meses antes de la invasión a gran escala de Ucrania.

Los datos públicos de seguimiento de vuelos permitieron reconstruir parte del trayecto desde la base conjunta Andrews, en Maryland, hasta Letonia y posteriormente Rusia. Poco después aparecieron imágenes de una comitiva con vehículos diplomáticos estadounidenses. 

La CIA, el Departamento de Defensa y la Fuerza Aérea estadounidense declinaron hacer comentarios. El Kremlin tampoco confirmó la visita.  Esa ausencia de información no permite afirmar cuál es la agenda de Ratcliffe. Sí permite, sin embargo, observar el método: contactos discretos, canales de inteligencia y ausencia de publicidad política. En una negociación bloqueada, este tipo de comunicación puede servir para explorar posiciones que todavía no están maduras para una mesa diplomática pública.

¿Qué puede estar haciendo Ratcliffe en Moscú?

La primera es Ucrania y las negociaciones de paz. Los contactos entre Washington y Moscú se han intensificado durante la Administración Trump, aunque las conversaciones destinadas a poner fin a la guerra siguen estancadas por las profundas diferencias sobre territorio y las condiciones de un eventual acuerdo. Steve Witkoff y Jared Kushner han desempeñado hasta ahora el papel visible de interlocutores políticos. La presencia de Ratcliffe introduce ahora el componente de inteligencia en ese circuito.

La segunda posibilidad es abordar cuestiones de seguridad que difícilmente pueden tratarse mediante canales diplomáticos convencionales: intercambios de prisioneros, riesgos militares, información sobre movimientos de fuerzas o mecanismos para evitar una escalada.

No sería algo completamente nuevo. Ratcliffe ya habló en marzo de 2025 con Serguéi Narishkin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior ruso, y ambos acordaron mantener contactos regulares. La CIA también ha participado en anteriores intercambios de detenidos entre Estados Unidos y Rusia.

Una tercera hipótesis está relacionada con Irán y la relación estratégica entre Moscú y Teherán.  Un reporte de Reuters subraya que este viaje estratégico coincide de forma milimétrica con el lanzamiento de la «Operación Marginado Económico» por parte del secretario del Tesoro de EE UU, Scott Bessent. Esta agresiva campaña busca imponer sanciones secundarias severas a escala global para asfixiar económicamente a Irán. El rol de Moscú en este tablero es fundamental: la Federación Rusa mantiene una sólida alianza militar y de inteligencia con Teherán, compartiendo desde tácticas de combate hasta datos satelitales avanzados.

Por lo tanto, limitar los objetivos de esta cumbre de inteligencia únicamente a la parálisis en el frente ucraniano resultaría erróneo. El diálogo encubierto busca desactivar una escalada mayor en Medio Oriente, sin que esto signifique ignorar el escenario bélico en el este de Europa, donde las agencias occidentales intentan descifrar si el Kremlin está dispuesto a ceder espacio de negociación.

La filtración de la postura ucraniana desnudó el componente políticamente más delicado del viaje de espionaje. Según revelaron fuentes internas a The Kyiv Independent y Axios, la Casa Blanca notificó formalmente a Kiev sobre el envío de una delegación de alto nivel a la capital rusa e impuso una petición operativa restrictiva: suspender de forma obligatoria todos los ataques con drones de largo alcance contra los cascos urbanos de Moscú y San Petersburgo mientras durase el despliegue estadounidense.

Una fuente militar de alto rango en Ucrania confirmó que el gobierno de Volodímir Zelenski aceptó congelar sus ofensivas aéreas entre el lunes 24 y el miércoles 26 de agosto, justificando la orden interna bajo la premisa de que Washington «no confía plenamente en la efectividad y precisión de los sistemas de defensa antiaérea rusos» frente a un fuego cruzado involuntario. A pesar de que el protocolo estipula que las autoridades ucranianas recibirán un reporte ejecutivo posterior sobre las conclusiones del encuentro, la gestión previa generó fricciones diplomáticas en el mando de seguridad ucraniano.

Los informes de inteligencia detallan que, si bien Kiev fue alertada sobre la llegada de los delegados norteamericanos, el Pentágono y la Casa Blanca ocultaron deliberadamente hasta el último minuto que el propio director de la CIA, John Ratcliffe, lideraría la comitiva.

La diplomacia de la CIA entra en escena

Que el jefe de la CIA viaje personalmente a Moscú no implica necesariamente que se esté negociando un acuerdo secreto de paz, pero sí revela que la inteligencia vuelve a desempeñar un papel relevante en la gestión de la guerra. Ante este escenario, el precedente de William Burns resulta inevitable, ya que en noviembre de 2021 el entonces director de la agencia viajó a la capital rusa precisamente para advertir al Kremlin de que Washington conocía al detalle sus preparativos militares contra Ucrania.

Cinco años después, Ratcliffe aparece en la misma ciudad, pero en circunstancias radicalmente distintas: ahora existe una guerra abierta, una negociación estadounidense-rusa paralizada y una Administración Trump que busca mantener simultáneamente presión y comunicación con Moscú.

Para el Kremlin, recibir al director de la CIA puede tener un valor propio. Moscú puede interpretar que Washington considera necesario hablar directamente sobre cuestiones que no pueden delegarse exclusivamente en diplomáticos o enviados especiales.

Para Estados Unidos, en cambio, el secretismo permite explorar posibilidades sin comprometer públicamente a la Casa Blanca. Si las conversaciones fracasan, siempre queda margen para negar que existiera una negociación formal. Si producen algún resultado, la diplomacia pública puede incorporarlo posteriormente.

El problema para Ucrania es diferente: cuanto más importantes sean las conversaciones entre Washington y Moscú, mayor será la necesidad de saber qué se está discutiendo y qué límites está dispuesto a aceptar Estados Unidos. @mundiario