Perder unas elecciones suele obligar a los partidos a revisar sus errores, escuchar a sus votantes y preguntarse qué han hecho mal. Sin embargo, en el Partido Republicano la reacción tras las últimas elecciones de medio mandato apunta en otra dirección: todos parecen tener una explicación para el desastre, pero pocos están dispuestos a señalar a quien ha marcado el rumbo político de la formación. Donald Trump vuelve a quedar en el centro de la polémica, aunque sus aliados intentan evitar que la derrota se convierta en un juicio sobre su gestión.
La estrategia del presidente consiste en desplazar el debate hacia otros terrenos. En lugar de asumir el coste político de sus decisiones, ha encontrado en la guerra con Irán una explicación para el resultado electoral. El encarecimiento de la gasolina y sus consecuencias sobre el bolsillo de los ciudadanos se han convertido en argumentos para justificar el castigo en las urnas. Una interpretación que permite hablar de factores externos sin examinar las decisiones de la propia Administración.
El razonamiento tiene una contradicción evidente: si el conflicto con Irán ha perjudicado electoralmente a los republicanos, también obliga a preguntarse por las decisiones presidenciales que han conducido a esa situación. Trump admite que la guerra ha tenido consecuencias económicas a corto plazo, pero sostiene que volvería a actuar de la misma manera. Es decir, reconoce el coste político sin aceptar que ese coste pueda cuestionar su criterio.
Tampoco parece dispuesto a abrir un debate sobre otras cuestiones que han marcado su mandato: la confrontación permanente, las prioridades de su Gobierno, la política económica y una forma de ejercer el poder que ha convertido cada desacuerdo en una batalla personal. Mientras tanto, el presidente ha dedicado parte de sus apariciones públicas a presumir de las obras del nuevo salón de baile de la Casa Blanca, una imagen que contrasta con la preocupación de su partido por el resultado electoral.
Los republicanos buscan responsables sin señalar al principal dirigente
Dentro del Partido Republicano, las explicaciones se multiplican. El vicepresidente J. D. Vance ha apuntado a la guerra con Irán como uno de los factores que explican la derrota, aunque ha evitado convertir sus críticas en un cuestionamiento directo de Trump. Su posición resulta especialmente significativa porque también tiene intereses políticos propios de cara a la sucesión presidencial de 2028.
Otros dirigentes prefieren mantener las discrepancias en privado. El problema es que buscar culpables entre bastidores no equivale a realizar una autocrítica. Los republicanos pueden responsabilizar a la participación electoral, al contexto internacional, a los precios o a las dificultades de movilizar a sus votantes, pero ninguna de esas explicaciones responde a la cuestión principal: por qué una parte del electorado ha dejado de confiar en el proyecto que ellos mismos han defendido.
La dificultad para señalar a Trump tampoco es nueva. Desde el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, una parte importante del partido ha optado por proteger al presidente incluso cuando sus actuaciones amenazaban con comprometer el futuro de la formación. Esa renuncia a establecer límites ha terminado convirtiendo la lealtad personal en un criterio político más importante que la responsabilidad institucional.
Una derrota que puede cambiar el futuro del trumpismo
Las consecuencias van más allá de la pérdida de escaños. Con una Cámara de Representantes y un Senado menos favorables, Trump tendrá mayores dificultades para sacar adelante su agenda durante los dos últimos años de legislatura. Los demócratas recuperarán capacidad de control y podrán someter al Gobierno a una vigilancia mucho más intensa.
Pero el problema republicano también mira hacia 2028. La formación necesita decidir si su futuro pasa por prolongar el liderazgo de Trump, buscar una alternativa o construir un proyecto capaz de atraer a los votantes que se han alejado. Para ello tendría que reconocer errores, algo complicado en un partido donde cuestionar al presidente todavía puede tener un precio político elevado.
Al final, la pregunta no es solamente quién debe pagar por la derrota, sino quién ha tomado las decisiones que han llevado hasta ella. Culpar a Irán, a la economía o a los votantes puede aliviar temporalmente la presión, pero no resolverá la crisis. Mientras los republicanos sigan buscando responsables sin examinar el liderazgo que han respaldado, estarán aplazando una discusión que tarde o temprano tendrán que afrontar. @mundiario
