El Spotify Camp Nou se viste de gala este miércoles para acoger un estreno continental de altura frente al Feyenoord, una cita en la que Hansi Flick no planea revoluciones drásticas en su pizarra. El técnico alemán apostará por la continuidad, obligado únicamente a retocar los cimientos de una defensa que sufrirá una baja sensible y obligatoria en la retaguardia.
La ausencia de Eric García, obligado a cumplir un partido de sanción tras su última tarjeta, obliga al preparador germano a mover ficha de manera quirúrgica. La primera variante cantada sitúa a Jules Koundé como dueño absoluto del carril derecho, cerrando el paso a cualquier conato de sorpresa en ese costado.
En la banda opuesta, el cuerpo técnico valora seriamente conceder un respiro más que necesario al jovencísimo Xavi Espart, un pulmón inagotable que lo está jugando absolutamente todo en este fulgurante arranque de curso. Su relevo natural en el carril izquierdo apunta directamente a la experiencia y desborde de Joao Cancelo.
Donde no habrá fisuras ni experimentos es en el corazón de la defensa, liderado con galones de mariscal por un Pau Cubarsí imperial que estará bien flanqueado en el eje central por Gerard Martín o Andreas Christensen, con el incombustible Joan García echando el cerrojo bajo los palos. A partir de esa sólida trinchera, la maquinaria culé volcará toda su artillería sobre el tapete europeo.
De medio campo hacia adelante, Flick calcará la estructura que ya deslumbró en Mestalla con Rodri, Pedri y Fermín gobernando la medular, flanqueados arriba por Lamine Yamal y Anthony Gordon en los extremos y un eléctrico Raphinha como falso nueve. Con la única alternativa de un Dani Olmo apretando desde la recámara y un fondo de armario de lujo en la banqueta —donde aguardan colosos como Gavi, Marc Bernal, Adeyemi y Gabriel Jesús—, el Barça saldrá a devorar Europa desde el primer minuto.
Un nuevo partido en la máxima competición 52 años después
Más de cinco décadas han llovido desde aquel bautizo de fuego en el que el Barça y el Feyenoord cruzaron sus caminos por primera vez en la historia de la antigua Copa de Europa. Era el 22 de octubre de 1974 cuando el colosal estadio De Kuip abría sus puertas para acoger el partido de ida de unos octavos de final que prometían emociones fuertes.
Sobre el tapete verde, el conjunto azulgrana venía dirigido desde la pizarra por el revolucionario Rinus Michels, mientras que el timón sobre el césped lo empuñaba un tal Johan Cruyff, dispuesto a convertir cada partido en una obra de arte táctica. Aquella noche de máxima tensión europea, el marcador no se movió y firmó un áspero empate a cero que dejaba la eliminatoria completamente abierta.
La verdadera tormenta perfecta se desataría semanas después, concretamente el 5 de noviembre, cuando el feudo barcelonista acogió el duelo de vuelta con aroma a noche grande. El coloso catalán se preparaba para presenciar una exhibición ofensiva de manual que terminaría triturando las esperanzas del combinado neerlandés con un categórico y rotundo 3-0.
El epicentro de aquel vendaval futbolístico llevó la firma indiscutible del genio de Ámsterdam, un Johan Cruyff desatado que se disfrazó de director de orquesta para regalar un triplete histórico de asistencias. Cada balón medido al milímetro por el maestro holandés encontraba el destino perfecto en las botas de Carles Rexach.
El legendario extremo no desaprovechó ni uno solo de los caramelos servidos por su compañero, perforando la red defendida por Eddy Treijtel en el mismo número de ocasiones para sellar una goleada de leyenda. Aquella vieja conexión holgada de magia pura dejó un listón altísimo que, medio siglo después, sigue resonando con fuerza en la memoria colectiva del barcelonismo. @mundiario
