La persecución a la que se está sometiendo a los 4.000 deportivistas de Marathón Inferior ha provocado el inicio de temporada más conflictivo que recuerdo. La ausencia en el Teresa Herrera de esos socios –no solo de los Riazor Blues, Old Faces y Peñas– nadie puede pasarla por alto, porque sería admitir como buena la decisión del club.
Aunque existan medios que, como siempre, hayan preferido mirar para otro lado, es preciso denunciar que los abonados y abonadas de General se ven castigados, una vez más, con medidas excepcionales tomadas desde el club. Unas normas que pretenden dejarlos sin unos derechos que, como al resto, les corresponden.
La ausencia de Marathón Inferior cambia el ambiente de Riazor. Ningún socio debe ser tratado de forma diferente sin una justificación individual
La propiedad se enfrenta al sentimiento blanquiazul. Estas decisiones unilaterales e injustas solo han venido afectando a los que ocupan General, como si se les quisiese presentar ante los demás como socios de segunda categoría. Eso no se puede tolerar.
Se trata de la gente que viene ocupando la mítica grada de General. Era la que veía el fútbol de pie, la más barata, la que acogió a la cabra de Barrio Sésamo, la del gol de Vicente, la que cerraron los asesinos de Jimmy… y la que ahora, cada quince días, hace hervir la caldera del fútbol en A Coruña.
Nadie puede entender que desde la Casa se haya creado un serio conflicto cuando debíamos estar disfrutando del ascenso, pero aún puede ser peor. Si no lo evitamos ya, y no es fácil, el enfrentamiento entre la propiedad del club y el sentimiento blanquiazul puede ser brutal.
La entidad y sus seguidores más comprometidos mantienen posiciones antagónicas. Eso me asusta, porque los acuerdos se me antojan muy difíciles y me preocupa que la prepotencia de unos choque con la apasionada defensa que los otros harán de sus derechos.
El túnel del tiempo nos lleva a 50 años atrás
La primera pincelada de lo que puede suceder se manifestó en el reciente partido contra el Madrid. La forma de animar al Deportivo hizo que el túnel del tiempo me trasladase 50 años atrás, cuando el silencio de la afición durante el partido era roto solo en un par de ocasiones para entonar el tímido grito de “De-por-ti-vo”, “De-por-ti-vo”.
Hace pocos días se ha vuelto a oír en Riazor y he sentido –creo que igual que todos los deportivistas que tienen una edad avanzada– una mayor tristeza que cuando era joven. Sí, porque el silencio ahora lo protagonizaban casi 30.000 socios que, de repente, habían dejado de animar, porque el director de la orquesta se había ido de huelga.
Habíamos perdido el ambiente espectacular que se disfrutaba en el estadio y que era el sueño de las aficiones españolas. Esa mezcla de imaginación, cánticos y tifos, que constituían el alma de Riazor, había desaparecido. En su lugar había surgido una clara división con el club, que atemoriza al entrenador y a los jugadores. Ellos sí conocen, al contrario que los ejecutivos, la trascendencia que la afición tiene en los resultados.
La ‘presunción de culpabilidad por ubicación’ del Consejo
El culmen del despropósito se alcanza cuando, en el momento en que en España a nadie se le ocurre menoscabar el derecho a la presunción de inocencia de los investigados judicialmente, el consejo del Deportivo ha tenido a bien inventar la presunción de culpabilidad por ubicación.
La justicia blanquiazul ha declarado culpables a 4.000 socios por el mero hecho de ocupar un asiento en General. El club los ha condenado, pero lo curioso es que ¡no están acusados de nada!
Presidente Escotet, por favor, deje sin efecto esa equivocada decisión. La razón incuestionable es que se trata de un derecho que tienen todos los socios y del que no se puede privar a los de General.
Esos son mis principios legales, pero, como diría el gran Groucho Marx, si éstos no le gustan tengo otros. Según los principios de la calle, el equipo precisa, sí o sí, de esa grada. La plantilla ya se lo ha dicho. Hágales caso. @mundiario
