Rusia desafía a Trump en la ONU y pone en riesgo el futuro del Sáhara Occidental

La disputa por el Sáhara Occidental ha vuelto a evidenciar hasta qué punto los intereses de las grandes potencias pueden condicionar la resolución de un conflicto territorial. El enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos en el Consejo de Seguridad ha frustrado dos propuestas consecutivas para decidir el futuro de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (Minurso), cuyo mandato llega a su vencimiento.

El episodio revela una contradicción de fondo: mientras Washington pretende consolidar una salida basada en la autonomía propuesta por Marruecos, Moscú se resiste a que desaparezca cualquier referencia a la autodeterminación. Entre ambas posiciones queda una misión internacional que, pese a sus limitaciones, continúa desempeñando una función relevante sobre el terreno.

El primer bloqueo llegó cuando Rusia vetó la iniciativa estadounidense, respaldada por trece de los quince integrantes del Consejo de Seguridad y con la abstención de China. La propuesta buscaba apartar el referéndum de autodeterminación como horizonte para resolver el conflicto, una modificación que habría supuesto un respaldo diplomático adicional a las tesis de Rabat.

Washington tampoco aceptó la alternativa rusa. Moscú planteó una prórroga técnica que mantuviera la estructura actual de la Minurso, pero Estados Unidos la rechazó. El resultado de este intercambio es especialmente delicado: ninguna de las dos potencias ha conseguido imponer su fórmula y la continuidad de la misión ha quedado comprometida.

Más allá del pulso entre ambas capitales, el problema es que la población saharaui y las partes implicadas siguen sin disponer de un marco político consensuado que permita avanzar hacia una solución duradera.

Marruecos gana respaldo diplomático, pero el conflicto sigue abierto

Rabat ha conseguido avances importantes en el terreno internacional. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad, aprobada hace un año, situó la propuesta marroquí de autonomía como base para las negociaciones. El plan contempla instituciones propias, un Gobierno y un Parlamento autonómicos, además de mecanismos de seguridad regional.

Sin embargo, el respaldo a esa iniciativa no equivale a un acuerdo entre las partes. El Frente Polisario continúa defendiendo el derecho de autodeterminación mediante una consulta, por lo que persiste una diferencia fundamental sobre quién debe decidir el futuro del territorio y bajo qué condiciones.

Esta falta de entendimiento demuestra que los apoyos diplomáticos, aunque importantes, no bastan para desbloquear una disputa en la que también intervienen los intereses estratégicos de Marruecos y Argelia.

El riesgo de perder un mecanismo de vigilancia en plena tensión militar

La posible desaparición de la Minurso tendría consecuencias que van más allá de su denominación o de su estructura administrativa. Desplegada en 1991, tras el alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario, la misión ha mantenido observadores militares y ha facilitado los esfuerzos diplomáticos de Naciones Unidas.

Su relevancia resulta todavía mayor desde la ruptura del alto el fuego en 2020. Los enfrentamientos, los ataques con drones y los lanzamientos de proyectiles evidencian que la tensión no pertenece únicamente al pasado.

Eliminar o debilitar el dispositivo internacional sin establecer un mecanismo alternativo podría reducir la capacidad de supervisión y dificultar la comunicación entre los actores enfrentados. Por eso, el bloqueo en Nueva York no debería interpretarse como un simple desacuerdo burocrático: refleja la ausencia de una estrategia compartida para afrontar el conflicto.

El verdadero desafío sigue siendo encontrar una salida que no dependa exclusivamente de los intereses de las potencias y que permita abordar las aspiraciones de las partes implicadas. Mientras eso no ocurra, el Sáhara Occidental continuará atrapado entre la rivalidad internacional, la incertidumbre diplomática y una paz cada vez más frágil. @mundiario