El fútbol de élite padece una memoria sumamente selectiva y una alarmante facilidad para normalizar el destierro de sus propios dioses. No supone una novedad histórica comprobar cómo un símbolo indiscutible termina desfilando hacia la puerta de salida entre murmullos y desaires; sin embargo, el reciente y abrupto desencuentro entre Jorge Jesus y Cristiano Ronaldo en la concentración lusa desafía cualquier principio elemental de respeto, gratitud y jerarquía. El trato dispensado a un futbolista que reescribió las páginas doradas del deporte moderno deja una dolorosa sensación de agravio que, de manera incomprensible, en ciertos despachos se asume con un encogimiento de hombros burocrático.
Para calibrar la dimensión real de esta fractura basta con realizar un ejercicio directo de política futbolística comparada y trasladar mentalmente este mismo escenario a orillas del Río de la Plata. Si a Lionel Messi un seleccionador nacional —sin importar el número de trofeos o laureles que avalen su trayectoria en los banquillos— decidiera exponerlo de forma pública ante los micrófonos, recortar sus fueros con evidente desdén táctico y forzar una ruptura que terminara empujándolo fuera de la escena, la República Argentina ardería en llamas. Y no precisamente en sentido figurado: el país se detendría por completo y el estratega en cuestión debería abandonar el territorio bajo estricta escolta diplomática.
En el corazón del fútbol sudamericano, la devoción hacia el ídolo jamás se somete a subasta en una pizarra técnica. Tanto la afición albiceleste como sus dirigentes comprendieron a tiempo que a las figuras fundacionales se las acompaña y protege hasta el último aliento, incluso cuando el cronómetro biológico pasa factura, las piernas ya no responden con la frescura juvenil y el repliegue defensivo no encaja en las métricas asfixiantes del análisis de datos contemporáneo.
La consagración de Lionel Scaloni al frente de la campeona del mundo se edificó meticulosamente sobre esa premisa de inteligencia emocional y liderazgo de grupo: diseñar un ecosistema táctico donde el genio convive de forma armónica con la savia nueva, sin incurrir en humillaciones públicas ni recurrir a castigos ejemplarizantes. Como consecuencia directa de esa comunión, Messi encamina el tramo final de su carrera con honores de emperador reverenciado, arropado por un entorno institucional que supo salvaguardar su legado por encima de cualquier coyuntura deportiva.
En el caso portugués, por el contrario, los acontecimientos desprenden una frialdad corporativa desconcertante y deshumanizada. El atacante de Madeira ha sido colocado directamente en la diana mediática, etiquetado como un factor de incomodidad en la convivencia interna y arrastrado a un pulso dialéctico estéril donde pareció buscarse evidenciar el declive de sus facultades antes que cobijar su condición de héroe nacional.
La frialdad del Excel y la memoria perdida en Europa
Que un entrenador busque imponer su principio de autoridad dentro del vestuario entra dentro de la lógica natural del juego; la dirección de campo y las alineaciones siempre han pertenecido a la soberanía de los banquillos. Lo que resulta inadmisible es la absoluta falta de tacto histórico, la teatralización innecesaria del desaire y la ligereza con la que se cuestiona a quien sostuvo sobre sus hombros el orgullo competitivo y la proyección internacional de toda una nación a lo largo de más de dos décadas ininterrumpidas.
Existe un síntoma de grave deterioro en la cultura deportiva cuando la veteranía de las mayores leyendas pasa a ser tratada como un estorbo administrativo prescindible. Gran parte del entorno del fútbol portugués parece contemplar con pasmosa resignación cómo el mito de CR7 se deteriora entre desplantes en sala de prensa, exclusiones en los partidos y fricciones institucionales, olvidando la ingratitud histórica que entraña dinamitar un vínculo forjado a base de títulos, récords y fidelidad inquebrantable.
La grandeza deportiva no puede ser reducida a una simple fórmula matemática ni gestionada con la frialdad aséptica de una hoja de cálculo. Mientras en Buenos Aires el trono de Lionel Messi permanece inalterable y custodiado por una lealtad popular conmovedora, en el continente europeo se asume con llamativa normalidad que a los gigantes de este calibre se les baje del pedestal sin el más mínimo reconocimiento de Estado.
Este contraste refleja dos maneras radicalmente opuestas de entender el balompié, sus emociones y la deuda moral contraída con quienes han hecho historia. El fútbol del Viejo Continente corre el serio peligro de mercantilizar sus mayores gestas, perdiendo la sensibilidad necesaria para despedir con elegancia a quienes encumbraron a sus selecciones en el mapa mundial.
Portugal y el fútbol internacional se encuentran ante un espejo incómodo pero imprescindible de examinar antes de que sea demasiado tarde. Antes de consumar la caída definitiva del telón sobre una figura legendaria, convendría mirar hacia el sur del continente americano para recordar una verdad que nunca caduca: a los reyes del juego no se les despoja de la corona en público; se les despide de pie, con honores y con la memoria bien despierta. @mundiario
