Simeone juega con fuego y se quema ante el Rayo

El Atlético de Madrid vive atrapado en una contradicción: mientras Simeone pone el foco en Copa y Champions, la Liga se ha convertido en un tormento. El equipo muestra una fragilidad desconcertante, capaz de derribar a gigantes en eliminatorias y de hundirse en el torneo doméstico. La derrota en Butarque, con el Rayo jugando “en casa” sin serlo, fue el ejemplo más claro. El 3-0 resultó humillante, sin excusas ni reacción. Así, los fines de semana parecen un trámite incómodo en un calendario que solo cobra sentido en las noches de eliminación directa.

El partido fue una fotografía perfecta de esa doble personalidad rojiblanca. Nueve cambios, sí, pero no nueve coartadas. El Atlético compareció de cuerpo y desapareció de cabeza. El Rayo, en descenso y con el hambre como motor, fue vertical con balón, agresivo sin él y dueño del ritmo desde el primer minuto. Mientras los vallecanos mordían arriba, el Atleti se limitaba a mirar, incapaz de salir limpio, incapaz de competir los duelos, incapaz de sostenerse. Oblak salvó una, Nahuel sacó otra bajo palos… pero era cuestión de tiempo que la presa reventara.

Y reventó con justicia. Ratiu destrozó a Ruggeri en una jugada que pareció un tutorial de regates y su centro terminó en el 1-0 de Fran Pérez, entre piernas rojiblancas que despejaban con la convicción de quien aparta una mosca. Antes del descanso llegó el segundo, todavía más simbólico: Lenglet regaló en salida, el equipo defendió a cámara lenta y Óscar Valentín empujó como si estuviera entrenando. El Atlético no solo perdía, se descomponía. Mendoza y Cardoso no sostenían nada, Baena no encontraba a Sorloth, y el equipo entero parecía jugar con la mirada puesta en Brujas y en el Barça.

Simeone agitó el árbol antes de la hora con un triple cambio —Julián, Le Normand y Vargas— buscando al menos un mínimo de dignidad competitiva. Pero el Atlético ya estaba roto. Nico intentó alborotar sin claridad, Almada fue el único que insinuó algo diferente, y Sorloth, gigante en el área, siguió esperando centros que nunca llegaron con veneno real. El tercer gol fue el cierre perfecto: córner, centro al segundo palo, Mendy ganando el salto y 3-0. Un lazo rojo sobre un Atlético que no sabe vivir en grises.

La lectura es devastadora: el Atleti se ha convertido en un equipo que elige cuándo competir. Y cuando un grande entra en ese juego, la Liga deja de ser una carrera y pasa a ser una tortura semanal. El Rayo respira y sale del descenso, pero el Atlético se queda con algo peor que la derrota: la sospecha de que, mientras sueña con Copa y Champions, está tirando LaLiga por la ventana. Y en el fútbol, cuando regalas tanto, siempre llega un día en el que ya no queda nada que salvar. @mundiario