Starmer mira a Europa: el deshielo del Reino Unido tras los choques con Trump en la crisis con Irán

La guerra en Oriente Próximo ha reordenado las alianzas. Y en ese tablero volátil, el Reino Unido empieza a moverse con una lógica distinta a la que dominó durante décadas su política exterior. La tradicional “relación especial” con EE UU atraviesa un momento de fricción inédito bajo la presidencia de Donald Trump, y la respuesta de Londres no ha sido la confrontación, sino un silencioso —pero significativo— desplazamiento hacia Europa.

El primer ministro británico, Keir Starmer, ha optado por una estrategia de contención pública frente a las críticas de Washington, que han cuestionado tanto su liderazgo como la capacidad militar del Reino Unido. Sin embargo, tras esa prudencia se esconde un giro estructural, la progresiva reactivación del vínculo con Bruselas como ancla de estabilidad en un entorno internacional cada vez más imprevisible.

Durante años, el Brexit marcó una línea roja en la política británica. La salida de la Unión Europea se hizo bajo la premisa de una soberanía recuperada, pero también implicó costes económicos y una pérdida de influencia en el continente. Hoy, ese debate ha mutado. Starmer no plantea un regreso formal al club comunitario, pero sí impulsa una aproximación pragmática de cooperación en defensa, energía, comercio y regulación. Es un cambio de tono —y de prioridades— que responde menos a convicciones ideológicas que a la presión de los acontecimientos.

La guerra con Irán ha sido el catalizador. Mientras Washington exige mayor implicación de sus aliados, Londres ha trazado una línea clara al decidir no participar en una escalada militar directa. Esa negativa ha tensado la relación con la Casa Blanca, pero al mismo tiempo ha acercado posiciones con varias capitales europeas que comparten una estrategia de contención.

Europa como refugio político y económico ante Trump

El acercamiento a la UE no está exento de obstáculos. El estancamiento de las negociaciones sobre movilidad juvenil, regulación comercial o tasas universitarias evidencian que la desconfianza persiste en ambos lados. Bruselas teme que Londres busque beneficios selectivos sin asumir compromisos, mientras el Gobierno británico intenta evitar cualquier cesión que eche aún más fuego, si cabe, al debate interno de la migración.

Aun así, los avances son tangibles. Acuerdos en materia veterinaria, energética o de estándares industriales apuntan hacia una convergencia parcial con el mercado único. No es una reintegración, pero sí una redefinición del Brexit en términos más funcionales. Este movimiento también responde a una realidad económica: sectores clave como el automovilístico, farmacéutico o químico necesitan estabilidad regulatoria para competir. Y esa estabilidad, hoy por hoy, pasa por Europa.

El papel de Trump es central en este giro, aunque ya venía consolidándose después de la invasión de Rusia a Ucrania. Sus críticas a aliados tradicionales, su retórica unilateral y su presión para implicarse en conflictos han erosionado la confianza en Washington como socio predecible.

No se trata solo del Reino Unido. En paralelo, líderes como el presidente de Francia, Emmanuel Macron, exploran alianzas alternativas y promueven soluciones multilaterales, incluso en escenarios tan sensibles como el estrecho de Ormuz. La respuesta europea, en general, ha sido evitar la escalada militar y priorizar la diplomacia, en contraste con la estrategia estadounidense. Para Londres, este contexto obliga a recalibrar su posición. Mantener la alianza con EE UU sigue siendo esencial, pero ya no puede ser exclusiva ni automática. @mundiario