Argentina ganó 7-0 a Burkina Faso, pero sería un error presentar el resultado como una nueva exhibición de la campeona del mundo. La diferencia real entre ambas selecciones ya estaba marcada antes de que Lautaro Martínez recogiera el rebote de su penalti y abriera el marcador. Burkina Faso llegó a Buenos Aires apenas unas horas antes del encuentro, después de un largo viaje desde Casablanca, y presentó un equipo Sub-23 debido a los problemas surgidos alrededor del desplazamiento y las condiciones económicas. El resultado fue una caricatura de partido internacional.
La selección africana prácticamente no tuvo posibilidades de competir en igualdad de condiciones. Argentina tuvo el 75% de la posesión y Burkina Faso apenas consiguió un disparo entre los tres palos, mientras el equipo de Lionel Scaloni podía atacar una y otra vez con una comodidad impropia de un encuentro entre selecciones absolutas. La goleada estaba prácticamente escrita cuando llegaron los tres primeros tantos en apenas doce minutos. Más que una prueba para Argentina, el partido terminó pareciendo una sesión de entrenamiento con público.
Eso no significa que los futbolistas argentinos debieran levantar el pie del acelerador. Y ahí aparece uno de los pocos elementos defendibles del encuentro. Scaloni decidió competir con seriedad porque, como explicó después, esa era la única manera de respetar a los jugadores que habían aceptado viajar. Argentina hizo lo que tenía que hacer: jugar, atacar, rotar y completar el compromiso. La responsabilidad mayor estaba en la organización de un amistoso que nunca consiguió reunir las condiciones mínimas para ser una verdadera prueba internacional.
El episodio también permite mirar con más atención el creciente desequilibrio económico del fútbol de selecciones. Para las grandes potencias, estos partidos sirven para preparar jóvenes, repartir minutos y ensayar variantes. Para selecciones de menor peso, pueden convertirse en viajes largos, negociaciones complejas y esfuerzos logísticos enormes. Cuando la diferencia entre los participantes se amplía hasta el punto de que uno de ellos ni siquiera puede desplazar a su plantilla principal, el concepto de amistoso pierde parte de su sentido deportivo.
Argentina, además, se encuentra en una etapa muy particular. Después de la derrota en la final del Mundial, Scaloni necesita observar jugadores y construir el siguiente ciclo. Nicolás Paz volvió a mostrar su crecimiento, Gianluca Prestianni encontró protagonismo, Franco Mastantuono marcó su primer gol con la absoluta y Santiago Castro debutó. Esos nombres sí representan información útil para el entrenador. El problema es que resulta difícil saber cuánto puede valorarse una actuación individual cuando el adversario está tan condicionado.
Una goleada que retrata el nuevo fútbol internacional
El 5-0 al descanso convirtió el segundo tiempo en un laboratorio para Scaloni. El técnico argentino cambió prácticamente toda la estructura del equipo y permitió que otros futbolistas acumularan minutos. Mastantuono y Giuliano Simeone completaron después la goleada, pero el verdadero objetivo ya era otro: administrar cargas, observar alternativas y preparar el siguiente compromiso. En ese sentido, el partido funcionó más como una práctica internacional de alto nivel que como una competición equilibrada.
Según la AFA, Argentina completó así el segundo partido de una trilogía correspondiente a la fecha FIFA y mantuvo la línea de su victoria anterior ante Bolivia. La federación destacó la comunión entre el equipo y el público del Monumental, pero el entusiasmo de la grada no debería ocultar el problema estructural. La selección argentina necesitaba minutos de competición y Burkina Faso necesitaba, al menos, las condiciones para competir dignamente. Las dos cosas no son incompatibles, pero esta vez estuvieron demasiado lejos.
El contraste resulta todavía más llamativo porque el siguiente encuentro tendrá una carga completamente diferente. Argentina se prepara para despedir a Lionel Messi ante su público frente a Benín, un partido que será interpretado desde la emoción y la historia. La presencia del capitán convierte el cierre de esta ventana internacional en un acontecimiento mucho más relevante. El 7-0 contra Burkina Faso, en cambio, quedará probablemente como una goleada estadística dentro de un calendario que necesitaba producir fútbol, pero terminó produciendo también una situación difícil de justificar.
La cuestión de fondo es qué tipo de amistosos necesita hoy una selección como Argentina. Si el objetivo es preparar un Mundial, el valor de estos encuentros debería estar en enfrentar estilos diferentes, gestionar presión y encontrar soluciones ante rivales capaces de plantear problemas. Ganar siempre es positivo, pero ganar sin oposición ofrece una información limitada. El campeón necesita probarse contra dificultades reales, no acumular marcadores que puedan inflar artificialmente una sensación de superioridad.
Por eso el 7-0 merece una lectura mucho más amplia que la del resultado. Argentina hizo su trabajo, descubrió algunos futbolistas y respetó a un rival que hizo un esfuerzo extraordinario para presentarse. Pero el fútbol internacional debería preguntarse por qué un encuentro entre dos selecciones terminó siendo tan desigual antes incluso del saque inicial. En una época en la que las federaciones buscan maximizar ingresos, organizar giras y llenar estadios, la competición no puede convertirse en un elemento secundario. Un amistoso sigue necesitando algo esencial para ser fútbol: dos equipos en condiciones razonablemente parecidas para competir. De lo contrario, los siete goles pueden llenar una estadística, pero no construyen una verdadera preparación. @mundiario
