«El indigenismo es el nuevo comunismo», han señalado hace unas semanas Aznar y Ayuso. Y no les falta razón. Solo me permito una digresión: en países como el Perú, el indigenismo siempre acompañó al comunismo, desde que José Carlos Mariategui (intelectual fundador del Partido Comunista del Perú un siglo atrás) se refiriera al «problema del indio» como un tema económico, de lucha de clases. Esta manera desacertada de leer la historia, tuvo una edición estelar décadas después con el dictador socialista Juan Velasco Alvarado (1968-1975). Aún recuerdo cómo en los medios de comunicación estatizados se intentaba forzar el quechua, a mediados de los años 1970. ¿Cuál es la diferencia hoy? Que el nuevo indigenismo forma parte de un movimiento ideológico mundial que reniega del capitalismo con argumentos esotéricos, que inventa racismo donde no lo hay, que promueve un feminismo absurdo y que, en hispanoamerica, se ha convertido en anti-hispanismo. Nuestro hispanismo no es el resultado de una ordenanza de los Reyes Católicos, ni de un decreto de Francisco Franco. Todos somos hispanos, incluidos los cada vez más numerosos norteamericanos que así se autondenominan con orgullo, por efecto de una evolución cultural y migratoria espontáneas. Tan espontáneo como el emprendimiento en la economía de mercado. Forzar una ruptura con España es perjudicial culturalmente como lo sería forzar una ruptura en nuestras relaciones económicas, en un mundo en el que está demostrado que la libertad y el estado Derecho en el capitalismo son las bases del pacto social más civilizado. Unirse a España, con la ventaja de poder comunicarnos en nuestra lengua materna, el castellano, solo puede generarnos beneficios. Ahora los latinomericanos debemos enarbolar la bandera de nuestras raíces hispanas.
Daniel Córdova
fue Ministro de la Producción durante el Gobierno de Martín Vizcarra

