¿Traje a medida o estabilidad? El plan secreto tras la nueva ley electoral de Meloni

La aprobación de la nueva Ley Electoral italiana es mucho más que una modificación técnica del sistema de reparto de escaños. Para Giorgia Meloni representa una victoria política porque ha conseguido imponer una arquitectura electoral que llevaba meses defendiendo, ha resistido el voto secreto de la Cámara de Diputados y ha demostrado que, pese a las tensiones internas, su coalición conserva capacidad para aprobar una reforma de enorme trascendencia. El texto salió adelante este jueves con 227 votos a favor y 164 en contra, después de haber superado previamente el trámite del Senado.

El dato político más importante quizá no sea siquiera el resultado final, sino que la mayoría gubernamental haya sobrevivido al voto secreto. La oposición confiaba en que los llamados francotiradores, diputados dispuestos a votar contra su propio Gobierno, pudieran aprovechar el anonimato para tumbar la reforma. Meloni había convertido el resultado en una cuestión de confianza política: si el texto fracasaba, había amenazado con abrir la puerta a elecciones anticipadas. La aprobación elimina ese escenario inmediato y permite a la primera ministra afrontar el último tramo de la legislatura desde una posición más sólida.

El corazón del llamado Stabilicum, bautizado también por sus críticos como Melonellum, es un sistema proporcional corregido por un premio de mayoría. La coalición que consiga el mejor resultado podrá recibir 70 diputados adicionales y 35 senadores, un total de 105 escaños, siempre que supere el 42% de los votos en ambas Cámaras. Si nadie alcanza ese porcentaje o los resultados no coinciden entre Cámara y Senado, se mantiene el reparto proporcional.

La fórmula intenta resolver uno de los problemas históricos de la política italiana: la dificultad para transformar una pluralidad de votos en una mayoría parlamentaria estable. Italia ha utilizado numerosos sistemas electorales desde los años noventa, precisamente porque nunca ha encontrado un equilibrio definitivo entre representatividad y gobernabilidad.

La nueva norma establece además límites al premio. La coalición beneficiaria no podrá superar los 220 diputados de los 400 ni los 113 senadores de los 200, con las particularidades correspondientes a la representación exterior. No se trata, por tanto, de entregar un Parlamento entero al ganador, sino de proporcionar un colchón suficiente para facilitar una mayoría de Gobierno.

Aquí está la primera gran apuesta de Meloni: quien gane debe poder gobernar. Es un argumento políticamente potente en un país acostumbrado a coaliciones cambiantes, gobiernos de corta duración y negociaciones posteriores a las elecciones. Pero también contiene una controversia constitucional: conceder una cantidad fija de escaños suplementarios a una coalición que supera el 42% puede generar una diferencia significativa entre porcentaje de votos y representación parlamentaria.

Ese será precisamente uno de los principales campos de batalla ante el Tribunal Constitucional. La oposición considera que el sistema puede distorsionar la proporcionalidad y ya prepara recursos. Por eso la victoria parlamentaria de Meloni no significa que la ley esté jurídicamente fuera de discusión.

El regreso de las preferencias: el elector recupera parte del control

Otra modificación relevante es el retorno de las preferencias electorales, un mecanismo ausente en las elecciones nacionales italianas desde hace 23 años. La nueva ley electoral combina un cabeza de lista bloqueado —elegido directamente por las cúpulas de los partidos— con seis candidatos adicionales sobre los que el ciudadano podrá decidir. Mediante un sistema de casillas de verificación (ticks) para evitar manipulaciones, el elector podrá expresar hasta tres preferencias partiendo desde el segundo nombre de la lista. En caso de marcar más de una opción, será obligatorio respetar la alternancia de género, bajo pena de anulación de los votos excedentes.

Es una reforma políticamente significativa de cara a las elecciones generales previstas para 2027. No obstante, su alcance real sobre la relación entre partidos y candidatos es objeto de un intenso debate. Mientras que el Gobierno de Meloni defiende que la ciudadanía recupera el poder de elegir a sus parlamentarios, la oposición —liderada por el Partido Demócrata (PD) y el Movimiento 5 Estrellas (M5S)— denuncia que el sistema es un «traje a medida» tramitado mediante votos de confianza. Figuras de la oposición como Elly Schlein y Giuseppe Conte advierten que, al mantenerse blindados los cabezas de lista, las secretarías de las formaciones seguirán determinando más del 80% de los escaños del próximo Parlamento, limitando el impacto real de las preferencias a un porcentaje menor de la representación.

Además, las reglas de paridad no se aplican exactamente igual a esa primera posición, lo que ha provocado críticas de quienes consideran que puede reducir la presencia femenina. El actual Parlamento italiano tiene alrededor de un tercio de mujeres, y la nueva fórmula será observada también desde esa perspectiva.

La reforma eleva además las exigencias para las formaciones sin representación parlamentaria: las firmas necesarias pasan de 1.500 a 6.000 por circunscripción en los casos afectados. Sus defensores lo presentan como un mecanismo para evitar candidaturas testimoniales; sus críticos creen que dificulta la entrada de nuevas fuerzas políticas.

La otra gran novedad es de índole política y procedimental. Las formaciones y coaliciones que concurran a las urnas tendrán la obligación de registrar ante el Ministerio del Interior, de forma previa al voto, tanto su programa de gobierno como el nombre de su candidato a primer ministro. No obstante, al tratarse de una reforma de la ley electoral ordinaria y no de una enmienda constitucional, la disposición no es vinculante ni elimina la potestad del presidente de la República, Sergio Mattarella, para nombrar al jefe del Gobierno.

La Constitución italiana mantiene intacta esta competencia exclusiva del jefe de Estado. Por tanto, aunque la medida no establece legalmente la elección directa del mandatario —el ansiado premierato que persigue el partido de Giorgia Meloni—, sí introduce una lógica marcadamente presidencializada de cara a las elecciones generales previstas para 2027: el ciudadano sabrá de antemano quién aspira a liderar el Ejecutivo, alterando la tradición histórica italiana de negociar el cargo a posteriori en los despachos parlamentarios.

Este punto conecta directamente con una de las aspiraciones más conocidas de Meloni: un modelo que pretende reforzar políticamente al jefe del Gobierno. La oposición considera que esta disposición introduce de manera indirecta una transformación institucional que no ha sido aprobada mediante una reforma constitucional.

Italia sigue teniendo un sistema parlamentario en el que el presidente de la República conserva un papel decisivo cuando ningún bloque dispone de una mayoría clara. El nuevo sistema electoral puede reducir ese margen si produce mayorías sólidas, pero no lo elimina.

La oposición tampoco sale cómoda

El Gobierno de Meloni ha diseñado un sistema electoral que favorece la concentración de grandes coaliciones, pero el centroderecha italiano afronta un serio problema de fragmentación por su flanco más radical. El exgeneral y eurodiputado Roberto Vannacci, al frente de su nuevo partido Futuro Nazionale (FN), se ha consolidado como una fuerza capaz de alterar las matemáticas electorales de cara a las generales. En la encuesta de la firma SWG del martes 6 de octubre, Futuro Nazionale registró una leve flexión y se situó en el 7,8% de las intenciones de voto, posicionándose por delante de sus rivales directos en el espectro oficialista: Forza Italia (7,1%) y la Liga (5,2%). Al mismo tiempo, Fratelli d’Italia se mantuvo inmóvil como primera fuerza con el 27,7%.

Esta distribución del voto redefine por completo la viabilidad del premio de mayoría fijado en el 42% por la nueva legislación. Si Vannacci opta por competir de forma independiente fuera de la coalición de Meloni, los números actuales de la alianza oficialista (FdI, FI y la Liga) sumarian un 40%, quedando por debajo del umbral necesario para activar automáticamente el premio de gobernabilidad. Bajo este escenario de ruptura, las simulaciones demoscópicas de YouTrend advierten de que la fragmentación le entregaría la victoria al bloque del centroizquierda al superarlo en escaños. Por el contrario, si el exgeneral se incorpora formalmente al bloque tradicional, la aritmética blindaría la mayoría absoluta de la derecha en el Parlamento.

Sin embargo, la nueva ley obliga a la izquierda a resolver antes de las elecciones una cuestión que hasta ahora había podido aplazar: la designación de su candidato a primer ministro. En este contexto, el Partido Democrático de Elly Schlein y el Movimiento Cinco Estrellas de Giuseppe Conte continúan manteniendo profundas diferencias estratégicas y políticas; por ello, la obligación de presentarse bajo una coalición con un candidato plenamente identificado podría acelerar la convocatoria de unas elecciones primarias o, por el contrario, desatar nuevas tensiones. Al respecto, la agencia Reuters señala precisamente que esta exigencia de definir previamente el liderazgo expone y acrecienta las divergencias entre Schlein y Conte.

Aquí reside otra de las ventajas que Meloni obtiene de la reforma: obliga a sus adversarios a construir una alternativa antes de que lleguen las urnas. En Italia ya no bastaría con sumar partidos después del escrutinio. La ley premia la alianza previa. Pero la ventaja puede convertirse en un problema para la propia primera ministra si el centro-izquierda logra hacer exactamente aquello que la derecha necesita hacer: unirse.

Las elecciones generales deberán celebrarse dentro del calendario constitucional de 2027, pero la aprobación de la reforma ha reactivado las especulaciones sobre un adelanto. Mayo aparece como una posibilidad, aunque el Gobierno todavía dispone de margen para agotar la legislatura.

Meloni llega a esta fase con un activo político considerable: encabeza el Ejecutivo más longevo de la República italiana y ha conseguido aprobar la reforma que considera necesaria para garantizar la gobernabilidad. Pero las próximas elecciones serán muy diferentes de las de 2022. Entonces la derecha se benefició de una oposición dividida. Ahora el centro-izquierda estudia concurrir unido y, al mismo tiempo, ha aparecido una nueva fuerza a la derecha de Meloni. @mundiario