La Casa Blanca quiere vender la imagen de que el conflicto con Irán entra por fin en una fase de contención, pero sobre el terreno la realidad sigue siendo extremadamente frágil. Donald Trump confirmó este viernes que existe un preacuerdo entre Estados Unidos e Irán, aunque dejó claro que aún no ha dado su aprobación definitiva y que tomará una decisión inmediata tras reunirse con su equipo de seguridad nacional.
El mandatario estadounidense aseguró que el entendimiento incluiría medidas de enorme calado estratégico: desde el levantamiento parcial del bloqueo marítimo sobre Irán hasta la recuperación del uranio altamente enriquecido enterrado bajo las instalaciones nucleares destruidas durante los bombardeos. Según explicó Trump, ese material sería retirado bajo supervisión internacional y posteriormente destruido.
El presidente republicano insistió además en que no habrá transferencias económicas directas a Teherán, un asunto especialmente sensible en la política estadounidense y que podría convertirse en un foco de ataque para sus adversarios internos en plena antesala electoral.
Sin embargo, el optimismo de Washington vuelve a chocar con la versión iraní. Teherán mantiene una enorme cautela y continúa negando que exista un acuerdo plenamente cerrado. Las autoridades iraníes desconfían profundamente de la Administración Trump, especialmente después de los constantes cambios de posición del presidente estadounidense durante los últimos meses.
El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, resumió esa desconfianza con una frase especialmente significativa: Irán, dijo, no cree en las palabras de Estados Unidos y solo responderá a hechos concretos. El mensaje refleja hasta qué punto la relación entre ambos países continúa marcada por la tensión, incluso cuando se intenta construir una tregua.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz vuelve a situarse en el centro del tablero geopolítico mundial. Irán ha realizado disparos de advertencia contra embarcaciones consideradas “infractoras”, en un momento en que el control de esa ruta marítima resulta esencial para el comercio energético global. Al mismo tiempo, el ministro iraní de Exteriores ha mantenido contactos con Omán para abordar el futuro de la administración y seguridad de ese corredor estratégico.
La importancia de Ormuz es gigantesca: por esa vía transita una parte fundamental del petróleo mundial. Cualquier bloqueo o escalada militar tendría consecuencias inmediatas sobre los precios energéticos y la economía internacional.
En paralelo, el conflicto regional continúa expandiéndose. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, confirmó que las tropas de Israel han cruzado el río Litani en el sur de Líbano, un movimiento de enorme simbolismo militar y político. El avance supone llevar la ofensiva israelí mucho más allá de las posiciones habituales y consolida la intención de Israel de debilitar de forma definitiva la presencia de Hezbolá en la zona.
Netanyahu defendió públicamente la operación y aseguró que el Ejército israelí está logrando “resultados impresionantes”. Sin embargo, la situación humanitaria en Líbano empeora día tras día. Según datos de Unicef, la ofensiva israelí está dejando una media de once niños muertos o heridos diarios durante la última semana.
El balance acumulado desde el inicio de las hostilidades resulta devastador: miles de fallecidos, más de diez mil heridos y amplias zonas del sur libanés prácticamente destruidas. Todo ello pese a la existencia formal de un alto el fuego que, en la práctica, parece cada vez más debilitado.
La contradicción es evidente. Mientras Washington intenta presentar un horizonte diplomático con Irán, sobre el terreno Oriente Próximo sigue funcionando bajo una lógica de confrontación permanente. Los drones, los misiles y las operaciones militares continúan marcando la agenda mucho más que las negociaciones.
Además, Trump necesita desesperadamente una victoria política internacional que pueda exhibir ante el electorado estadounidense. La guerra ha erosionado seriamente su popularidad, la inflación energética vuelve a golpear a las familias norteamericanas y las elecciones legislativas de medio mandato empiezan a condicionar todos los movimientos de la Casa Blanca.
Por eso el presidente republicano parece debatirse entre dos necesidades opuestas: mantener su imagen de líder duro frente a Irán y, al mismo tiempo, evitar que el conflicto siga dañando la economía y la estabilidad política interna de Estados Unidos.
El problema es que cada avance diplomático aparece acompañado de nuevas explosiones militares. Y en Oriente Próximo, esa combinación suele ser la antesala de acuerdos extremadamente inestables. @mundiario
