La guerra entre Estados Unidos e Irán ha llegado a un momento especialmente incómodo: ninguno de los dos contendientes parece dispuesto a conceder lo necesario para cerrar el conflicto, pero tampoco existe, por ahora, una salida militar evidente que permita a una de las partes imponer sus condiciones. El resultado es un punto muerto estratégico, con el estrecho de Ormuz convertido en la pieza central de una partida que trasciende con mucho a Washington y Teherán.
El presidente estadounidense, Donald Trump, afirmó este martes que actualmente no existen negociaciones con Irán ni hay conversaciones previstas, contradiciendo además las señales de optimismo ofrecidas apenas un día antes por su propio enviado Jared Kushner. Al mismo tiempo, Trump aseguró que el estrecho de Ormuz está abierto y operativo y que las minas navales han sido retiradas o destruidas.
La versión iraní es radicalmente distinta. El principal negociador de Teherán, Mohammad Baqer Qalibaf, sostiene que Ormuz permanecerá cerrado hasta que Estados Unidos cumpla las condiciones del acuerdo provisional alcanzado en junio: levantar el bloqueo de los puertos iraníes, eliminar las sanciones petroleras, liberar activos congelados y poner fin a las amenazas y operaciones militares.
El estrecho de Ormuz es uno de los grandes puntos de estrangulamiento del comercio mundial. Antes de la guerra, aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado transportados por vía marítima pasaba por esta estrecha conexión entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán.
Por eso, hablar de si Ormuz está «abierto» resulta insuficiente. Una vía marítima puede estar jurídicamente abierta y, sin embargo, resultar prácticamente inutilizable si los armadores consideran que atravesarla supone asumir un riesgo inaceptable.
Los datos disponibles apuntan precisamente en esa dirección. El lunes solamente seis buques de carga atravesaron el estrecho, tres en cada sentido, frente a una media de once en los diez días anteriores. Además, no pasó ningún gran petrolero de crudo ni ningún buque de transporte de gas natural licuado.
La agencia británica UK Maritime Trade Operations informó este martes de que un buque fue alcanzado por un proyectil desconocido cuando navegaba hacia la salida del estrecho. El ataque provocó daños en la sala de máquinas y una víctima entre la tripulación.
El acuerdo de junio se ha quedado sin recorrido
El conflicto había encontrado en junio una frágil fórmula de contención a través de un memorando firmado el día 17, el cual establecía un plazo de 60 días para intentar alcanzar un acuerdo más amplio sobre el programa nuclear iraní y las sanciones estadounidenses. Sin embargo, ese plazo expiró el lunes sin un acuerdo definitivo y el expresidente Donald Trump descartó prolongarlo, mientras que la disputa sobre el estrecho de Ormuz terminó convirtiéndose en uno de los principales obstáculos para preservar aquel entendimiento, según informó Reuters.
En este escenario, Estados Unidos pretende utilizar su superioridad militar y económica para obligar a Irán a aceptar sus condiciones; Teherán, por su parte, utiliza su posición geográfica y su capacidad para dificultar el tráfico marítimo como un contraargumento e instrumento de presión.
Es una clásica guerra de desgaste, aunque con características extraordinariamente peligrosas.
Washington puede mantener un bloqueo y ejercer una enorme presión sobre la economía iraní. Irán, en cambio, no necesita necesariamente derrotar militarmente a la Armada estadounidense para causar un problema estratégico: basta con mantener suficientemente elevado el riesgo de navegación para que las compañías aseguradoras, navieras y energéticas reduzcan sus operaciones.
Los mercados ya están descontando una prolongación de la crisis, lo que se reflejó este martes en el avance del Brent un 0,7%, hasta los 91,46 dólares por barril, y del West Texas Intermediate un 0,9%, situándose en 85,25 dólares. Sin embargo, el impacto no se limita únicamente al precio del barril; una crisis prolongada en el estrecho de Ormuz afecta de forma directa al transporte marítimo, los seguros, los fletes y las cadenas industriales, presionando finalmente al alza la inflación global.
Ese impacto convierte el conflicto en un problema político también para Trump. La guerra comenzó el 28 de febrero con los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y se aproxima ya a los seis meses de duración. Mientras tanto, el encarecimiento de los combustibles empieza a pesar sobre la economía estadounidense y se aproxima una cita electoral particularmente sensible: las elecciones legislativas de noviembre.
La presión económica, por tanto, funciona en ambos sentidos. Washington intenta que el coste de la guerra obligue a Teherán a ceder; Teherán espera que el coste energético y político termine haciendo que Washington modifique sus exigencias.
Irán tampoco puede permitirse una crisis indefinida
Teherán posee una baza geográfica formidable, pero tampoco es ilimitada. La guerra ha golpeado duramente su capacidad industrial, sus exportaciones petroleras y su economía; además, las sanciones y el aislamiento financiero añaden una presión constante que puede traducirse en una mayor inflación, pérdida de ingresos y malestar interno. Aunque los dirigentes iraníes son plenamente conscientes de esta realidad, también saben que realizar una concesión demasiado amplia bajo la presión estadounidense podría interpretarse internamente como una derrota estratégica.
De ahí la posición iraní: Teherán afirma estar dispuesto a dialogar, pero rechaza que negociar equivalga a capitular. Reuters ha señalado que responsables iraníes reconocen la preocupación por las consecuencias económicas de una presión estadounidense prolongada y por el riesgo de que el deterioro económico alimente nuevas tensiones sociales.
En medio de este enfrentamiento emerge Omán, cuya posición es particularmente delicada al mantener lazos diplomáticos con Estados Unidos y, de forma simultánea, una relación estratégica con Irán, complementada por su ubicación geográfica privilegiada junto al estrecho de Ormuz. Actualmente, mientras Teherán y Mascate negocian los términos del tráfico comercial en dicha vía marítima, Washington presiona para retener el protagonismo sobre las decisiones de reapertura de la ruta comercial.
Trump ha endurecido incluso su discurso contra Mascate, algo especialmente significativo por el papel tradicional de Omán como interlocutor y mediador regional. Si Estados Unidos presiona para imponer una reapertura bajo su control y Omán intenta negociar una fórmula propia con Irán, el estrecho deja de ser solamente el escenario de una disputa bilateral y pasa a convertirse en el centro de una batalla diplomática regional. @mundiario
