Trump dice que Putin no atacará a la OTAN: ¿el viaje de la CIA calmó las aguas?

La afirmación de Donald Trump es contundente: Vladímir Putin no atacará territorio de la OTAN. El presidente estadounidense lo dijo este jueves ante los periodistas en el Despacho Oval, después de que el director de la CIA, John Ratcliffe, realizara una inesperada visita a Moscú. “He tenido buenas conversaciones con él. No va a atacar territorio de la OTAN”, afirmó Trump.

Pero precisamente el contexto de esa declaración obliga a mirar más allá de la frase presidencial. Si el viaje de Ratcliffe fue realmente “semirutinario”, como sostiene Trump, resulta difícil explicar por qué el desplazamiento se produjo en un momento de creciente tensión entre Rusia, Estados Unidos y Europa y por qué varias informaciones coinciden en atribuirle un mensaje específico a Moscú: no poner a prueba militarmente a la OTAN, especialmente en los países bálticos.

La respuesta más prudente es que ambas cosas pueden ser ciertas a la vez: Washington puede considerar que un ataque ruso contra la OTAN no es inminente y, al mismo tiempo, haber juzgado necesario advertir a Moscú de las consecuencias de cualquier intento de cruzar esa línea.

Las fuentes citadas por The Wall Street Journal, CBS y posteriormente RFE/RL apuntan a que el objetivo principal de la visita del 25 de agosto fue transmitir a Rusia una advertencia contra una escalada frente a la Alianza, con especial atención a Estonia, Letonia y Lituania.

na incursión limitada en territorio aliado podría plantear a Moscú la posibilidad de comprobar hasta dónde llega la voluntad política occidental de aplicar la defensa colectiva de la OTAN. Precisamente por eso, el escenario que se maneja no tendría necesariamente la forma de una invasión convencional a gran escala. Podría comenzar con una provocación militar localizada, una operación híbrida o una acción difícil de atribuir inmediatamente.

Ratcliffe, además, no se reunió públicamente con Putin. El Kremlin confirmó que mantuvo contactos con los servicios de inteligencia rusos y que el jefe del SVR, Serguéi Narishkin, participó en las conversaciones. Moscú ha insistido en presentar estos contactos como una «práctica habitual» entre agencias incluso en periodos de máxima tensión.

Ahí aparece una primera paradoja: si el viaje era puramente rutinario, la información publicada por varios medios estadounidenses resulta difícil de encajar; si fue una advertencia estratégica, también es comprensible que Washington quiera rebajar públicamente su importancia.

Trump rebaja la alarma, pero no despeja la incógnita

Trump ha optado por la versión menos alarmista. Primero calificó el viaje de Ratcliffe de “semirutinario” y posteriormente aseguró que Putin no atacará a ningún país de la OTAN. El Kremlin, por su parte, niega que Rusia tenga intención de hacerlo y ha rechazado como “historias de terror” las informaciones sobre un posible ataque.

Sin embargo, decir que no existe un ataque inminente no equivale a afirmar que no exista ningún riesgo.

Los países bálticos mantienen sin variaciones su evaluación de seguridad nacional frente a Moscú, pero han endurecido el blindaje de sus infraestructuras críticas. El ministro de Asuntos Exteriores de Estonia, Margus Tsahkna, reiteró que la amenaza rusa debe tomarse con total seriedad, confirmando que la valoración de riesgo oficial del país permanece sin cambios pese al incremento de operaciones híbridas, ciberataques e incursiones de drones en el flanco oriental.

Paralelamente, Letonia ha adoptado una postura de máxima preparación; su primer ministro, Andris Kulbergs, insistió en que estar listos para mitigar una eventual amenaza rusa no significa que exista el riesgo de una invasión militar inmediata. No obstante, bajo la dirección de Kulbergs, el Gobierno letón ha reforzado preventivamente la protección militar en presas hidroeléctricas esenciales y en su mayor instalación subterránea de almacenamiento de gas natural ante potenciales sabotajes. 

Pero hay otra hipótesis que no debería descartarse.

El expresidente estonio Toomas Hendrik Ilves ha cuestionado que los países bálticos fueran el motivo principal del viaje. En declaraciones a Euronews, aseguró tener “serias dudas” sobre esa explicación y señaló a Irán como un asunto potencialmente mucho más importante para Washington. Según Ilves, Rusia estaría proporcionando información de objetivos a Teherán, lo que constituiría una razón suficiente para que el director de la CIA viajara personalmente a Moscú.

La hipótesis tiene además un elemento que la hace plausible: Rusia mantiene relaciones estratégicas con Irán y el conflicto de Oriente Próximo se ha convertido en otro escenario de confrontación entre Moscú y Washington. Por tanto, aunque no hay evidencia pública suficiente para afirmar que Ratcliffe viajara exclusivamente para advertir sobre los países bálticos, las informaciones disponibles permiten pensar que, si bien este asunto pudo formar parte de la agenda, Irán y otros temas de seguridad también estuvieron sobre la mesa.

El precedente de 2021 pesa sobre la situación actual

Hay, además, un precedente especialmente incómodo para Washington. El último viaje conocido de un director de la CIA a Moscú antes del de Ratcliffe fue el de William Burns en noviembre de 2021. Entonces, Burns transmitió directamente a Putin las advertencias estadounidenses sobre una posible invasión de Ucrania. Pocos meses después, Rusia lanzó la invasión a gran escala.

Y, aunque la comparación no significa que la historia vaya a repetirse, explica por qué el viaje de Ratcliffe ha generado tanta atención. La diplomacia secreta entre los servicios de inteligencia suele adquirir especial importancia cuando los canales políticos están bloqueados o cuando ambas partes necesitan intercambiar mensajes que no desean hacer públicos.

La situación actual parece menos próxima a una guerra abierta Rusia-OTAN de lo que algunas interpretaciones alarmistas sugieren. No hay pruebas públicas de que Moscú haya decidido iniciar una invasión de un Estado aliado.

Además, Rusia ha intensificado su retórica contra los países occidentales mientras Ucrania amplía sus ataques de largo alcance dentro de territorio ruso. Paralelamente, Moscú amenaza a Reino Unido y Francia por su asistencia militar a Kiev. Esta combinación aumenta el riesgo de errores de cálculo.

Y existe otro factor: la capacidad de respuesta occidental. Informaciones recientes apuntan a una situación especialmente delicada en las reservas europeas de interceptores Patriot, después de años de apoyo militar a Ucrania y de las necesidades derivadas de otros conflictos. @mundiario