Trump ordena “disparar y eliminar” en Ormuz: EE UU trata de responder a los ataques de Irán

La tensión en el estrecho de Ormuz ha dado un salto cualitativo tras la orden del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de “disparar y eliminar” cualquier embarcación sospechosa de desplegar minas en la zona. La decisión, enmarcada en el deterioro del alto el fuego con Irán, refleja una escalada militar directa en uno de los puntos más sensibles del comercio energético global.

La instrucción presidencial no se limita a una advertencia retórica. Incluye la intensificación de las operaciones de desminado —que, según estimaciones del propio Pentágono, podrían prolongarse durante al menos cinco meses— y la autorización explícita para atacar objetivos navales de pequeño tamaño. En la práctica, esto amplía el margen de actuación de la Armada estadounidense en un entorno ya saturado de incidentes y operaciones cruzadas.

El estrecho de Ormuz concentra aproximadamente una quinta parte del flujo mundial de petróleo y gas natural licuado en condiciones normales. Su cierre parcial o total, como ocurre actualmente, tiene efectos inmediatos en los mercados energéticos y en las cadenas de suministro globales.

En este contexto, el control del paso marítimo se ha convertido en un instrumento de presión directa. Estados Unidos mantiene un bloqueo sobre el comercio marítimo iraní, mientras que Teherán responde restringiendo el tránsito de buques y, en algunos casos, capturándolos. Esta dinámica de acción-reacción ha transformado la vía en un espacio de confrontación casi permanente.

Capturas de buques y doble bloqueo

Las últimas jornadas han estado marcadas por una intensificación de incidentes. Irán ha confirmado la incautación de varios buques mercantes que intentaban atravesar el estrecho, acusándolos de hacerlo sin autorización. Las imágenes difundidas por sus medios estatales muestran comandos abordando embarcaciones en operaciones que combinan rapidez y demostración de fuerza.

Por su parte, Washington ha interceptado petroleros iraníes en aguas internacionales, desviándolos de sus rutas cerca de Asia. Este doble bloqueo —uno formal por parte de EE UU y otro operativo por parte de Irán en la zona— ha creado una situación inédita en la que ambos actores ejercen control parcial sobre distintos tramos del tráfico marítimo.

El resultado es una fragmentación del tránsito: mientras algunos buques evitan la zona, otros intentan cruzar bajo riesgo, y el flujo energético global se reduce de forma significativa.

El elemento que ha precipitado la orden de Trump es el uso de minas navales, un recurso relativamente sencillo pero altamente disruptivo. A diferencia de otros sistemas de bloqueo, las minas introducen un riesgo difuso que afecta a cualquier embarcación, independientemente de su bandera.

La limpieza de estas minas es un proceso complejo y lento. Requiere equipos especializados, tiempo y condiciones de seguridad que no siempre están garantizadas en un entorno de conflicto activo. De ahí la decisión de Washington de “triplicar” las operaciones de desminado y, al mismo tiempo, atacar preventivamente a cualquier embarcación sospechosa.

 

Irán endurece su posición: “imposible” reabrir el estrecho

Desde Teherán, la respuesta ha sido igualmente contundente. Las autoridades iraníes han declarado que es “imposible” reabrir el estrecho mientras persistan lo que consideran violaciones del alto el fuego por parte de Estados Unidos e Israel, incluyendo el bloqueo naval y la incautación de buques.

Esta posición introduce un elemento clave: la reapertura del estrecho de Ormuz queda condicionada no solo a factores militares, sino también a concesiones políticas. En otras palabras, el paso marítimo se convierte en moneda de negociación en un conflicto más amplio.

El trasfondo de esta escalada es un alto el fuego frágil, prorrogado de forma unilateral por Donald Trump pero cuestionado por ambas partes. Irán ha rechazado participar en nuevas rondas de negocación mientras continúe el bloqueo, mientras que Washington mantiene la presión como herramienta para forzar concesiones.

La consecuencia es una situación híbrida: ni guerra abierta ni paz efectiva. En este escenario, las operaciones militares limitadas —como interceptaciones, capturas o despliegue de minas— adquieren un protagonismo central.

El cierre del estrecho ya ha tenido efectos tangibles. La interrupción del flujo energético ha contribuido a un aumento significativo de los precios del petróleo y del gas, generando tensiones en economías dependientes de importaciones. Además, la incertidumbre sobre la duración del bloqueo añade volatilidad a los mercados.

Empresas navieras y aseguradoras han comenzado a recalcular riesgos, lo que encarece aún más el transporte marítimo. Algunas rutas alternativas no pueden absorber el volumen habitual, lo que refuerza la importancia estratégica de Ormuz incluso en un contexto de bloqueo. @mundiario